miércoles, 24 de mayo de 2017

¡NO EXTINGÁIS EL ESPÍRITU SANTO,
NO DESCUIDÉIS LA PROFECÍA!


¡Cómo se nota que se acerca PENTECOSTÉS, hasta el Evangelio del día (Juan 16,12-15) se pone "carismático"!  Perdonadme la broma introductoria, pero es que me ha llamado poderosamente la expresión usada por el Señor para referirse a una, de tantas, formas de actuación del Espíritu Santo, la profecía, cuando afirma "cuando venga el Espíritu de la Verdad, (...) les anunciará lo que irá sucediendo", porque este "anunciar lo que irá sucediendo" es precisamente lo que parece, el don de profecía.

Una vez incrementada, si cabe, vuestra curiosidad, o que he conseguido llamar vuestra atención se impone hacer una serie de aclaraciones sobre lo que es la profecía. En primer lugar que no os asuste el considerar que la profecía sea un don del Espíritu Santo, lo dice claramente San PABLO al afirmar "usemos los dones diversos que poseemos según la gracia que nos han concedido: por ejemplo, la profecía" (Romanos 12,6) y también "aspirad también a los dones espirituales, sobre todo la profecía" (1 Corintios 14,1), y tampoco os debe asustar consideraros, vosotros, mismos, como auténticos profetas en el seno de la Iglesia, pues efectivamente lo sois, no en vano, por medio del Bautismo hemos sido constituidos en un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes (Catecismo, nº 897; Lumen Gentium, nº 31). 

Sin embargo hay mucho error y mucha confusión en torno a lo que sea la profecía en sí, por lo que difícilmente vamos a poder ejercer nuestra condición profética, o profetizar, si no sabemos que es lo que esto significa en los tiempos de la Iglesia actual, vinculado a las gracias de nuestro bautismo y a los dones del Espíritu Santo, madurados para dar fruto, servir en la Iglesia, que no otra cosa es lo que se celebra en la confirmación (desde que ambos sacramentos se escindieron en dos momentos diferentes de la vida de un cristiano). Así que ¡manos a la obra!


Todos nosotros estamos llenos de la Palabra del Señor, no sólo aquella que leemos y oramos personalmente, no sólo la que escuchamos y nos es explicada por la Iglesia, por medio de sus pastores y predicadores acreditados, sino también toda aquella Palabra de Dios que vamos guardando y atesorando en lo más profundo de nuestro corazón, la que se va convirtiendo en un poso de la Palabra de Dios en nosotros. Por eso dijo el Señor:

"Quien crea en mí. Así dice la Escritura: «De sus entrañas manarán ríos de agua viva»" (Juan 7, 38)

Tenemos que aprovechar esa sabiduría interior que nos concede todo ese poso acrisolado que la Palabra de Dios va dejando en nosotros, dicha sobre nuestra vida, para ponerla en servicio, es decir, al servicio de la Iglesia, del resto de nuestros hermanos, de nuestras comunidades, grupos de trabajo, grupos de oración, porque mientras los dones del Espíritu Santo son comunes a todos los creyentes, por el Bautismo y la Confirmación, ayudan al crecimiento espiritual de uno mismo, mientras que los carismas los concede el Espíritu Santo "a quien quiere, como quiere, cuando quiere" y son siempre para ser ejercidos para el bien común, para toda la comunidad, no para quien recibe el carisma en concreto,

Y la profecía es algo que sólo puede apoyarse en la palabra, la palabra oral, la palabra real, la profecía en su sentido más genuino, me explico:

¿Alguna vez habéis notado que a medida que hablabais, de repente, se derrama vuestro discurso, y entonces mientras estabais hablando de cualquier otra cosa, brota algo de vuestros labios que no sólo sale espontáneamente, sino que además no era lo que esperábamos?

Los psicólogos lo llaman un lapsus linguae, es decir, algo que se manifiesta  oralmente mientras no estábamos pensando en ello. 

A nivel de fe, normalmente esto sucede cuando estamos aconsejando a alguien, especialmente en un clima de oración poderoso y presencia ungida del Señor, como acontece, por ejemplo, durante la intercesión, o en momentos de oración comunitaria de especial intensidad, como dice el apóstol PEDRO: "la profecía nunca sucedió por iniciativa humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo" (2 Pedro 1,21) y al tratarse de un don del Espíritu Santo, en contra de la afirmación de los psicólogos, que vale para cualquier persona, la profecía sólo puede surgir entre creyentes, en un contexto cristiano y de oración, como advierte San PABLO "la profecía no lo es para los que no creen, sino para los creyentes" (1 Corintios 14,22):

Así, por ejemplo, supongamos que estamos intercediendo por alguien, que nos ha pedido intercesión, pero que no nos ha dicho nada más de su vida, y de repente, en la oración vocal, pedimos al Señor que "sane a este hermano de su adición al juego" e, inmediatamente, conforme nos escuchamos en voz alta y nos damos cuenta de lo que acabamos de decir, pensamos que a lo mejor estamos ofendiendo al hermano (pues nada sabemos de él, ni él nos ha dicho nada), y nos asalta la duda, pero luego, el propio hermano nos confiesa que ese era precisamente su problema pero que le daba vergüenza asumirlo frente al resto de los hermanos. Esto mismo es lo que se llama "enunciado profético" .

Otros autores lo llaman "discernimiento de espíritus" y es un don que han poseído de forma poderosa gran cantidad de santos, sobre todo aquellos en los que ha brillado especialmente su ministerio de dirección espiritual y que han pasado mucho tiempo en el confesionario "escudriñando los corazones de los fieles". Así por ejemplo San IGNACIO DE LOYOLA, el santo cura de ARS, San JUAN MARÍA VIANNEY y más recientemente, el padre PÍO de PIETRALCINA, Ofm.Cap, de quien so cuento la siguiente anécdota: 

En una ocasión una señora fue a confesar con el Padre PÍO, cuando aún en vida tenía mucho reconocimiento, tanto que la gente hacía cola desde la madrugada, a las puertas de su humilde convento capuchino, para confesar con él. A su regreso a su casa, la mujer, que salió de aquella confesión toda reconfortada y renovada, se llevó consigo una foto del Padre PÍO que colocó, orgullosa, en el salón. Su marido, que era menos creyente, un día discutiendo con su mujer por sus beaterías, harto ya de las mismas, arrojó un zapato contra la foto del santo capuchino. Mucho tiempo después la mujer convenció al marido para que confesara él también con el Padre PÍO, lo que el buen hombre hizo a regañadientes, y sin embargo, al encontrarse frente a él, tuvo tal derrumbamiento de su alma que se abrió por completo, confesándole toda su vida y todas sus faltas, entre sollozos, como un niño pequeño. El Padre PÍO escuchó, paciente y comprensivo y al concluir el relato le dijo con una sonrisa pícara: "¿Eso es todo, hermano mío?" a lo que el hombre respondió: "¿Cómo que "es eso todo"? ¡Acabo de desgranarle toda una vida de pecado!" y el Padre PÍO con la misma sonrisa le dijo: "¡Aún te falta confesarte por el zapatazo que me tiraste!"

Finalmente, el don profético tiene también un carácter, unido con lo anterior, de consuelo de la comunidad, dirección de la misma, discernimiento, apoyo, refuerzo positivo... puede suceder que en un momento de oración, adoración, canto, alabanza, alguien se sienta "compelido por el Señor" a compartir algo en voz alta... Normalmente su contenido suele ser del tipo que hemos dicho antes, y casi siempre -como para que quede claro que no es un mensaje del emisor, sino del Señor mismo- se suelen enunciar "en el nombre del Señor" y en primera persona, como si fuera el Señor mismo quien hablara. Ejemplo de ello es lo que os compartimos el IV Domingo de Pascua, del Buen Pastor, de hace un par de años, cuando nosotros mismos nos hallábamos en oración y alguien expuso de repente lo siguiente, en voz alta:

Soy Cristo resucitado, aquél cordero degollado para hacer rebaño, vosotros sois mi pueblo. ¡Alabanza y Gloria al que viene, bendición al que es uno, y manifiesta la Gloria de la Trinidad en esta Pascua!

Nací en pesebre ¡Cómo no! ¿Dónde si no iban a comer las ovejas? Vosotros sois mi pueblo, venid a mí, por mi sangre, sois un pueblo reunido, redimido para dar Gloria y Alabanza al que hace realidad la verdad de las profecías...

¿Quién, si no, te iba a decir a ti, pueblo de gentiles, que ibas a ser Gloria de Dios? ¡Ni CIRO contempló tu Gloria! ¡Ni los profetas manifestaron mi día! Soy tu Buen Pastor, me duelen las heridas de tus patas, de tus brazos, pueblo mío... Te amo, te quiero, mi corazón está contigo, oveja herida, rota... ¿En quién esperas? Yo soy tu medicina, yo soy tu Señor, yo soy tu Palabra... Yo soy tu Buen Pastor, herido, cordero de ángeles, dado a mi pueblo, cautivo de manos atadas, Encarnación hecha realidad en un "sí" por mi Madre. Soy tu Dios, soy tu querencia, vuelve a mí, vuelve a mis ojos, dame tu corazón, no tengas miedo, soy tu Señor, aquél que deja las noventa y nueve ovejas por la oveja herida, y al encontrarla, después de las fatigas, le dice "a ti te quiero más que a las otras noventa y nueve", quizás porque seas la perdida, quizás porque no tengas esperanza.

Es el día de tu bendición, es el día de mi sangre que redime a un rebaño por la Cruz, esperando todo de ti, oveja mía, te quiero, bendita cordera, de tus aguas nacen los hijos que dan luz a la Gloria, de sus obras la caridad, la esperanza, el amor, el encuentro, solamente conmigo... Soy celoso, oveja mía ¿Cómo te llamo? Tu nombre es bendición para mis oídos, tu vida pasión para mi corazón, apaciento corderos pensando en ti, porque tú eres el regalo de Dios para la Iglesia, una "Iglesia que huele a oveja", una Iglesia de pastores que te quiere. Soy yo, tu Dios.

Como se puede observar en todos los ejemplos señalados, nunca se habla de futuro, ni son profecías apocalípticas, ni se trata de adivinanzas u oráculos enrevesados ¡Huid como de la peste de este tipo de profecías, son la mejor señal de que no vienen del Señor! (que no lo digo yo, lo advierte San PABLO "que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas falsamente nuestras como si el día del Señor fuera inminente" (2 Tesalonicenses 2,2), antes de ayer mismo, 22 de Mayo creo, el Papa FRANCISCO en un discurso dado a las hermanas capitulares de las DÍSCÍPULAS PÍAS DEL DIVINO MAESTRO, reunidas en ROMA para elegir a su Superiora General, les dijo esto mismo: "¡Sed profetas de alegría y esperanza, nunca de desventuras!", porque siempre, este tipo de profecías -la que os hemos venido explicando- "son para edificación, consuelo, sanación, crecimiento..." y siempre, este es otro criterio a tener en cuenta, la profecía -en los términos que os la venimos exponiendo- debe ser entendida por su destinatario, sea individual (como en el ejemplo del hermano ludópata, o del penitente confesor del Padre PÍO) o comunitaria (como en el ejemplo del Buen Pastor de nuestra oración comunitaria en casa), porque -evidentemente- nunca la persona que lanza la palabra profética puede ser su propia intérprete, o manipularía su sentido, es algo que advierte también PEDRO en su carta: "pues habéis de saber ante todo que ninguna profecía se encomienda a la interpretación privada, pues la profecía nunca sucedió por iniciativa humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo" (2 Pedro 1,20). 

Así que, a partir de ahora, habiendo recibido el Bautismo, que os hace hijos de Dios, oyentes privilegiados de la Palabra de Dios, preñados de su Palabra, que os consume las entrañas como fuego, en vuestra condición de profetas, desatada por el Espíritu Santo en vosotros por sus dones, por la Confirmación, a partir de ahora no retengáis nunca la Palabra de Dios en vosotros, como nos recomienda el Eclesiástico (4,23) "no retengas la palabra oportuna ni escondas tu sabiduría", porque como dice el profeta Isaías (55,10-11), la Palabra del Señor sólo regresa al Señor una vez que se ha tornado eficaz:

"Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo