jueves, 11 de mayo de 2017

LAVAR LOS PIES...
UN CAMBIO DE NIVEL...


Nos recuerda el Evangelio del día (Juan 13,16-20) el gesto del Señor de lavar los pies a sus discípulos. Y no podía el Señor haber elegido un gesto mejor para lo que quería enseñar "el servidor no es más grande que su señor", es decir, el servicio, y qué mejor contexto que su propio servicio, que estaba a punto de consumarse, con la entrega de sí mismo, pues no olvidemos que nos encontramos en la celebración de la última cena.

Es verdad que el ritual de la cena pascual judía establece, en un momento dado, ciertas abluciones rituales, aunque sólo de las manos, y con una doble significación, la limpieza de las manos porque de ordinario se come siempre con ellas, ¡qué las manos van al pan!, como nos regañaban de niños cuando no queríamos lavarnos las manos para comer al regresar del cole, y por la pureza litúrgica de una celebración, en presencia del Señor, al fin y al cabo. Pero el Señor excede este contexto, al llevarlo al extremo de lavar los pies, quizás la pureza no ha de ser de las manos, y como gesto superficial, quizás debíamos aprender en este gesto que "el puro, el cordero sin mancha, es el que quita nuestros pecados, nuestras impurezas" ¿Acaso no dice el Salmo penitencial "Señor, lávame, y quedaré más blanco que la nieve"? (Salmo 50,9), y ya que el Señor instituyó, de la misma manera, en la cena la Eucaristía y el sacerdocio, fuera también una forma de enseñar a los apóstoles lo que era la misión: "Id y predicad a todo el mundo; id y bautizad a todo el mundo...", y para ello hay que ser dignos, estar limpios, como dice también la Escritura "¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio!" (Romanos 10,15).

También vale que en las culturas orientales, el valor por excelencia es la hospitalidad, cualquier peregrino, forastero o visitante siempre será acogido en cualquier cultura oriental: Te ofrecerán rápidamente un café como lo más honroso que tienen ¡aunque no haya más mobiliario y haya que tomarlo en el suelo! si estás en ETIOPÍA; o te ofrecerán inmediatamente un té, tanto si te apetece o no, en cualquier país islámico de buena fe o en JAPÓN, que han hecho de ello un arte; si tocas a la puerta (esto es en sentido figurado) de un iglú entre los esquimales, o de una tienda de pastores en MONGOLIA (que sí tienen puerta, que de hecho es el único elemento rígido de la construcción, pues lo demás son pieles y cuerdas, por eso está ricamente decorada), puede que pases la noche durmiendo, literalmente, apretujado entre todos los miembros de la familia, para darte su calor corporal... Y de este sacrosanto deber de hospitalidad en ÁFRICA, ORIENTE MEDIO, el AMAZONAS, las zonas andinas, forma parte el lavar los pies de los recién llegados, porque por esas zonas siempre se va en sandalias, en chanclas, cuando no, directamente descalzo... ¡pero nunca será el dueño de la casa el que lo haga! Si es alguien importante lo harán sus sirvientes, si no, se lo encargará a las mujeres de la casa...

Os traigo el testimonio, leído hace poco, en Semana Santa del blog del misionero español CÉSAR LUIS CARO, actualmente en PERÚ, en un pueblo lacustre, construido todo él sobre pilastras, llamado, precisamente, ISLANDIA, en el amazonas peruano:



"¿Y si, en vez de lavar los pies yo solo, nos los lavamos todos unos a otros? Total, si somos quince personas”. Sí, fui yo el que lo dije, pero no era idea mía: se les había ocurrido a los de Islandia los días anteriores, preparando el jueves santo. Me pareció chévere y la exporté a Santa Rosa, la sucursal que tenemos en la trifrontera. Todo en mi nueva misión es nuevo y sorprendente, me impacta pero al mismo tiempo lo recibo con naturalidad, es curioso. “Como gota de agua que entra en una esponja” (Ej 335).



De modo que pusieron cuatro tinas, jarras y toallas, y tras lavar yo varios pies, la gente fue saliendo por parejas a hacer lo propio. El gesto es perfectamente elocuente porque acá todos vamos siempre en sandalias (chanclas en España) y limpiarse los pies manchados de barro o tierra es algo automático antes de entrar en la casa. Que te lave otro tus pies cochinos no cabe en cabeza, y que te los lave Jesús menos. Tal es su pequeñez, de ese talante es su señorío.

Pero el Señor, el de más dignidad entre los presentes, y hombre, a la sazón (es difícil creer que en la cena no estuvieran presentes, aunque fuera en otra estancia, como la costumbre de ISRAEL, las mujeres, en este caso las cercanas del grupo, la propia María, madre de Jesús, quizás la Magdalena, la madre de los ZEBEDEO, y mujeres del grupo más cercano) de repente se quita el manto, se ciñe la toalla y se dispone a lavar los pies a los discípulos, para enseñarle lo principal, servir, servir y servir, y no es que hagamos una lectura pietista o metafórico del servicio del Señor, es que el mismo se lo dice, justo antes del Evangelio de hoy:



Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros." (Juan 13,12-15) 

Porque para lavar los pies a alguien reconoces que ese alguien vale más que tú (como se sorprendía San JUAN BAUTISTA "si soy yo el que debería ser bautizado por ti"), y porque aparte de ese reconocimiento moral, has de hacerlo real, porque has de agacharte, has de ponerte a un nivel inferior.

Quizás en occidente, y en nuestros días, hayamos descuidado la hospitalidad, puede que ahora servir no consista tanto en irnos lavando los pies los unos a los otros... pero no olvidemos la referencia: Reconocer la dignidad del otro, y demostrarlo, ponernos por debajo de su nivel



¡Este lavatorio es más eficaz sobre nosotros y nuestro orgullo, que cualquiera que sea el servicio que prestemos al otro!