miércoles, 19 de abril de 2017

¡TE CONOCIMOS SEÑOR, AL PARTIR EL PAN!

Seguimos en esta semana de la octava de Pascua rememorando el acontecimiento gozoso de la resurrección, en este caso en el encuentro con el Señor resucitado de los discípulos itinerantes de EMAÚS. 

¡EL SEÑOR HA RESUCITADO! Y por más que se empeñen los medios de comunicación contrarios al cristianismo, las distintas corrientes de pensamiento, los laicistas, los increyentes... ésta es una gozosa noticia que, más allá de las pruebas tangibles, aunque nos haya quedado "su sepulcro vacío" para más argumento, desde la fe es un hecho incontestable, a la vez que gozoso, ya lo dice San PABLO "Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe" (1 Corintios 15,14), lo curioso es que al principio hasta los propios discípulos creyeron que lo que las mujeres, asustadas y temblorosas, les estaban narrando eran ensoñaciones propias de mujeres, ese histerismo de quien muere su amor y luego cree verlo en todas partes "a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron" (Lucas 24,11), y aunque así fuera, no en vano dice San JUAN del SINAÍ "bendito el que ha adquirido el amor de Dios de tal manera que se comporta como una amante histérica"... 

Pero no fue así, CRISTO HABÍA RESUCITADO, más allá de una alucinación, de las mujeres, o de los discípulos, pues sería impensable creer que por una alucinación (que ya es difícil sustentar, a sensu contrario, que varias personas tuvieran la misma alucinación, en contextos diferentes, lo que parece casi más milagro que el que se pretende negar); en este punto no me resisto a compartir con vosotros estas magistrales palabras de Monseñor CESAR FRANCO, Obispo de SEGOVIA:

Pablo, fariseo y perseguidor de los cristianos, no creía en la resurrección. Por ello, caminaba a Damasco cuando el Resucitado le salió al encuentro. ¡Cuántas explicaciones han dado a este hecho los racionalistas con tal de no aceptar el testimonio de Pablo de haber visto a Cristo! (...)  Son precisamente las apariciones de Cristo, a personas individuales y en grupo, las que llevaron a la fe a los apóstoles y a la Iglesia naciente. Habría que tacharles de embusteros, ilusos, exaltados, para afirmar algo que no era verdad y que para el pensamiento judío sólo se daría al fin de los tiempos. Por ello, los apóstoles afirman ante la gente y ante los tribunales que Cristo está vivo, que han comido y bebido con él después de resucitar, que han tocado al Verbo de la vida, como le sucedió a Tomás. La Iglesia fundamenta su fe en esta experiencia real de los testigos del Resucitado. Testigos que, por defender la fe, fueron llevados al martirio. ¿Daría alguien la vida por defender una mentira? ¿Es posible imaginar, como pretenden algunas hipótesis fantasiosas, que los discípulos robaron el cuerpo de Jesús y dieron así origen a la fe cristiana? ¿Se puede explicar la multitud de cristianos que, a lo largo de la historia, han entregado su vida en nombre de Cristo al servicio de los hombres? Una mentira jamás es fecunda y, menos aún, en el orden del espíritu (...) La fe cristiana, por tanto, se fundamenta en el triunfo de Cristo sobre la muerte que permite al hombre tener acceso a él en cada momento histórico. El hombre de ayer, de hoy y de mañana, es contemporáneo de Cristo porque éste le sale al encuentro, le interpela y le ama. La experiencia más genuina de la fe cristiana consiste en esta relación personal, directa, única con el Viviente.

Y en este punto enlazamos con el Evangelio de hoy (Lucas 24,13-35), pidamos que también nosotros seamos capaces de este encuentro personal, vivencial, real, con el Señor resucitado, que como dice el Evangelio de hoy "le reconozcamos cuando nos explica su Palabra", o como dice la archiconocida canción referente a EMAÚS "te conocimos, Señor, al partir el pan", pero sobretodo que sintamos en nuestro corazón esa misma experiencia que nos hace exclamar "¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?"