sábado, 6 de mayo de 2017

CUMPLIRÉ AL SEÑOR MIS VOTOS
EN PRESENCIA DE TODO EL PUEBLO

Concluye el Evangelio de hoy (Juan 6,60-69) el discurso sobre el pan de vida que el Señor ha venido pronunciando en los dos últimos días, con unas palabras cuyo contexto nos viene muy bien, especialmente en este tiempo pascual, en el que nos hallamos invocando al Espíritu Santo hasta Pentecostés "el Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen".

Sin embargo, en este contexto eucarístico, del pan de vida, oremos mejor hoy el Salmo de la liturgia de hoy (el Salmo 115) "Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor":


Una persona salvada de un peligro mortal, y que se ha quejado amargamente por ello, invocando de forma lastimosa al Señor (que es el sentir del Salmo 114, que le antecede y con el que forma una unidad en los Salmos hebreos) se acerca al templo para dar gracias. Algunas peculiaridades lingüísticas inducen a datarlo en tiempos antiguos; otras, en épocas más recientes. Quizá el salmo fue creciendo con un prolongado uso. Aunque es difícil establecer su división en estrofas, atendiendo al sentido de las palabras pueden distinguirse las partes siguientes: Diálogo del salmista consigo mismo (versículos 1-2), pregunta y respuesta dirigida a la asamblea (versículos 3-6), plegaria usada por el salmista «in extremis» (versículos 7-8); con los versículos finales el salmista retorna nuevamente a la asamblea.

Para la celebración comunitaria, en este salmo, que puede ser proclamado por un solo salmista, acaso podamos distinguir los versículos que el salmista se dirige a sí mismo y aquellos que se proyectan hacia la asamblea. Distribuimos la salmodia entre dos salmistas:

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos».
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo;
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Confianza en la persecución

Al dar gracias, el salmista recuerda su desgracia pasada: cómo le rodeaban hombres mentirosos, calumniadores. El salmista ha puesto su confianza en Dios, el único veraz, ante el cual todo hombre es mentiroso. La mentira del hombre salpicó también al Señor, el justo, clavado en la cruz por mano de los impíos. En ese momento pudo decir, como el salmista: «¡Qué desgraciado soy!». El Señor también puso su confianza en Dios. Dios le salvará. Parecida suerte corrió PABLO: Continuamente entregado a la muerte por causa del Señor, confió a pesar de todo y por eso habló (2 Corintios 4,11-13). Quien resucitó al Señor, Jesús, de entre los muertos resucitará también a quienes en medio del apuro sigan confiando en Él.

«Beberemos la copa de Cristo»

La copa de la salvación significa la alegría y la satisfacción. Quien ahora disfruta de ella, anteriormente ha pasado por el dolor. Acaso la misma copa tiene su porción de dolor y de alegría. La copa que eleva el cristiano en su «acción de gracias» es ciertamente cáliz de bendición, de vida. Pero esta vida surge de la sangre de Cristo derramada. Es el cáliz que el Señor sorbe en la cruz no sin haber manifestado antes lo difícil que le resultaba gustar esta bebida "Señor, si es posible, aparta de mí este cáliz" (Mateo 26,39). El discípulo tendrá parte en la copa del Maestro y de ese modo participará en su salvación, la bendición, la vida que esa copa entraña: Es la pregunta que el Señor hizo a los hermanos ZEBEDEO "¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber?" (Mateo 20,22)

Demos gracias a Dios

El salmista es un esclavo -hijo de esclava- nacido en casa. Aun así, el Señor de la casa ha tenido a bien romper sus cadenas, sin tener en cuenta la condición de esclavo. ¿Cómo no ofrecer un sacrificio de alabanza? ¿Cómo no cumplir los votos e invocar el nombre del Señor? El Señor también fue esclavo nacido de mujer y bajo las cadenas de la ley. El Padre, no obstante, rompió las cadenas de la ley, del pecado y de la muerte. El y nosotros hemos sido llamados a la libertad. El sacrificio del Señor, ofrecido en JERUSALÉN, es la más perfecta acción de gracias a la infinita bondad del Padre. A imitación del Señor, también los cristianos ofrecemos al Padre un sacrificio de alabanza, de acción de gracias, celebrando el nombre del Señor, porque Él ha roto nuestras cadenas.

Resonancias en la vida religiosa

Este Salmo, para la Iglesia, evoca además de la Eucaristía, la vida religiosa y la donación y entrega de los consagrados "os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Romanos 12,1) Frecuentemente caemos en desgracia a los ojos de los demás, y no siempre con razón, menos aún con justicia. En cambio, a pesar de nuestras maldades y de los desafíos pecaminosos de nuestra vida, Dios Padre adopta con nosotros una perenne e inconmovible actitud de gracia. Él no quiere nuestra muerte -«mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles»-, y por eso la ha exterminado con la resurrección de su Hijo Jesús; no soporta nuestra falta de libertad y por eso rompió nuestras cadenas en la muerte de Cristo, hecho esclavo por nosotros. La vida consagrada está llamada, especialmente, a ser una eucaristía continuada, una respuesta de acción de gracias ininterrumpida ante la inagotable actitud de gracia del Padre. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» La respuesta cristiana es ésta: Participando en la acción de gracias, en la Eucaristía, que el Señor, primogénito entre muchos hermanos, dirige al Padre, bebiendo con Él «el cáliz de la bendición» y ajustando, en consecuencia, nuestra vida a los compromisos de los votos religiosos, contraídos en presencia de la Iglesia "cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo".

Oración final

Señor, tu incomprensible amor al hombre 
te inspiró el inaudito gesto de ofrecer 
a tu Hijo la copa del vértigo; 
pero una vez que la sorbió 
hiciste de ella la copa de la salvación; 
sostén la fe de los cristianos atribulados, 
mantén en sus manos la copa del dolor, 
hasta que un día sean saciados 
con la copa de la salvación 
en tu reino eterno. 
Te lo pedimos, Padre, 
por Jesucristo nuestro Señor. 

Amén.

NOTA.- Comentario tomado de los comentarios de los salmos de la liturgia de las horas que se encuentra en la página de los franciscanos (enlace aquí)