martes, 6 de junio de 2017

EL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS
¡Venid...!


Corazón Eucarístico de Jesús,
dígnate contarme entre tus adoradores,
sin tener en cuenta la carencia de mis méritos,
humildemente vengo a tu presencia,
y me postro con toda devoción,
y me consagro a ti enteramente,
para que mis palabras, actos, pensamientos,
sean una acción de gracias
porque sé que eres mi redentor,
y me postro especialmente,
ante tu presencia que habita entre nosotros
para siempre, en el Santísimo Sacramento,
que mi adoración sirva
para consolar a los pobres en su aflicción,
para ganar el arrepentimiento de los pecadores,
para acercarte a todos los que no te conocen,
esta es mi petición, Señor,
la única que hare, en tanto en cuanto,
mi corazón siga latiendo.

Amén.


Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

(Salmo 94)

Este Salmo manifiesta algo en lo que todos los comentaristas están de acuerdo, es una "invitación a la oración", de hecho, es el Salmo que la Iglesia ha escogido como "invitatorio", la llamada a la oración de todos los días, de la Iglesia orante, en la Liturgia de las Horas. Consideremos este Salmo como una inspiración del Espíritu Santo para venir a su presencia real en el Santísimo Sacramento, porque la alabanza y la adoración, también son formas de oración a la que este Salmo nos llama. Lógicamente analizado, el el Salmo contiene una poderosa invitación a la oración, menciona los títulos del Señor por los que merece nuestra adoración, una serie de acciones que puede comprender nuestra adoración y su presencia en todo lo creado.

¡Venid! Es una llamada imperiosa, del Espíritu Santo al salmista que él recoge con su Salmo. ¡Venid! significa sin retraso, sin demora, deja lo que estés haciendo, sal de casa, abandona tus absurdas tareas y preocupaciones, para que puedas atender esta llamada a la oración. Porque ésta debería ser la única tarea de nuestra vida, aunque precisemos de todo lo demás, pero sepamos jerarquizar el orden, establecer los tiempos. Venid al Señor, al comienzo del día, antes de enfrentarte al resto de tus tareas y de tus preocupaciones, para que ellas no sean capaces de absorberte el día, para que tengas la seguridad de que el Señor te acompaña. Venid al Señor, a la tarde, porque tu día es finito pero el Señor es eterno, y de la pobreza de tus acciones de hoy es de lo que tienes que informar, como un siervo a su patrón, pero que es un Señor bueno. Venid al Señor, en la noche, para que él vele tu sueño, para que te proteja y te guarde. En toda circunstancia, de todo rincón de a tierra, de cualquier parte, sólo se oye una palabra ¡Venid!

¡Venid, vayamos a su presencia! Vayamos a la presencia del Señor, buscando su santo rostro... ¿Pero por qué tendría que sernos necesarios ir a su presencia? ¿Acaso no está el Señor presente en todas las cosas y en todas partes? ¿No está acaso en nosotros, más cerca de nosotros que nosotros mismos, que hasta podemos afirmar que "en el Señor vivimos, nos movemos y existimos"? (Hechos 17,28) ¿Acaso no le vemos en la belleza de todas sus criaturas, en todo cuanto existe, en todo ser que alienta? Pero esto no basta, como el amado no se conforma con un retrato de su amada ¡Ah, Señor, si tuvieras un rostro humano, que pudiéramos ver y reconocer, que impresionara en nuestra mente el recuerdo de esa imagen! 


Y por fin la humanidad entera pudo verte desde tu nacimiento en Belén ¡Pudimos ver tu rostro, Señor, tu sonrisa, tus lágrimas, tu cuerpo, tus manos sanando, acariciando a los niños, tu voz hablando con todos, tu cuerpo extendido en la Cruz  por nuestro pecado! 

Y regresando al Padre, tras tu periplo humano, aún se quedó presente en nosotros, velado, en el Santísimo Sacramento del altar, te quedaste con nosotros, Dios hecho hombre, en el pan, multiplicada tu presencia en todos los sagrarios del mundo... Ahí es donde debemos buscarte, pare verte, para desahogar los legítimos anhelos de nuestro amor, nuestra devoción, nuestra adoración; donde de verdad encontraremos al mismo tiempo a nuestro Dios y Señor, nuestro Pastor y nuestro Padre, nuestro Hermano y nuestro Sacerdote... Por todo ello podemos decir ¡Venid, vayamos a su presencia!


Virgen María, 
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento,
que eres la alegría de los cristianos,
que eres la gloria de la Iglesia,
que eres la esperanza del mundo,
ruega por nosotros,
prende en nosotros el amor
y la devoción por la Eucaristía,
para que gustemos de su riqueza
todos los días de nuestra vida.

Amén