domingo, 23 de abril de 2017

La PAZ nos ayuda a reconocer
al RESUCITADO que nos entrega
su ESPÍRITU para que
tengamos MISERICORDIA


"Hoy es el día octavo, que hace la semana primera y primer día de la Cuenta de Omer, faltan cuarenta y dos días para que el Espíritu Santo nos unja"  esta es la forma en la que los judíos (como estamos haciendo en el blog del Jubileo de Oro de la Renovación Carismática Católica, enlace aquí) cuentan el tiempo desde su Pascua (Pesaj, el 14 de Nisán) hasta Shavuot (la fiesta de Pentecostés), lo que para nosotros ha sido litúrgicamente la "Octava de Pascua", este día (prolongado en ocho) que no es más que una prolongación del día por excelencia, el Domingo de Resurrección, en el que la Iglesia y los creyentes no hemos dejado de anunciar "¡Cristo ha resucitado!". 

En este contexto, tanto de gozo pascual, como de tensa espera, de la solemne promesa del Padre, el Espíritu Santo -como canta el VENI CREATOR SPIRITUS- el Evangelio de hoy (Juan 20,19-31) adelanta la efusión del Espíritu Santo, que además ya había manifestado, en cierto modo, en el momento mismo de la crucifixión "e inclinando la cabeza, entregó el Espiritu" (Juan 19,30), no en vano el Señor les había dicho "os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré" (Juan 16,7), es normal que en la reflexión de Juan, este Consolador aparezca inmediatamente después de la muerte del Señor, de su partida, para consuelo de la primera comunidad naciente, para que no quedáramos huérfanos ni un instante "no os dejaré huérfanos; vendré a vosotros" (Juan 14,18), algo así como el Evangelio de hoy, pues acontece la misma tarde del Domingo:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

El Señor se presenta en medio de ellos diciendo "paz a vosotros" la mejor manera de hacer evidente que era él mismo, los discípulos recordarían si duda las palabras del Señor -que quizás en su momento no entendieron durante la cena- y en las que aunaba esta paz con la venida del Espíritu Santo:

Y yo rogaré al Padre, y El os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre; es decir, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Un poco más de tiempo y el mundo no me verá más, pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En ese día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

(Juan 14,16-20.27)

Y a este saludo de paz, confirmando que es el Señor, y a la efusión del Espíritu Santo, sigue inmediatamente el perdón de los pecados, además de sobre los discípulos, la capacidad de que ellos lo hagan igual "a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" Lo que me ayuda a entroncar con la fiesta de hoy, la DIVINA MISERICORDIA, de la inspiración personal de Sor FAUSTINA KOWALSKA a la Iglesia Universal de la manos de JUAN PABLO II; mucho se podría decir de la misericordia ¡Acabamos de salir, como quien dice, de un año entero, no tanto de reflexión, como de vivencia de la misma, para toda la Iglesia!, por lo que sólo os compartiré un texto sublime sobre la misericordia, escrito mucho tiempo antes de que "estuviera de moda", de la mano de San FRANCISCO de ASÍS, recomendando a un "ministro", es decir, cualquier superior de una comunidad franciscana, acerca de cómo debía de obrar ante las faltas y pecados de sus hermanos, no se me ocurre mejor forma de describir, hacia fuera, lo que es la misericordia, ni hacia dentro, lo que debería de ser un auténtico y sentido examen de conciencia para todos nosotros:

Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos. Y que esto sea para ti más que el eremitorio. Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. Y, cuando puedas, haz saber a los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así.

(San FRANCISCO de ASÍS, Cta, M. 7-12)