miércoles, 26 de abril de 2017

EL SEÑOR NO DA EL ESPÍRITU CON MEDIDA...


Puede que mientras esto leáis el que esto escribe esté en el hospital, quieren hacerme una biopsia del hueso de la cadera, a lo que a lo mejor siguen cuatro horas pasando unos sueros, los llamo así, por no darles importancia, para una enfermedad que no es grave, tan sólo un coñazo, pero no sería yo si os engañara... No tengo miedo, tampoco es que vaya a ir cantando al hospital, pero hace mucho tiempo que me di cuenta, como dice el Evangelio "que cada día tiene su afán" (Mateo 6,34). 

Hoy, haciendo mías las palabras del Evangelio de hoy (Juan 3,31-36) pensaré que "el Señor no da el Espíritu con medida", sino que sobre cada uno de nosotros lo derrama con abundancia, y con cierta predilección por las nadas, los rotos, los descartados... como tanto le gusta decir al Papa FRANCISCO, y es que -llamadme pesado, pues lo soy- con San PABLO puedo decir "pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y éste crucificado" (1 Corintios 2,2), con esto quiero decir que el Señor, precisamente en este año jubilar de la Renovación Carismática Católica, como dice JUAN "inclinando la cabeza entregó el Espíritu" (Juan 19,30), momento que ha captado de forma sublime el carpintero al que la Renovación Carismática Católica ha encargado para que represente este momento, en la llamada Cruz de la Renovación, recientemente puesta en los jardines de la casa de ejericios espirituales en DUQUESNE, PITTSBURGH, donde nació en 1967 la Renovación Carismática Católica:


Porque si el Espíritu Santo nos fue dado desde la Cruz, no cabe duda de que, desde la Cruz de la enfermedad, en cierto modo, me abro más a la acción del Espíritu en Cruz; Cruz, que como decía San ALFONSO Mª de GRIGNION MONFORT es la mía, la que me corresponde, porque el Señor sabe bien su largura, anchura, altura y profundidad:

Que cada uno cargue con su Cruz, y no con la del vecino, que lleve con valentía y alegría su propia Cruz, no la de los demás:

La Cruz que el Señor nos ha fabricado calculando con sabiduría su peso, número y medida (Sabiduría 11, 20).

La Cruz, cuyas dimensiones –espesor, longitud, anchura y profundidad- que el Señor ha trazado con su propia mano con perfección extraordinaria.

La Cruz que el Señor ha labrado con un trozo de la que él mismo llevó camino del Calvario, como fruto del amor infinito que nos tiene, ya que la Cruz es el mejor regalo que nos puede ofrecer.

La Cruz, cuyo espesor, está constituido por todo lo malo que nos acontece, la enfermedad, los contratiempos, las penalidades de la vida, todos aquellos pequeños obstáculos de la vida...

La Cruz, cuya longitud, viene dada por la duración en días, meses o años de todo lo anterior, pero que en ningún caso nos tiene que agobiar, sino alimentar en nosotros la paciencia y la humildad.

La Cruz, cuya anchura, es el abrazo del Señor, el único que debemos buscar y desear, sobretodo cuando son nuestros amigos, familiares, compañeros o conocidos los que nos hacen daño, los que no nos abrazan, los que nos rechazan...

La Cruz, cuya profundidad, son todas aquellas situaciones de la vida en las que ni siquiera alcanzamos a ver al Señor mismo obrando en ella... Es la profundidad de la “noche oscura del alma” en palabras de San Juan de la Cruz: “¡Dios mío, Dios mío...! ¿Por qué me has abandonado? (Mateo 27, 46)

Y ya que es verdad, como muchos hermanos de la Renovación Carismática Católica me dicen que la alabanza no es, precisamente, uno de mis dones, pues es lo que más se me resiste, citaré las palabras de un pastor pentecostal, del que no se decía su nombre, que encontré en internet, y que dicen:


Muchas veces en nuestras congregaciones oramos de la siguiente manera "¡Señor, manifiesta tu Gloria y tu poder, con brazo fuerte, Aleluya! ¡Alabado sea Dios, Aleluya! ¡Santo y fuerte es el Señor, Gloria!" y entonces Dios, al acoger esta alabanza, automáticamente traduce "¡Háblanos desde la Cruz, haznos pasar por la experiencia de la Cruz! ¡Danos tu Espíritu Santo en Cruz!" esto es así porque todos nuestros pecados quedaron resueltos en la Cruz, fueron crucificados, porque es en la Cruz donde concurren las bendiciones del cielo y la vida de la resurrección.

Así que, lo mismo que Santa TERESITA de LISIEUX decía "en el corazón de la Iglesia quiero ser el amor", a mí me gusta decir "en el corazón de la Iglesia, quiero ser la Cruz" y en el corazón de la Renovación Carismática Católica ¡oye, pues mira, que también!, porque puede que, sin querer, por mi enfermedad, por la Cruz... ¡Esté alabando, con todo, a la inversa!