miércoles, 7 de junio de 2017

EL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS
¡Maravilla de amor indescriptible!


Corazón Eucarístico de Jesús,
dígnate contarme entre tus adoradores,
sin tener en cuenta la carencia de mis méritos,
humildemente vengo a tu presencia,
y me postro con toda devoción,
y me consagro a ti enteramente,
para que mis palabras, actos, pensamientos,
sean una acción de gracias
porque sé que eres mi redentor,
y me postro especialmente,
ante tu presencia que habita entre nosotros
para siempre, en el Santísimo Sacramento,
que mi adoración sirva
para consolar a los pobres en su aflicción,
para ganar el arrepentimiento de los pecadores,
para acercarte a todos los que no te conocen,
esta es mi petición, Señor,
la única que hare, en tanto en cuanto,
mi corazón siga latiendo.

Amén.


Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Salmo 94)

Conforme los Sumos Pontífices iban concediendo gracias y reconocimiento a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús siempre declaraban que el objeto de esta devoción era honrar el corazón humano de Cristo por cuyo medio tanto nos amó. Amor que llevó al extremo en su Pasión y que quiso prolongar en la Eucaristía. No puede haber para el Sagrado Corazón de Jesús mejor imagen, ni expresión más profunda, que la institución de la Eucaristía "habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo" (Juan 13,1-15) Y este amor extremo no pudo sino quedarse con nosotros en el misterio del Santísimo Sacramento, donde se encuentra realmente vivo y presente, nuestro Señor, en toda su humanidad y en toda su divinidad, con un corazón que sigue latiendo y pulsando por nosotros.



¡Es la maravilla de la humanidad y la divinidad, de Dios hecho hombre, confinado en los límites de apenas un trozo de pan! ¡Es la maravilla del amor sin mesura, del amor de Dios, del amor de Cristo, encarnado y redentor, con toda su gracia y su gloria, todo ello concentrado en la infinita prueba de amor que cabe en lo finito del pan! ¡Es la maravilla de su costado abierto, que sigue manando agua y sangre, ríos de agua viva en la incruenta partícula del pan! ¡Es la maravilla del tiempo atrapado, detenido en el pan, para que su vida, su gracia, su amor, su pasión, sus milagros, su resurrección, nos sigan dando vida y salvando tanto ayer, como hoy y siempre!


Tan cierto como que el corazón humano expresa en cierta manera el amor, la divinidad y la misericordia de Dios, para ganarse en amor del corazón de los hombres, que sólo responde egoístamente a sus empatías e intereses, el Sagrado Corazón  en la Eucaristía nos revela su amor infinito, que no discrimina a nadie, que se nos hace familiar, cercano, íntimo, de una forma que jamás se podía haber imaginado nadie para hacernos a todos iguales. 

¿Y qué podríamos nosotros hacer ante tanta maravilla de amor por nosotros? Como decíamos ayer "¡Vayamos a su presencia con alegría!", como dice el canto, aunque sea de Navidad "Venite, adoremus! Venite, adoremus! Venite, adoramus Dominum! Venite, adoramus Dominum!" ¡Venid, adoremos al Señor! No hagamos ciertas las palabras que dijo el Señor por boca del salmista "tanta ofensa me ha partido el corazón, mi vergüenza y confusión son irremediables. Esperé compasión, pero fue en vano, alguien que me consolara, y no lo hallé" (Salo 69,21) Que el Señor no diga de nosotros que le rompemos el corazón con nuestro desagradecimiento... que el Señor, en la Eucaristía, en la Custodia, en el Sagrario, no pase la pena de buscar quien le acompañe y consuele, y no lo encuentre.



Virgen María, 
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento,
que eres la alegría de los cristianos,
que eres la gloria de la Iglesia,
que eres la esperanza del mundo,
ruega por nosotros,
prende en nosotros el amor
y la devoción por la Eucaristía,
para que gustemos de su riqueza
todos los días de nuestra vida.

Amén