lunes, 15 de mayo de 2017

QUE NO SE ALTERE VUESTRO CORAZÓN
NO OS ACOBARDÉIS


Leyendo el Evangelio de hoy (Juan 14,21-26) me ha llamado la atención una cosa, una vez más el Señor nos pide "¡Que no se urbe vuestro corazón, ni se acobarde!", otra variante de esa otra petición que nos hace el Señor varias veces en el Evangelio (alguna vez tengo que averiguar la cifra exacta de concurrencias) "¡No tengáis miedo!" y que, para los contemporáneos, ya que no podemos imaginarnos la voz del Señor (otra curiosidad, del Señor nada sabemos de su físico, ningún evangelista, pese a todo, se toma la molestia de dar aunque sea una leve pincelada, era alto, bajo, moreno, de ojos oscuros... ¡vete a saber pero una cosa es cierta, todos dicen que hablaba con autoridad, y que su voz era lo que más impresionaba siempre a su audiencia! -un eco del Salmo: "la voz del Señor resuena potente; la voz del Señor resuena majestuosa..." (Salmo 29,4), siempre resonará en nuestros oídos con la potente voz de JUAN PABLO II recién elegido Papa: "¡No tengáis miedo!"...

...Y no debemos tener miedo en esta ocasión, que es el segundo detalle sobre el que me he fijado hoy, porque dice el Señor "aunque se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mi", otra afirmación del Señor que si nos la creyéramos de verdad nos ahorraría muchos temores, sufrimientos y engaños innecesarios. Sabemos que el "siervo no es más que su maestro", y lo mismo que él pasó por la Cruz, hemos de pasar nosotros, el Señor no nos engaña, ni nos invita a un seguimiento anodino, ni nos da a firmar un contrato lleno de términos extraños y letras pequeñas... todo muy clarito, me hace gracia que, versionando lo anterior, hay un dicho apócrifo del Señor, recogido en la nota marginal de una antigua biblia medieval, donde se añade "porque el maestro enseña lo que hace, mientras que el discípulo hace lo que puede", por eso, ciertamente, no debemos tener miedo porque "si morimos con él, también viviremos por él" (2 Timoteo 2,11), lo que incluye su victoria sobre el demonio, bien dice "no es que tenga poder sobre mí" ¡y no lo tiene, menos desde su resurrección! y tampoco lo tiene sobre nosotros, que bautizados, estamos asociados a la victoria de Cristo sobre la muerte, el pecado y el malo, malísimo....

Dice RAINIERO CANTALAMESSA, Ofm.Cap, creo que el otro día lo dije por otra cosa "que el demonio no tiene más poder, hoy en día, que el de un perro encadenado, salvo que algún insensato quiera acercarse dentro del radio de libertad de movimientos que al perro permite la longitud de la cadena que lo retiene", sin embargo, aunque derrotado y vencido, atado y retenido, no ha perdido el enemigo la inteligencia y la astucia, sigue siendo el padre de la mentira, al retirarlo de nuestros miedos actuales, ha regresado por la ventana de la angustia. No podemos ponerle nombre personal al mal y eso se convierte en angustia muda y ciega. Digamos que el mal ha cambiado de estrategia, se ha refugiado y se ha hecho fuerte en esa angustia difusa que es la gran enfermedad de nuestra época (basta leer las estadísticas sobre el consumo de antidepresivos). La angustia es terreno fértil para apartar a muchísima más gente de la esperanza y del amor de Dios que cualquier otra cosa ¡si hasta cuando vemos la película del exorcista, veinte años después, y en vez de miedo da risa, al menos a mí me la da! 

Cuando rezamos el Padrenuestro decimos, mejor dicho, pedimos al Padre bueno del cielo: No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal se puede complementar con una misma petición dirigida al Espíritu Santo, que es nuestro abogado, nuestro defensor, nuestro consuelo en la angustia: Aleja de nosotros al enemigo, no nos dejes caer en la angustia, líbranos del maligno que nos angustia ¡Aleja de nosotros bien lejos la angustia! Y danos la paz.

Esta oración contra la angustia, en cualquiera de sus formas –angustia por la salud de la familia, angustia por el trabajo, angustia por no poder resistir algunas tentaciones, angustia por no cumplir perfectamente nuestro deber…- es una oración sanadora, que nos libera del “ambiente en el que el mal se refugia”. Salgamos de esta angustia con la paz del Señor, con nuestra confianza puesta en el Señor, en la ternura de Dios que no nos abandona, en el Espíritu Santo, que nos defiende, sustenta, nos da la fuerza que hace más fácil todos los demás. Y lo que más sana de la angustia es saber que el Señor se hizo débil por nosotros, para demostrarnos que todo es posible, porque si la angustia es abstracta y se encarna en cosas abstractas y difusas, la paz que viene del Señor es concreta, real, tangible, y se encarna en la realidad cotidiana en la que el Señor siempre está.