sábado, 17 de junio de 2017

CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS
CORAZÓN DE MARÍA


Corazón Eucarístico de Jesús,
dígnate contarme entre tus adoradores,
sin tener en cuenta la carencia de mis méritos,
humildemente vengo a tu presencia,
y me postro con toda devoción,
y me consagro a ti enteramente,
para que mis palabras, actos, pensamientos,
sean una acción de gracias
porque sé que eres mi redentor,
y me postro especialmente,
ante tu presencia que habita entre nosotros
para siempre, en el Santísimo Sacramento,
que mi adoración sirva
para consolar a los pobres en su aflicción,
para ganar el arrepentimiento de los pecadores,
para acercarte a todos los que no te conocen,
esta es mi petición, Señor,
la única que haré, en tanto en cuanto,
mi corazón siga latiendo.

Amén.


¡Corazón Eucarístico de Jesús, hijo de María, tened piedad de nosotros!

Nada une más a dos personas que el sufrimiento, en la medida en la que ambas se socorren y se ayudan mutuamente, cualquiera que sea la prueba que las sacude, haciéndose la prueba un yugo compartido. Su mutuo sufrimiento se convierte en piedra de toque para sus dos corazones, sus lágrimas se convierten junto con el polvo de la prueba en un cemento indestructible de confianza, y los dolores que se conservan en el corazón se tornan en el más fuerte lazo de solidaridad y fraternidad. 


Pues así es como obraba, de la misma manera, el sufrimiento del Señor en el corazón de su madre. Creándose así una nueva ligazón entre ellos, distinta a la filiación madre hijo, distinta a la sumisión entre Dios y su criatura, sino un lazo de dolor y sufrimiento. En este mutuo combate, unidos tanto por el dolor y la ternura, Jesús se atrae a su madre con infinita ternura y misericordia, piedad y compasión. Para testimoniar ante su madre la totalidad de sus sentimientos, indescriptibles, por ella, fue que permitió que estuviera presente en el momento en que la lanzada traspasó su divino Corazón, para que, estando a los pies de la Cruz, participara ella de la abundancia de los ríos de agua viva y sangre que brotaron de su costado abierto. María fue de esta forma, comisionada casi desde ese mismo momento, por su hijo, para convertirse en la primera alma reparadora y consoladora de su cuerpo, para toma conciencia de esta misión, y ejercerla in situ ya en favor de sus hijos, los discípulos, en este tiempo de la Iglesia naciente. 


Desde ese mismo instante este nuevo ministerio de María, de interceder, adorar y reparar ante el divino Corazón roto de amor de su hijo, roto por la lanzada, se ve coronado por el éxito de las conversiones de los pecadores: el centurión, los soldados, muchos de entre la turba, viendo así los dolores de esta madre, viendo así el comportamiento intachable de su hijo, bien pudieron exclamar "¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!", y desde entonces María no ha abandonado este ministerio de amor e intercesión por todos nosotros. Para que nuestra oración de intercesión, reparación, arrepentimiento y dolor ante el Corazón Eucarístico de Jesús, unámonos al dolor y al sufrimiento de María, para que así nuestra reparación sea mucho más fructífera, haciendo nuestra la oración al pie de la Cruz de aquella que mereció ver, en carne, su divino Corazón traspasado:

Recuerda, Señor, con todo tu Corazón,
tú que eres el mejor de los hijos,
la agonía y el dolor indescriptible de tu madre,
para que, acordándote de ello,
tengas piedad de nosotros.
tú, Señor, que con todo tu corazón
honras a tu Padre, y no olvidas,
los dolores de tu madre.
(Eclesiástico 7,27)


Virgen María, 
Nuestra Señora del Santísimo Sacramento,
que eres la alegría de los cristianos,
que eres la gloria de la Iglesia,
que eres la esperanza del mundo,
ruega por nosotros,
prende en nosotros el amor
y la devoción por la Eucaristía,
para que gustemos de su riqueza
todos los días de nuestra vida.

Amén