viernes, 16 de junio de 2017

CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS
¡VENID ADORADORES Y REPARADORES!


Corazón Eucarístico de Jesús,
dígnate contarme entre tus adoradores,
sin tener en cuenta la carencia de mis méritos,
humildemente vengo a tu presencia,
y me postro con toda devoción,
y me consagro a ti enteramente,
para que mis palabras, actos, pensamientos,
sean una acción de gracias
porque sé que eres mi redentor,
y me postro especialmente,
ante tu presencia que habita entre nosotros
para siempre, en el Santísimo Sacramento,
que mi adoración sirva
para consolar a los pobres en su aflicción,
para ganar el arrepentimiento de los pecadores,
para acercarte a todos los que no te conocen,
esta es mi petición, Señor,
la única que haré, en tanto en cuanto,
mi corazón siga latiendo.

Amén.



El deber de reparación debe de ser tan urgente y apremiante como antes comprendamos la gravedad, el horror y lo terrible de las profanaciones y humillaciones que recibe el Corazón Eucarístico de Jesús. Aunque a veces la reparación parezca una tarea ingente, al mismo tiempo, en la medida en la que nosotros mismos nos hacemos conscientes de nuestra debilidad y nuestros propios pecados, la absoluta desproporción existente entre su incomparable amor por nosotros y el pálido reflejo de nuestro consuelo dado en la reparación y la adoración eucarística.



Si queremos ser adoradores y reparadores debemos, en primer lugar, de forma humilde, pedir al Señor que nos conceda esa gracia, unida a la perseverancia. Es necesario que los adoradores y reparadores estén movidos, en primer lugar, por su amor al Corazón Eucarístico de Jesús. De esta manera el reparador adorador se fijará en las heridas, las llagas, las señales de la pasión de quien primero le amó, y de esta manera crecerá en su vida eucarística. De esta manera el reparador adorador será capaz también de tomar sobre sí sus propios sufrimientos y pruebas en la vida, perseverando en la prueba con el consuelo del amor que emana de dicho Corazón, mereciendo hacerse víctima y tomar parte en la gloriosa nómina de los que adoran, reparan y sufren por el Señor.



En segundo lugar, para ser un buen reparador se hace preciso sentir un gran amor y caridad hacia todas aquellas personas que, con sus pecados y ultrajes, causan este dolor al Corazón Eucarístico del Señor, pidiendo por su conversión, para que ellos mismos descubran también la gracia de retornar sus vidas al sumo amor, que inflamado en llamas, late por ellos en la presencia eucarística. 



Virgen María, 
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento,
que eres la alegría de los cristianos,
que eres la gloria de la Iglesia,
que eres la esperanza del mundo,
ruega por nosotros,
prende en nosotros el amor
y la devoción por la Eucaristía,
para que gustemos de su riqueza
todos los días de nuestra vida.

Amén