lunes, 7 de agosto de 2017

CON ANDAR APRESURADO Y PASO LIGERO...


Celebraremos el día 11 de este mes la Solemnidad (para la familia franciscana) de Santa CLARA de ASÍS, que nos disponemos a celebrar con la misma alegría y sencillez que hicimos, hace poco, con el jubileo del PERDÓN de ASÍS. Quiso Dios que el tránsito de CLARA a la casa del Padre bueno del cielo estuviera tan cerquita de esta fecha, siempre podemos aprender algo nuevo de los pobres, de CLARA y FRANCISCO, de dos seres profundamente enamorados de Cristo, y éste crucificado, en los que la pobreza no era un postizo, sino una forma sencilla de ser, libre y entregada, como dice la sabiduría del refranero "el que nada tiene, nada teme que perder".

Si esto fuera un triduo de preparación, litúrgico al uso, a la fiesta de Santa CLARA, entonces necesitaremos un himno de entrada:


Este año, en su Carta Circular con motivo de Santa CLARA el Ministro General de los Franciscanos, Fray ANTHONY PERRY (podéis leerla entera pinchando en la portada de la misma, que se encuentra en el margen derecho del blog) con el lema "CON ANDAR APRESURADO Y LIGERO CAMINAR" invita a las clarisas, y por extensión a toda la familia franciscana, y por más extensión a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a reproducir en nosotros tres actitudes de CLARA: La escucha, el discernimiento y el actuar.

No reproduciré aquí las palabras de Fray ANTHONY PERRY, Ofm, no tendría sentido si podéis leer la Carta detenidamente, simplemente daré unas pinceladas, a modo de casi testimonio personal, de lo que yo entiendo por cada una de estas actitudes: Escuchar, Discernir y Obrar... ¡Y vaya por delante que yo, de estas tres actitudes, ninguna, ninguna, de verdad... ninguna de las tres! Alguno de vosotros, quizás de nuestros lectores más fieles, y seguidores de este blog, podrán decir... ¿Cómo no sabes escuchar? ¿Acaso no has dicho mil veces que tu frase favorita de la Escritura, la que te tocó el corazón para seguir al Señor, es la respuesta de SAMUEL a la llamada del Señor "Habla, Señor, que tu siervo escucha"? (1 Samuel 3,10)

Es  verdad, lo anterior, pero sólo en lo que se refiere al Señor, y no demasiado bien, que aunque yo le digo "Habla, Señor, que tu siervo escucha" debe de ser que no andamos muy bien sintonizados, porque quedan muchos flecos sueltos, muchos jirones de la vida por ahí enganchados en los zarzales de un camino que ya va para veinte años, o el Señor no se explica o yo no escucho, pero en esa actitud de escucha permanecemos, otra cosa es el discernimiento -otro don que el Señor no me ha dado, pero de eso ya hablaremos mañana, aunque ha habido excelentes ejemplos franciscanos dotados de este don, se me ocurre, a bote pronto, el Padre PÍO de PIETRELCINA-.

Mi carencia para escuchar se debe a dos impedimentos, que son una auténtica carga, casi me atrevería a decir, innata, y son mi mitad de cuarto de genética italiana (por vía de mi árbol genealógico materno) ¿Habéis conocido alguna vez un italiano que sepa escuchar, y no que parlotee,y parlotee, y parlotee, todo ello acompañado de alguna que otra voz, y mucho drama en la expresión de las manos? Pues ese soy yo... y a lo que me falta del cien por cien, lo suple, y con creces el andaluz... ¡otro que no calla! Pues se hace difícil escuchar... Y para rematar, como se suele decir, la guinda del pastel, mi impaciencia... yo es que soy de los que lo quieren todo "ya, para hace un rato debía estar" Si el infierno hubiera de consistir en un castigo personal ¡para mí consistiría en estarme toda la eternidad en la cola de un supermercado, o de un banco, que no avanzara nunca!, y no penséis que exagero, que mi madre -otra que tal baila, mucho más fuguillas y nerviosa que yo (para ella el genoma italiano es del veinticinco por ciento, será por eso)- suele decir que el motivo de que yo fuera prematuro ¡sietemesino, ahí es nada! se debe a que "tú, por tu nervio, deseando salir, y yo, por mi poca paciencia, queriendo terminar pronto ¡esos dos meses que nos ahorramos entre los dos!".

¡Cómo voy a saber escuchar si no tengo paciencia de esperar el argumento de los demás, la necesidad de los demás! Pídeme consejo y antes de saber de qué se trata ya te habré escrito un manual... pídeme ayuda y antes de saber de qué se trata ya habré movilizado los recursos de que disponga... pídeme oración y si hace falta te bajo a Dios del cielo para que se lo pidas tú mismo y, nuevamente, antes de saber de qué se trata...

¡Pero coño -con perdón-, respira, respira... no será mejor que primero sepas de qué se trata! Pues eso, que es algo que he de aprender, de educar, muchas veces, esto es cierto, porque muchas veces no es tanto que los hermanos y hermanas quieran realmente un consejo, o una solución, u oración, muchas veces con poder desahogarse, con alguien que les escuche, tendrían la mitad del camino recorrido... que si es por mí... ¡Cruzamos la meta hace tiempo...! 


Una vez me dí cuenta, comparando las vidas de San FRANCISCO y Santa CLARA, que la bendita "planta del bienaventurado padre Francisco" murió en el año 1253, mientras que FRANCISCO lo hizo en el año 1226. Es decir, que CLARA sobrevivió a FRANCISCO casi una treintena de años... y me preguntaba yo cómo podría CLARA vivir ese tiempo, con el desgarro de no poder escuchar más a su bendito FRANCISCO, como sus palabras le tocaran el corazón al principio... Este silencio del amado en el Señor, FRANCISCO era profundamente amado por CLARA, después de dos vidas tan intensas, se me antojaba desesperante, se me antojaba, a mí, que no soy un santo, y al que asusta el silencio... porque luego en las "Florecillas de Santa CLARA" he descubierto que FRANCISCO educaba a CLARA y las clarisas en este silencio, en esta ausencia:

Clara pedía constantemente sus consejos; deseaba su asistencia espiritual. La falta de pan la tenía sin cuidado, y del vino, ni se preocupaba. El depósito de aceite que retiraba del muro Fr. Bentivenga, siempre volvía lleno por la caridad de los bienhechores o por la misericordia de Dios. Pero sentía la necesidad de una palabra de Francisco, sufría por falta de una asistencia espiritual más asidua.

Francisco parecía, al contrario, querer dejarla cada vez más sola con su penitencia y su oración, confiada de lleno en las manos de Dios. Clara había abandonado las playas del mundo y podía navegar tranquila en el inmenso mar de la Providencia. Y no sólo dejó de visitar Francisco a su predilecta hija, sino que ordenó a sus frailes difirieran más la asistencia espiritual a las «damas pobres».

(...) Pero un día decidió Clara no recibir en adelante nada de manos de los limosneros: «Si logramos —dijo con firmeza— poder vivir privadas del pan espiritual, también podremos pasar sin el corporal.»

No escapó a Francisco el significado de este gesto. Clara y sus compañeras esperaban de él una lección de vida espiritual. Querían oír de sus labios uno de aquellos discursos que encendían en amor las almas (...) Y emprendiendo el camino que subía a San Damián, llegó allí presto y tocó a la puerta. Al momento corrió por toda la casa la noticia de que el Padre se había por fin conmovido y acababa de llegar. Las «damas pobres» lograban así reunirse en torno a su maestro.

Francisco, mudo y abstraído en medio de las Hermanas, parecía meditar. Clara hizo señal a las compañeras para que se sentasen, mientras esperaba salieran de la boca del Padre palabras que «penetrarían la médula de los huesos». Francisco no tenía dotes de orador. Su lengua parecía trabada cuando empezaba a hablar, mas luego se enfervorizaba y saltaba con los pies descalzos como si quemara la tierra. Sus palabras eran entrecortadas y premiosas. Sólo cuando pronunciaba el nombre de Jesús adquiría su voz un tono extraordinariamente dulce. Se relamía los labios, como si encontrara en aquel nombre sabor a miel. Clara esperaba que brotasen de repente las palabras de Francisco con incontenible fuerza. Sin embargo, Francisco permanecía mudo y absorto; parecía como aguardar la inspiración del cielo; y ésta llegó por fin.

Como sacudiéndose después de su larga abstracción, pidió ceniza, y con ella trazó un círculo en el pavimento, y rociando luego su cabeza con la sobrante, entonó, con voz compungida, el salmo Miserere: «Piedad de mí, Señor; según tu gran bondad y misericordia, perdona mi pecado. Lávame de mis iniquidades y limpiame de mi pecado.» Terminado que hubo el salmo, salió rápidamente de en medio de aquel círculo de ceniza y, a todo correr, desapareció del convento.

(Florecillas de Santa Clara, Las Cenizas, Capítulo XII)

¡Sublime lección... dada a dos manos! CLARA enseño a FRANCISCO que prefería morir de hambre antes que verse privada de su consuelo espiritual, y FRANCISCO enseñó a CLARA que aún habría de arrepentirse por seguir ligada y dependiente de él, como si de la última atadura para ser entera del Señor se tratase.



Que hoy intentemos encontrar ese rato de silencio para nosotros, pongámonos en la presencia del Señor, puede que no oigamos nada (hay un dicho que dice así "si hablas con Dios, es que rezas... pero si Dios te responde... ¡es que estás loco!"), pero eduquemos el silencio, que es la antesala de la escucha, quizás de esta forma, luego, el Señor te hable a borbotones... ¡Escuchando a todos los que, en el mismo día, te salgan al paso de la vida!