miércoles, 26 de abril de 2017

SI LA SAL SE VUELVE SOSA....
¡PUES SE LE ECHA GRACIA...!


"Vosotros sois la sal de la tierra, 
pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará?

(Mateo 5,13)


En principio partamos de la base, y los que cocina es algo que saben bien, de que la sal siempre se puede corregir "por defecto" pero no "por exceso", porque si a la hora de comer te das cuenta de que las lentejas te han salido "sosas" pues se pone un salero en la mesa y que cada comensal corrija "al gusto", ¡pero como te hayan salido saladas eso ya no hay quien lo arregle! Ahora bien, en este caso nos encontramos en un supuesto en el que "la sal misma se queda sosa" entonces "¿con qué se salará?", y esto es algo que no tiene remedio, no es como aquello otro de "la mancha de una mora, con otra verde se quita", es decir, que la sal sosa no la vas a arreglar echándole más sal (que es algo tan inconcebible como cuando en los anuncios escucho que dicen "leche enriquecida con calcio de leche" y a mí se me queda cara de tonto pensando "¿qué hacen, le quitan el calcio a una leche para ponérselo a otra?").

Ahora bien, el Señor no está hablando de la sal en general, sino que se está refiriendo a nosotros mismos, pues dice "VOSOTROS sois la SAL", hemos de entender sus discípulos, sus seguidores, los bautizados, la Iglesia, todos nosotros... Yo siempre he entendido esta afirmación del Señor sobre la sal, más o menos, de la siguiente manera "Si perdéis la chispa inicial de mi seguimiento, de la vocación... ¿con qué la recuperaréis?" Antes de ayer os compartía que esa "chispa primera" en el seguimiento del Señor era ese momento en que en nuestras vidas, por vez primera, sentimos que el Señor de forma viva, real y presente se encontraba con nosotros, y mirándonos a los ojos, a la orilla del lago de GALILEA, nos decía "¡Ven y sígueme!", y lo experimentábamos en la vida y en el corazón, no como un seguimiento teórico, racional o catequético, sino de una experiencia vital de encuentro con el Señor, vivo, real y presente, que cambia y transforma todas nuestras vidas, por eso bien pudieron decir los discípulos de EMAÚS, de la misma manera, al encontrarse con el Señor "¿No ardían nuestros corazones...?" (Lucas 24,32)

De esta manera, si esta es la sal, si esta es la chispa, puede que a lo largo de la vida, por los motivos que sean, de repente "nos volvamos insulsos", lo que no significa más que hemos perdido el impulso primero, la chispa primera, es decir ¡hemos perdido al Señor mismo!, acordáos del lamento de MAGDALENA llorando "porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto" (cfr Juan 20,1-18); y la solución es bien difícil porque si ya hemos colegido que "si la sal se vuelve sosa ya no se puede salar", si perdemos al Señor difícil va a ser sustituirlo por otra cosa ¡sencillamente porque no hay sustituto para el Señor! ¿alguien sabe de la existencia de "sucedáneo del Señor"!


Vale, me diréis, cualquier secta al uso con un líder carismático y mesiánico ya es en sí un "sucedáneo del Señor" pero no me refiero al que entra en una secta sin haber conocido al Señor primero, porque eso tiene tan fácil arreglo como presentarle la belleza, la verdad, la vida y el camino del Señor ¡en cuanto se encuentre cara a cara con Cristo regresará a él y ya no querrá saber nada de la secta! ¿o es que alguien que prueba el cangrejo de verdad luego se conforma con ese sucedáneo baratungo de palitos de cangrejo?... Me refiero a los que pierden al Señor después de haber conocido al Señor... ¿Y esto, cómo se arregla?

¡Pues aunque no os lo creáis existe, ni mucho menos un sucedáneo del Señor, pero existe! Me explico, hace años había un antiguo anuncio que decía: "Para los ricos, para los pobres, para los trabajadores, para los autónomos, para los jubilados, para las familias, para los solteros, para los novios, para los ancianos, para los niños.... para todos, COCA-COLA", pues ahora reflexionad conmigo "para los tibios, para los alejados, para los que dudan, para los cansados, para los insulsos, para los sosos, para los vacilantes, para los miedosos... para todos...¡ESPÍRITU SANTO!" y esto no es cosa que lo diga yo, que ya lo dijo el Señor a sus discípulos "os conviene que yo me vaya para que venga a vosotros el Espíritu Santo" (Cfr. Juan 17,6), pues tampoco afirma en balde San PABLO "nadie puede decir Jesucristo es el Señor si no es por medio del Espíritu Santo" (1 Corintios 12,3).

En ANDALUCÍA -perdonad un momento el excursus que voy a hacer hilando de nuevo con la idea de la sal- hay dos palabras que siempre van juntas y definen la misma realidad, que es ese peculiar "no sé qué, que qué sé yo, que yo qué sé" de la idiosincrasia que tenemos los andaluces y que son "gracia y salero" por eso decimos "¡es que la gracia y el salero de ANDALUCÍA no se encuentran en otro lugar!", o verás a un padre, en la función del colegio de su hija, darle un codazo al padre de al lado mientras dice emocionado "¡pero qué gracia y salero tiene mi niña!"... por eso he querido hacer toda la introducción previa, porque la respuesta a la pregunta del Señor "si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará?" me sale sola y de forma intuitiva como andaluz "¡pues cómo va a ser, echándole gracia!", porque lo que no arregla el salero lo arregla la gracia, y en lo que parezca que Cristo nos falta ¡lo arregla el Espíritu Santo!.

Y debe ser verdad que los pueblos latinoamericanos comparten mucho del saber andaluz, porque hasta el Papa FRANCISCO, aunque sea de ancestros italianos como buen argentino, aunque tampoco "andan sobrados de gracia, los italianos" en una homilía sobre "la gracia del Espíritu Santo", precisamente, nos recuerda, sin ningún atisbo de duda, que "es imposible ser cristiano sin la gracia del Espíritu Santo" y nos recuerda el ejemplo de San PABLO en la Carta a los Efesios diciendo:

Pide al Padre que el Espíritu venga y nos refuerce, nos dé la fuerza. No se puede ir adelante sin la fuerza del Espíritu. Nuestras fuerzas son débiles. No se puede ser cristianos sin la gracia del Espíritu. Es precisamente el Espíritu quien nos cambia el corazón, quien nos hace ir hacia adelante en la virtud, para cumplir los mandamientos (...) Ante nuestras pequeñeces, ante nuestros intereses egoístas, tantos, PABLO estalla en alabanza, en adoración y pide al Padre que nos envíe al Espíritu para darnos fuerza y poder ir adelante; que nos haga comprender el amor de Cristo y que Cristo nos consolide en el amor.

Por tanto, no lo olvidéis, cuando "la sal se vuelva sosa", cuando nos tornemos sosos, tibios e insulsos, cuando en definitiva perdamos el salero ¡acudamos a la gracia, la gracia del Espíritu Santo! que aún en esos momentos de insulsez es capaz de adorar, alabar, clamar la presencia de Cristo en nuestras vidas, desde lo hondo de nuestro corazón, aún sin que lo sepamos, o nos demos cuenta "no sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Romanos 8,26).