martes, 23 de mayo de 2017

¡SEÑOR, QUÉ BIEN TE EXPLICAS!


Hay un chiste que dice así:

Y el Señor dijo a sus discípulos: "Ahora que me veis es cuando no me veis, porque no me veréis de verdad, precisamente, hasta que no me veáis, porque es viéndome que me no me veis, pues hace falta no verme para que podáis ver". Yen ese momento Pedro, en nombre de todos los apóstoles le dice: "¡Señor, te seguimos por lo bien que te explicas!"


Ahora poned esto en contraste con el Evangelio de hoy (Jn 16,5-11):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Os dejo con el comentario de San AGUSTÍN a esta especie de trabalenguas evangélico en los que el Señor juega constantemente con la venida del Espíritu Santo y su ida al Padre para que esto fuera posible:

Quizás porque anteriormente los discípulos ya le habían preguntado a dónde se iría, y les había respondido "que ellos no podrían ir a donde El iría" (Juan 8,21), ahora que les asegura que se va, ninguno le pregunta a dónde, y por eso les dice: "Y ninguno de vosotros me pregunta ¿dónde vas?". Al irse el Señor, efectivamente al cielo, en su posterior ascensión, no le preguntaron con palabras, sino que le acompañaron con su mirada, como les dijeron los ángeles "Galileos... ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?" (Hechos 1,11). Pero ahora es el Señor el que se da cuenta del efecto de sus palabras en sus corazones. Puesto que no tenían aún el consuelo interior del Espíritu Santo que habrían de recibir, temían perder lo que exteriormente veían en Cristo. Además, puesto que el Señor siempre decía la verdad, no cabía que duda de que, en efecto, los iba a dejar. Así pues, el humano cariño los entristecía, y por esto les dijo: "Porque os he dicho esto, la tristeza se ha apoderado de vuestro corazón". 


Pero el Señor conocía qué era lo que más les convenía, porque la visión interior con que el Espíritu Santo había de consolarles, era mejor. Por esto añadió: "Pero os digo, en verdad, que os conviene que yo me vaya". Esto lo dijo, no porque haya desigualdad entre el Hijo de Dios y el Espíritu Santo, sino porque su presencia como hijo del hombre entre ellos, era un obstáculo para la efusión del Espíritu Santo en ellos con todos sus dones, porque el que había de venir no era menor, pues no se había rebajado, como persona de la Santísima Trinidad, como lo hiciera el Hijo tomando la forma de siervo (Filipenses 2,7), y convenía que desapareciese de los ojos de ellos en este aspecto de siervo, en la que sólo consideraban a Cristo a quien veían, para que se manifestase el Espíritu Santo, glorificando así al Hijo. Por lo que dice: "Si yo marcho, os lo enviaré".