martes, 13 de junio de 2017

CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS
EL LUGAR PRIVILEGIADO PARA ENCONTRAR A DIOS


Corazón Eucarístico de Jesús,
dígnate contarme entre tus adoradores,
sin tener en cuenta la carencia de mis méritos,
humildemente vengo a tu presencia,
y me postro con toda devoción,
y me consagro a ti enteramente,
para que mis palabras, actos, pensamientos,
sean una acción de gracias
porque sé que eres mi redentor,
y me postro especialmente,
ante tu presencia que habita entre nosotros
para siempre, en el Santísimo Sacramento,
que mi adoración sirva
para consolar a los pobres en su aflicción,
para ganar el arrepentimiento de los pecadores,
para acercarte a todos los que no te conocen,
esta es mi petición, Señor,
la única que haré, en tanto en cuanto,
mi corazón siga latiendo.

Amén.


"Mi corazón permanecerá aquí para siempre" (1 Reyes 9,3) fue la promesa hecha por Dios a Salomón cuando, en los tiempos anteriores al Señor, nuestros antiguos padres creían que el Señor necesitaba, ciertamente una casa material para gozar de su presencia. Él Señor se reveló a sí mismo, en esta ocasión, como "corazón", para excitar en ellos las ganas de venir a su presencia, de buscarle, de ansíarle. Si el corazón es la sede de los pobres sentimientos humanos, Dios se valía de ello para mostrarles entonces que, desde este "corazón" él les amaba, amaba a su pueblo. 

El Corazón Eucarístico de Jesús se nos muestra ahora como la sede, el lugar perfecto, para hacer nuestra alabanza, nuestra oración, nuestro encuentro con la presencia del Señor. Porque a diferencia del templo, hechura humana y caduco, en el Corazón Eucarístico de Jesús encontramos no sólo la presencia del Señor, sino toda su misericordia, ternura, compasión, riqueza, gracia, providencia y poder. El Corazón Eucarístico de Jesús es la medida de la eficacia de todas nuestras oraciones, porque tenemos en él un mediador, cuyo batir del Corazón, se hace presente tanto en nosotros, que pedimos, como en el Padre que nos escucha. 

Debemos, por tanto, ponernos en la presencia del Corazón Eucarístico de Jesús, para orar al Padre, por medio del Hijo, con el Espíritu Santo que nos ayuda a orar, cuando no sabemos cómo. San BERNARDO solía decir "he encontrado mi corazón, ahora es que puedo orar a Dios", es decir, el lugar de Dios mi Padre, mi Rey, de Jesús, su Hijo, mi amigo. Entraré pues, gozoso, en este santuario, en el que legítimamente puedo desahogar y volcar mis peticiones, en la seguridad de ser escuchado. Santa MARGARITA Mª de ALACOQUE solía decir "Cuando vayas a orar, entra en la presencia del Sagrado Corazón, como el que entra en un oratorio, capilla o santuario, en el que encontrarás los medios para agradecer al Señor todo cuanto él ha hecho por ti, ofreciéndole oraciones que suplan los defectos que hay en ti, porque amar a Dios es entrar de lleno en su Divino Corazón, adorándole con su misma adoración, alabándole con su misma alabanza, obedeciéndole con su misma obediencia".

Porque en la Santa Cena, el Señor, instituyendo la Eucaristía, quiso esconderse, seguir viviendo, bajo la humilde apariencia del pan, y para que los discípulos así lo entendieran, les dijo también, a la vista del pan partido "permaneced en mi amor, permaneced en mi amor" (Juan 15,9) que es tanto como decir "permaneced en mi Amor, porque mi Padre me glorificará cumpliendo todo aquello que le pidáis en mi nombre". Acudamos a la presencia del Corazón Eucarístico de Jesús, porque esta es la verdadera intercesión, presentarle a él nuestras necesidades, nuestras aflicciones, las necesidades de la Iglesia, de las naciones y de los pueblos; acudamos con perseverancia y confianza filial ante el Corazón Eucarístico de Jesús, como reza el Salmo "se alegrarán los afligidos y se animará el corazón de los que buscan a Dios" (Salmo 69,32)


Virgen María, 
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento,
que eres la alegría de los cristianos,
que eres la gloria de la Iglesia,
que eres la esperanza del mundo,
ruega por nosotros,
prende en nosotros el amor
y la devoción por la Eucaristía,
para que gustemos de su riqueza
todos los días de nuestra vida.

Amén