jueves, 22 de junio de 2017

CORAZÓN DE JESÚS
LA IMPERCEPTIBLE PROVIDENCIA DE DIOS

Mañana es la fiesta del SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS al que hemos venido dedicando los últimos posts del blog, ya celebraremos su día mañana, hoy os compartiré lo que para mañana tiene escrito MOLLY MATTINGLY, directora del coro y las actividades musicales que se llevan a cabo en la Parroquia de San Juan, adscrita al Campus Universitario de la Universidad Jesuita de CREIGHTON, en los ESTADOS UNIDOS, y de paso, comparto las bellísimas imágenes del SANTUARIO DE LA SAGRADA FAMILIA en GRETNA, NEBRASKA, que forma parte del testimonio que ella nos ofrece, por su belleza.

Hace un par de meses, asistí a misa por la mañana en el Santuario de la Sagrada Familia en Gretna, Nebraska. Hubo un pequeño grupo de gente que entró comenzado ya el canto de entrada: Dos niños, un niño de unos tres años y una niña de cinco, acompañados de una señora mayor (seguramente una madre o una tía abuela). 


El niño entró llorando de forma desconsolada... ¡Y claro, en aquella pequeña capilla acristalada cualquier ruido se magnifica más! La señora le pidió al niño, en voz baja, que fuera bueno y formalito como su hermana, que estaba en silencio, y sentada ya en el banco balanceando las piernas, pues no tocaba el suelo.  El niño se abrazó a la señora mayor, se frotó la frente con el brazo, y enterró su cara llena de lágrimas en un abrazo contra la paciente señora. Yo llegué a la conclusión de que, seguramente, el niño venía llorando por haber tropezado y haberse caído, golpeándose la frente, justo en el exterior antes de entrar. 

Después del salmo responsorial el niño ya estaba lo suficientemente calmado como para retomar sus actividades de niño, esto es, ser curioso y explorar su entrono. La capilla tiene una pequeña fuente en el presbiterio, a los pies del crucificado, que fluye por debajo del suelo, circula por debajo de los bancos (lo que se puede ver en una especie de pequeño hueco en el suelo al lado de cada bancada) y se canaliza hacia el exterior de la capilla por una pequeña acequia. Será la forma en la que el arquitecto quería simbolizar los ríos de agua viva que brotan de Cristo, para que nosotros (los de dentro de la capilla) bebamos y vivamos de ella y la llevemos con nosotros, por el testimonio, al exterior. Es muy agradable escuchar el fluir del agua, especialmente en los momentos de silencio que marca la liturgia.

El agua es muy importante en este santuario, de hecho, en la capilla bautismal, el agua de lluvia y del deshielo de la nieve acumulada en el tejado, se canaliza graciosamente, por una espiral que baja del techo a cielo abierto, donde es recogida en la fuente bautismal, y también se canaliza hacia la propia Iglesia.

Volviendo a nuestro pequeño protagonista... Éste descubrió que el hueco que permite percibir el agua, al lado de cada banco, era lo suficientemente grande, en este caso, para la mano de un niño, y estuvo un rato jugando con el agua. Pronto descubrió que además había guijarros en el agua, y se entretuvo en irlos sacando, colocándolos en el suelo. El niño estaba tan entretenido en su tarea, sin que nadie le dijera nada, y la señora mayor tampoco, quizás para no tener que regañarle y provocar de nuevo su llanto, al menos así estaba tranquilo y entretenido. 

Pero me dí cuenta de un detalle, el niño estaba haciendo su juego de sacar los guijarros del agua, sentado en el extremo del banco, pero sin bajarse de él, por lo que cada vez que sacaba un guijarro del lecho de agua, tenía que inclinar todo su torso hacia delante, sin darse cuenta de que su cabeza apenas rozaba, una y otra vez, la esquina del respaldo del banco de delante... pero la señora mayor que le acompañaba, sin descuidar la celebración de la eucaristía, instintivamente, cada vez que el niño se agachaba ponía disimuladamente su mano en la esquina del banco, a modo de protector, por si el niño se daba...

Contemplando esta escena justo pensé “¿Con qué frecuencia no hace el Señor lo mismo conmigo? ¿Con qué frecuencia yo misma no vuelvo a caer en conductas y comportamientos que me hieren (recordemos que el niño ya se había dado en la cabeza antes, en el exterior) porque me olvido y distraigo, para volver a caer en ellas? ¿Y en cuántas no pocas ocasiones me ha protegido Dios, de la misma manera, de mi inconsciencia y sin ni siquiera darme cuenta de ello? Esa escena fue una buena imagen para darme cuenta del amor de Dios, por mí. Que constantemente me cuida, vela por mí, y me protege, a pesar de que la mayoría de las veces nos ponemos en ocasión de peligro, físico o moral, a veces incluso recayendo en conductas de las que ya tenemos heridas previas o experiencias negativas, y sin que nos demos cuenta de esta providencia tan sencilla, tan imperceptible, de Dios. Una entrega total, inmerecida e incondicional de Dios hacia mí. Este es el tipo de amor que demuestra lo que es el amor de Dios, ahora entiendo porque dice San PABLO que vivimos, nos movemos y existimos “en Dios”.