miércoles, 10 de mayo de 2017

ACOJAMOS AL SEÑOR...
QUE LUEGO VIENE SU PALABRA


A lo mejor es porque soy un animal de costumbres, que no hay nada que me enerve más (y quienes conviven conmigo lo saben bien) es cualquier pequeño detalle que me saque de mi rutina, es por lo que llevaba un rato, aquí sentado, delante del teclado, pensando que tenía que compartir del Evangelio de hoy (Juan 12,44-50) con vosotros, y no se me ocurría nada... Y es que mi rutina es muy sencilla, ahora que estoy de baja por mi enfermedad no varía mucho, pero siempre me levanto temprano, desayuno, saco a los perros de paseo y dedico mi primer momento del día a escribir estas palabras... ¡pero llevo una racha! La mitad de los días sin desayunar, por aquello de que casi todas las pruebas médicas son en ayunas... ¡y me pone de una mala leche no tomarme mi café de forma pausada, que me ayude a despertar!, y el hecho de ir y venir del médico y las pruebas ya me rompe bastante la rutina, quizás esto me descoloca y así llevaba un rato...en blanco.

He estado tentado de echar mano de cualquier comentario del Evangelio del día, de esos que tantos hay por internet, y hacer un corta y pega, y resolver dignamente la papeleta, pero en el último momento, un versículo ha llamado mi atención:

Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue.

Me ha llamado la atención que el Señor diga que "él no condena al que escucha sus palabras y no las cumple" porque al fin y al cabo ¿qué es escuchar la palabra? No es más que el mecanismo fisiológico por el que las vibraciones del sonido llegan al tímpano, que activa los huesecillos de nuestro oído (el yunque, el martillo y el lenticular), que los transmiten al caracol, que por medio del nervio auditivo mandan dicha información al cerebro -si es que me acuerdo de lo estudiado en EGB- ¡otra cosa es que luego el cerebro procese lo que escuchas! como se suele decir "por un oído me entra, y por otro me sale", es verdad, que todos tenemos experiencia de estar en un entorno lleno de ruido y no prestar atención a nada... O sea, que, es verdad, no puede haber responsabilidad, ni culpa, en quien escucha las palabras del Señor, así, sin más, y no las cumple...

¡Otra cosa distinta, más que las palabras, es el autor de dichas palabras! Porque añade el Señor "el que me rechaza y no recibe mis palabras", y es que recibir la Palabra es algo más que el simple escucharla, es asimilarla, hacerla propia, parte de nosotros, que nos importe y ponerla en práctica, vivirla... Es tan sencillo como cuando tu madre te regañaba, si ella se daba perfectamente cuenta de que tú estabas poniendo cara de niño bueno, pero que te estaba entrando por un oído y te salía por el otro, a lo mejor, ni se enfadaba, te daba por causa perdida, pero si le prestabas atención, le decías que sí, que te habías enterado, y luego volvías a hacer aquello mismo que te regañó, entonces es cuando tu madre se enfadaba de verdad, porque estabas dejando su regañina en nada, estabas cuestionando su autoridad. Lo mismo nos dice el Señor, si escuchamos su Palabra es porque primero le aceptamos a él, y si por nuestra conducta desdecimos su Palabra ¡le estamos dejando a él en evidencia!


Me quedo con esta idea, en nuestro entorno hay mucha gente que no cree, está en su legítimo derecho, no les condenemos por ello, como dice el Señor, que ha venido a salvar, no a juzgar, pero nosotros decimos que creemos en el Señor, que escuchamos su Palabra, peor será aquellos que no crean o se escandalicen porque nosotros "no somos luz", es decir, ensombrecemos la Palabra del Señor con nuestra vida... Una vez más habré de recurrir a San FRANCISCO de ASÍS que tiene una recomendación sublime al respecto "Predicad el Evangelio, y si es preciso, con palabras".