domingo, 30 de abril de 2017

EMÁUS: LA CRUZ, LA PALABRA Y LA EUCARISTÍA


Os comparto hoy una catequesis sobre el Evangelio de hoy del fallecido ya, y jesuita, Cardenal CARLO MARIA MARTINI, un cardenal que siempre me cayó bien desde que leí la anécdota de que en el cónclave de BENEDICTO XVI, sabiéndose -según esos vaticanistas y medios de comunicación que nunca aciertan nada- entre la lista de candidatos papables, le dijo a un periodista: "¡Válgame Dios, que disparate, prefiero seguir siendo un MARTINI rosso, a un MARTINI bianco!" 

“Los discípulos de Emaús” (Lucas 24,13-35) Un pasaje que siempre fascina. Un Evangelio en miniatura, una narraciónen la que la fe y la emoción, la razón y el sentimiento, la duda y la certeza, la alegría y el dolor se funden, tocando lo más profundo de los corazones de los lectores, ya sean creyentes o se hallen en búsqueda de la fe, creando un profundo deseo de ponerse en camino par encontrarse con aquél que nos ofrece la plenitud de la felicidad.

El camino de Emaís es el camino de una vida derrotada. Los acontecimientos de Jerusalén se han desarrollado de una foma cruel y vertiginosa: El proceso, la agonía, la muerte, la sepultura... Dos discípulos del Señor, que han sido espectadores de todo ello, abandonan Jerusalén mientras por el camino van hablando de todo lo acontecido, que de repente, ha dado al traste con todos sus planes de vida y de seguimiento del Señor.


Es un itinerario de huida del crucificado. Porque entre todas las lecturas posibles de este pasaje interesan dos claves de interpretación que son el "camino" y la "palabra", que no son temas desconocidos para Lucas, pensemos que en su Evangelio, toda la parte que comprende (Lucas 9,51-19,27) es como un gran viaje a Jerusalén del Señor con sus discípulos donde se intercalan algunas de sus enseñanzas, parábolas y discursos mas importantes. Los dos discípulos no han alcanzado a comprender el significado del momento de la muerte del Señor, para ellos la Cruz se ha convertido, en efecto, en un escándalo. Sobre la Cruz se ha desvanecido para ellos la posibilidad de que el Señor realmente produjera un cambio en las situaciones establecidas "esperábamos que fuera él el que liberara a Israel" Es verdad, no obstante, continúa el relato, que se ha corrido la voz, alimentada por algunas mujeres, de que él está vivo, pero los discípulos, a fin de cuentas, si el Señor está vivo no lo han visto. Los dos por el camino se desahogan de todas estas frustraciones que llevan consigo. En ellos se observa la diferencia que hay entre el saber y el creer: Ellos han proclamado su saber acerca del Señor, reconociéndole la condición de profeta, pero sólo hasta el momento de tener que decir "él está vivo", porque esta parte se les atranca, no la conciben, donde termina la razón empieza la fe, pero no han cruzado este umbral aún.

Pero la Palabra interpreta la vida. En este punto Lucas imprime un giro al relato, pone delante de la comunidad el obstáculo que no podían superar: La muerte del Señor y Lucas les representa la resurrección del Señor mediante la Palabra y la fracción del pan. La piedra de tropiezo de estos discípulos era la Cruz. Con ella había muerto definitivamente toda su esperanza. Ahora Lucas pone en boca de Jesús una expresión que es típica de toda la redacción de su Evangelio “No era necesario que....”. ¿Qué quiere decir con ello el evangelista? A bote pronto podríamos decir que la muerte del Señor era la consecuencia lógica de la vida de todo profeta comprometido a la par que incomprendido. Es la consecuencia de su enfrentamiento con los líderes religiosos del pueblo, sobretodo en aquellos aspectos más importantes (el sábado y su observancia, la pureza, la ley, el templo...) todo ello lo habría abocado a una muerte violenta. Pero el martirio del profeta no es más que una clave de lectura, el verbo "ser necesario" sustrae la muerte del Señor a cualquier consideración política, religiosa o de intereses, y la reconvierte en algo que sucede por decisión libre, soberana, consciente del Señor mismo. Esta piedra de tropiezo, este obstáculo insalvable a la fe de los discípulos se convierte ahora en una decisión en términos de salvación: La muerte es el máximo momento de la revelación de Dios, es el paso necesario para entrar en la Gloria del Padre. Es en este momento en que el Señor explica todo aquello que en la Escritura se refería a su persona, y le da pleno cumplimiento, él mismo se convierte en la clave interpretativa, en la comprensión de toda la historia de Israel. No es una explicación minuciosa de la Palabra de Dios a futuro, sino un llenar de contenido y de plenitud todo cuánto ha acontecido a la humanidad hasta ese preciso momento. Esta "catequesis bíblica" que el Señor hace a los discípulos comienza a desenmadejar esa maraña de ideas falsas sobre el Señor que se habían ido tejiendo en sus mentes.

El pan partido y repartido después de la Palabra constituye la segunda gran señal de la presencia, de la revelación, del Señor: "Quédate junto a nosotros" y él accede "a quedarse con ellos". Los dos discípulos, por ende, reconocen al cenar con el Señor lo que es genuinamente del Señor: La fracción del pan. Del Señor que siempre abre su mesa a todo el mundo, a los pecadores, a los fariseos, que pide el pan nuestro de cada día a su Padre, que entregó a la memoria de sus amigos el gesto del pan partido y repartido. En la fracción del pan es que el Señor se hace, por fin, accesible a los dos discípulos, y sacramentalmente al resto de la comunidad cristiana. 


Los ojos se abren, arden los corazones, justo en el momento en que el Señor desaparece. En el magistral desarrollo del relato por parte de Lucas los discípulos no han alcanzado a ver al Señor antes de la fracción del pan, lo que sucede en el preciso momento en que, dejan de verle. Con ello se hace una auténtica afirmación de fe ¡que no es de un desarrollo teológico o histórico posterior, pues aún no ha salido del relato evangélico! y es que el Señor está verdadera y sacramentalmente presente, vivo además, en la fracción del pan, en la comunidad que, previamente, escucha su Palabra.

Y concluye con la siguiente oración:


Señor Jesús, gracias porque te has revelado en la fracción del pan. 
Si bien estamos presurosos corriendo de vuelta a Jerusalén, 
y casi nos falta el aliento por la ansiedad de llegar temprano, 
nuestro corazón late más fuerte por una razón mucho más poderosa.
No debemos estar tristes porque ya no estés con nosotros. 
Al contrario, nos sentimos alegres. 
Nuestra alegría y nuestra premura por volver a Jerusalén, 
que hasta hemos dejado la mesa puesta,
es por anunciar cuánto antes que tú estás vivo y presente entre nosotros.
Que hemos cruzado hace unas pocas horas este mismo camino, 
cansados y decepcionados,
pero tú no nos has abandonado para nuestra desesperación. 
No has caldeado nuestra alma con reproches,
sino con un fuego que brota de dentro de nosotros mismos.
Porque guardábamos en nuestro interior el secreto de Dios
escondido en las páginas de la Escritura. 
Has caminado con nosotros, como un amigo paciente. 
Has sellado tu amistad con nosotros, una vez más,
mediante la fracción del pan, 
donde reconocemos que tú eres el Mesías, el Salvador de todos.
Señor, Jerusalén ya está cerca. 
Pero ya no es para nosotros la ciudad 
en la que nuestras esperanzas se estrellaron,
ahora es la ciudad en la que la tumba está vacía. 
Es la ciudad de la Cruz, pero es también la ciudad de la Pascua, 
la ciudad de la nueva fraternidad. 
Que se moverá a lo largo de las calles de todo el mundo 
para ser auténticos "testigos del Señor resucitado". 
Amén.