viernes, 14 de abril de 2017

CARTA DE UN CABALLERO DE LA CRUZ


Os ofrezco esta "CARTA DE UN CABALLERO DE LA CRUZ", texto que sintetiza, pobremente, todo lo que significa para mí la Cruz de Cristo, es antigua ya esta reflexión, tendrá unos cuatro años (desde 2011) fecha de mi viaje a TIERRA SANTA, y me sorprende que pueda publicar un texto tan largo en una sola página. Al ser tan largo, y comprendiendo que no podáis leerlo de un tirón, sentiros libres de leerlo por trozos, para lo que he añadido (no sin quebraderos de cabeza) el siguiente índice navegable, por lo que pinchando en cada epígrafe, saltaréis por el documento hasta el lugar indicado (para regresar al índice dadle hacia atrás en la página de vuestro navegador web). Quizás, tras su lectura, comprendáis un poco mejor por qué me duelo tanto, dolor real, por la situación de nuestros hermanos en la fe perseguidos, y por qué esa cabezonería mía en proclamar "Yo soy Pueblo de la Cruz"

INTRODUCCIÓN






INTRODUCCIÓN

“Ya que la divina Cruz me tiene escondido y me prohíbe hablar, no me es posible hablaros para manifestaros los sentimientos de mi corazón sobre las excelencias de la Cruz y las prácticas santas que os permiten uniros en la Cruz adorable de Jesucristo”.

Estas palabras no son mías, son de San Luís María de Grignión Monfort, un santo mucho más enamorado de la Cruz que yo, y que escribió una "Carta a los Amigos de la Cruz", por eso he pensado ya que, cariñosamente, una compañera del viaje a Tierra Santa me puso el “mote” de “Caballero de la Cruz”, que la mejor forma de corresponder es escribiendo, yo también, mi propia “Carta de un Caballero de la Cruz”, de mi puño y letra, para quien tenga a bien leerla.

Ante todo, para empezar, ya hay algo en lo que coincido con las palabras de San Luís María de Grignión Monfort, y es que, a mí también me es muy difícil explicar por qué yo tengo estos mismos sentimientos de atracción y veneración por la Cruz. Es verdad, me conmueve mucho más, dentro del Calendario Litúrgico, la adoración de la Cruz, en los oficios del Viernes Santo, que cualquier otra festividad, cuando en medio de la oscuridad y la desnudez del templo se alza majestuosa la Cruz de Cristo, mientras resuenan las palabras del celebrante:

“¡Mirad, éste es el árbol de la Cruz,
donde estuvo clavada, la salvación del mundo!
¡Venid, a adorarla!”

Y esto ha sido siempre así, se me pueden ocurrir varios motivos para ello, aunque no es el momento de desvelarlos ahora.

Supongo que, en nuestra peregrinación a Tierra Santa, cada cual, aunque sólo fuera releyendo y anticipando el programa del viaje, se iba haciendo una idea de en qué sitio el Señor podría tocarle mejor y más íntimamente el corazón. Evidentemente, un “Caballero de la Cruz” –como yo- esperaba y ansiaba el momento de visitar el Gólgota, el lugar mismo de la crucifixión, donde verdaderamente, como dice la letanía de la liturgia “estuvo clavada la salvación del mundo”, esto es, la Cruz.

Y sí que me conmovió, aunque con las prisas con las que visitamos y vimos todo, ciertamente, había poco tiempo para orar y hacernos conscientes de la profundidad, alcance y significado de cada gesto, símbolo y lugar para nuestra vida de fe y nuestro encuentro personal con Cristo, que real y personalmente, nos salía al encuentro, una vez más, en el ajetreo, las prisas, y los vericuetos de nuestra vida... Con todo, indescriptible lo que sentí al arrodillarme, bajo el altar del Calvario y meter la mano en la hendidura, en el mismo lugar donde estuvo Jesucristo crucificado, donde se alzó la Cruz...

Siempre he dicho que si alguien diera la vida por mí (imagínate, cruzo la calle distraído, y de repente, cuando un coche está a punto de atropellarme, alguien desconocido me empuja, salva mi vida y el coche lo atropella a él, y lo mata) yo haría todo lo posible porque se reconociera su hazaña, o haría todo lo posible por mantener viva su memoria, o que el Ayuntamiento le dedicara una calle o algún monumento...

¿Te das cuenta de la terrible incoherencia que ello supone? ¡Sería capaz de hacer todo eso de verdad por alguien que muriera por mí! ¿Acaso, real y verdaderamente, no lo hizo el Señor ya por mí? Y es bien poco lo que hago yo por él, bien poco lo que me acuerdo de este acontecimiento dramático, por no fue sólo por la “salvación del mundo” en general que Cristo murió en la Cruz... ¡Lo hizo también y personalmente por mí!

Algo de eso, al menos inconscientemente, sentí en el momento de visitar y venerar el Calvario en nuestro viaje a Tierra Santa, aunque luego, ya de regreso a la vida cotidiana y a la rutina, rememorando aquellos días y toda aquella experiencia, aunque fuera sólo ordenando las fotos del viaje, sí que salían las palabras, era más fácil la oración, y así oraba yo, recordando el momento de la visita al Calvario:

En la cima de la peña Gólgota,
he metido mi mano desnuda,
y he sentido en la hendidura
la frialdad de la mayor injusticia...
En esta grieta bendita
estuvo la Cruz sostenida,
cuya altura nos gana el Cielo,
cuya anchura el abrazo de Cristo.

Y aquí quedaba, o al menos eso esperaba yo, mi momento de mayor emoción en mi viaje a Tierra Santa, pero el Señor, que nos conoce bien, y mejor aún nuestros corazones, con frecuencia no hace caso de nuestros planes preconcebidos, y suele salirnos al paso, como lo hacía en vida con los discípulos, con sus amigos, con las gentes de Galilea, por sorpresa, para poner todos nuestros planes “patas arriba” y, mirándonos a los ojos, tocarnos el corazón donde él sabe que su amor va a ser más eficaz en cada uno de nosotros.

Sin embargo, quiso el Señor, en su sabiduría, que mi encuentro personal, ese tan ansiado con el misterio de la Cruz lo tuviese en la visita al Monte Tabor, el del episodio de la Transfiguración de Cristo. Me quedé embelesado por aquella Cruz impresionante que había en la antesala de la Capilla de Moisés.

Te cuento la historia, de esa Cruz, no está mal volver a hacerlo: Esa enorme Cruz fue llevada, caminando, por un peregrino alemán, desde Alemania hasta Italia, y desde Italia hasta Tierra Santa, donde el buen hombre, pues desconozco su nombre, la dejó allí, en el Monte Tabor, como testimonio de su peregrinación.

Evidentemente, en el Calvario, no me iba a llevar un trozo del “lignum crucis” (del madero de la Cruz), que poca gente se dio cuenta del relicario enorme que había encima del altar del Calvario con un trocito de la Cruz verdadera de Cristo ¡Además, estaba protegido por un cristal antibalas!, pero la Cruz del peregrino era tan grande, y estaba tan abandonada, estropeada y desprotegida, que me valía para el mismo propósito... ¡Llevarme de recuerdo un trozo de la Cruz! Y así lo hice...

¿Y por qué digo que ese trocito de la Cruz del peregrino alemán a mí me vale, aún a sabiendas de que no es un trozo de la verdadera Cruz de Cristo?  Por una sencilla razón, porque en aquella Cruz estaban todas las oraciones, los pasos, el camino, los sinsabores de la vida,  las ilusiones y las esperanzas del peregrino alemán, y lo que es más importante aún, de un hermano mío en la fe, bautizado, como yo, y al fin y al cabo todos esos sentimientos del peregrino alemán, como los míos, o los tuyos, son por los que Jesucristo subió a la Cruz...

Esto me recuerda una anécdota. Cuando empecé a trabajar en El Corte Inglés me adjudicaron una taquilla en el vestuario de los empleados: “¡Revísala, por si su anterior ocupante se dejó algo, y límpiala” –me dijeron. Y, en efecto, al limpiarla me encontré en su interior, olvidada seguramente por su anterior propietario, una crucecita de madera (de esas que se llevan al cuello con un cordoncillo, como las que regalan en las parroquias, por ejemplo, al confirmarnos). La conservo con mucho cariño, y la guardo como oro en paño, y este hecho fortuito de encontrar aquella Cruz me suscitó la siguiente reflexión, oración, o pensamiento, llámalo como quieras, que comparto contigo:

¡Oh, Cruz anónima,
de un hermano desconocido!
Tú, que portaste,
tanto su fe,
como la imagen de Cristo
que él amara y en la que él creyera.
Tú has hecho, de él, para mí,
un hermano en la fe,
y en la misma Cruz, los dos salvados,
ahora, en mis manos,
su vida me confías,
como la misma Cruz me confía
al Padre por la muerte del Hijo.

Y estos mismos sentimientos son los que movieron, con la ayuda de mis llaves, a desgajar de la cruz del peregrino alemán una pequeña esquirla de madera que llevarme de recuerdo.

Posteriormente, en casa, pensé hacer un relicario para mi trocito de madera... Ante esta idea, al principio, me asusté un poco, tanto que llegué a pensar... “¿Merece la pena un relicario tan ostentoso para un trozo de madera normal?” Evidentemente, con este pensamiento, estaba contradiciéndome, de cabo a rabo, con todo lo que te he compartido antes, así que tuvo que ser el Señor el que me recordara todo lo que aquel trozo de madera significaba para mí.

Fue un día, leyendo la Biblia, donde por casualidad, como todo lo que es del Señor, me encontré con la siguiente cita, que es del profeta Ageo, y que yo desconocía completamente (Ageo 1,8):

“Así dice el Señor:
Subid a la montaña,
traed madera,
yo la aceptaré gustoso
y me sentiré honrado.
Dice el Señor”

¡Menuda sorpresa me llevé!Subid a la montaña”, yo tenía claro que se refería al Monte Tabor, “traed madera” en referencia al trocito de madera que me llevé, y encima “el Señor la aceptaría gustoso y se sentiría honrado¿Cómo iba a ser de otra forma? ¿Acaso ese trocito de madera no estaba haciendo maravillas en nosotros, para mayor Gloria de Dios?  Y ciertamente,  no importa que no fuera un trozo de la Cruz verdadera, porque lo que de verdad cuenta es que, cuando me pongo delante del relicario lo que de verdad hago no es venerar ese trozo de madera insignificante... sino postrarme ante el Misterio de la acción amorosa de Dios en nuestras vidas, que lo mismo se vale de un viaje a Tierra Santa, o de un trocito de madera para tocar, una vez más... ¡a ver si nos lo creemos!... nuestros corazones.

“CABALLERO DE LA CRUZ”

“Os llamáis “Amigos de la Cruz” ¡Qué nombre tan grande! A mí me encanta y me deslumbra. Es más brillante que el sol, más alto que los cielos, más glorioso y solemne que los títulos más formidables de los reyes y emperadores. Es el nombre sublime de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y es el nombre inconfundible de los cristianos”

Estas palabras, nuevamente, no son mías, son de San Luís María de Grignión Monfort en su "Carta a los Amigos de la Cruz" aunque yo ya tengo un sobrenombre mayor y al que le tengo más cariño, el de “Caballero de la Cruz” por el solo hecho y detalle de esa compañera de peregrinación en Tierra Santa que me lo impuso.

A continuación, en su carta, San Luís María de Grignión Monfort va desgranando las cualidades de los “Amigos de la Cruz”, dice de ellos cosas tan sublimes como que “son guiados por su amor ferviente a la Cruz, que son santos y viven separados del mundo y del pecado, que son una excelente conquista de Jesucristo, que viven al pie del Calvario, que son auténticos portadores de Cristo”... y muchas cosas más...

Por supuesto, yo no me considero, ni mucho menos, ni de lejos merecedor de todos estos títulos, o atributos de un “Amigo de la Cruz”, conozco bien mis limitaciones, como bien dice el Salmo 131, que por ser tan corto, te lo copio entero:

Mi corazón, Señor, no es altanero,
ni mis ojos son orgullosos,
no doy vía libre a la grandeza,
ni a prodigios que me superan.
Al contrario, me mantengo en paz y silencio,
como un niño en brazos de su madre.
¡Mi deseo no supera al de un niño!”

Entonces, si ninguno de las cosas que dice San Luís María de Grignión Monfort en su carta me las considero dignas de aplicación a mi pobre persona... ¿Por qué me permito el lujo de ostentar con orgullo  y cariño mi sobrenombre de “Caballero de la Cruz”? Pues, porque a lo largo de mi vida de fe, de encuentro personal con el Señor y de oración he descubierto algunas cosas:

En primer lugar, me he dado cuenta de que, hasta donde me alcanza la memoria, siempre he sido muy atento al “detalle” en lo que se refiere al dolor, al sufrimiento, a la desesperanza de los demás... Sabemos que dios no quiere nada malo para nosotros, pues nos ama, como dice la Escritura “Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus hijos(Salmo 115, 6), pero de la misma manera, en el mundo y en la vida de los demás hay muerte, enfermedad, sufrimiento, dolor, desesperanza... y la presencia del mal, o de lo malo, es algo que nos interroga y ante lo que cada cual adopta distintas posturas:

Hay quien se desespera, literalmente pierde la esperanza y constantemente se queja y dice: “¿Por qué me ha tocado a mí, Señor?”, pero como no obtiene respuesta, porque el Señor nada malo nos hace, ni nos procura, aún corre el riesgo de pelearse con Dios, perder la fe...

Otros pasan de largo, ya sea ante el dolor de los demás o el suyo propio, pero lejos de hacerlos fuertes ante los golpes de la vida, los convierte en personas frías y egoístas, que ya no se conmueven ante nada...

Yo, por el contrario, desde siempre, he entendido que el mal, lo malo y su presencia en medio de nosotros es un Misterio, y ante el Misterio, y por todos ellos, la maldad absoluta del mundo en la crucifixión de Cristo, el cordero inocente y sin mancha por excelencia, sólo cabe una actitud: Adorar y contemplar, en soledad, acatando obedientes la voluntad de Dios... Lo que, por cierto, me recuerda una canción:

Santa Cruz, con tu fuerza nos arrastras,
Santa Cruz, de ti cuelga la esperanza,
porque ante ti, no cabe más postura
que adorar...

En los momentos de enfermedad, sufrimiento, dolor, muerte... por experiencia te digo, lo que hay que hacer es estar “atentos al detalle” (a lo que los demás no saben ver en medio de sus agobios) y aprovechar este detalle para que el amor de Dios se manifieste en nuestras vidas y compense lo malo...

Esto lo he aprendido de San Andrés, el apóstol, un auténtico especialista en estar atento al detalle, mejor te pongo tres ejemplos:

San Andrés, el apóstol, no es desde el punto de vista de los evangelistas el apóstol más importante entre los doce, sin embargo en sus pocas apariciones en el Evangelio nos enseña que él fue, sin duda, el hombre del detalle:

Una gran multitud ha estado siguiendo a Jesús. Llega un momento en que Jesús se siente violento y se compadece de aquella muchedumbre, que no ha comido aún, y le dice a los apóstoles que les den de comer. Los discípulos no tienen ni idea de cómo dar de comer a tantos, y entonces, en medio de la confusión general, Andrés le dice al Señor: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces” y así posibilita que el Señor haga el milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Juan 6, 1-15).


Antes de este episodio se nota que Andrés es un hombre inquieto, que busca, que se interroga por las cosas, que tiene inquietudes y que no encuentra las respuestas en las explicaciones de su tiempo... Esto no es algo que lo diga yo, nos lo dice el Evangelio cuando afirma que Andrés se encontraba en el círculo de los discípulos de Juan, el Bautista, el profeta, que andaba revolucionando la comodidad y la deslealtad del pueblo para con el Señor. Y en cuanto Juan Bautista afirma, al ver a Jesús por primera vez: “He ahí el Cordero de Dios”, el resto de los discípulos de Juan se quedan con él, sólo Andrés capta “el detalle”, la diferencia entre Juan y Jesús, y automáticamente le sigue, y no contento con eso, en seguida va a compartirlo con su hermano Pedro: “Hemos encontrado al Mesías... y le llevó a presencia de Jesús(Juan 1, 35-43).


En otra ocasión un grupo de griegos desea hablar con el Señor, tienen muchos impedimentos para acceder a él, y se lo dicen a los discípulos, aunque finalmente nos dice el Evangelio (Juan 12, 22) que fue Andrés el que propició el encuentro.

Esta debe ser la primera y fundamental actitud de un “Caballero de la Cruz” ante el Misterio de la dificultad, de la guerra, del dolor, de la enfermedad, de la muerte, y de lo malo, adorar el misterio, intentando entrever y adivinar en ello la presencia de Dios, lo mismo que el centurión romano, que ante la imagen de Cristo en la Cruz, y dándose cuenta de la injusticia que ello suponía, sólo supo decir, con voz temblorosa: “¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios!” (Lucas 23, 47).

Y, en segundo lugar, estar atentos al detalle, esto es, a la más mínima posibilidad de paliar el dolor y el sufrimiento de los demás, aunque en este caso, caben dos posibilidades:

1)    Cuando descubrimos ese “detalle” entonces poner de nuestra parte todo lo que podamos hacer, como Andrés, el apóstol, y dejar que el Señor haga el resto, y entonces retirarnos de la escena y decir, como nos enseñó el Señor mismo: “No somos más que unos pobres siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lucas 17, 10).

2)    A veces, ni siquiera somos capaces de ver ese “detalle” que nos permita intervenir, ni un poco si quiera, para paliar el Misterio del mal en el mundo, entonces, aferrados a la Cruz, no nos queda más que orar por todos aquellos que sufren.

Te pondré un ejemplo de “Caballero de la Cruz” para los puntos anteriores que acabo de comentar:

1)   Estar atentos al detalle”:

En el Instituto tenía yo un amigo, nos hicimos tan íntimos y tan buenos amigos, que lo sabíamos todo el uno del otro. Como consecuencia de esa confianza me enteré de que andaba metido en drogas y tonteando con ese mundillo. Ése fue mi “detalle”, darme cuenta de eso, ahora me tocaba actuar... Por aquella época yo estaba malo del riñón, al parecer uno me funcionaba más lento, aparte de la medicación propia de una dolencia así, el médico me prohibió absoluta y tajantemente el consumo de sal, y de ello me valí.

Le escribí una carta a mi amigo diciéndole que “si él tenía la libertad de poner en peligro su vida de una forma tan tonta y absurda, entonces yo podía hacer lo mismo con la mía”. Así que le propuse, más bien le amenacé, diciéndole que por cada día que él anduviera  metido en la droga, yo tomaría sal a escondidas (a escondidas de mis padres, se supone) para comprobar cuál de los dos se moría antes gracias a nuestra inconsciencia...

¡Menos mal que se “acojonó” y sólo tardó una semana en recapacitar! (Yo, mientras tanto con unos dolores terribles en el riñón y mi madre, mosqueada: “Pero tú... ¿Te estás tomando la medicación?”)

Reconozco que aquello fue una insensatez, una locura de juventud, un exceso de “Caballero de la Cruz” que en su ímpetu juvenil cree, como los caballeros de los cuentos, que puede enfrentarse solo ante cualquier tipo de dragones... pero funcionó. En aquel momento sólo un pensamiento me sostenía: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13).

2)   La oración”:

No me acuerdo en que año sucedió, ni tengo ganas de levantarme de la silla y dejar esta carta para buscar el dato, pero cuando sucedieron los terribles acontecimientos de la Plaza de Tiannamen, en China, cuando los jóvenes y los estudiantes acamparon en ella pidiendo libertad, el Gobierno chino respondió con una represión brutal... Disparando, deteniendo, torturando, aplastando literalmente a los jóvenes metiendo los tanques en la plaza... No sé por qué aquello me impactó tanto, ni me traspasó el corazón de dolor de aquella manera... Quizás, con trece o catorce años, era la primera vez que me hacía consciente de la maldad del hombre... pero me iba cada noche a la cama, con las últimas imágenes de la matanza dadas por el Telediario, llorando... Yo quería hacer algo por evitar aquello... ¿Pero, qué? ¡Tan lejos! Y entonces tomé la decisión de rezar un Avemaría por cada víctima de la Plaza de Tiannamen... Y mi obsesión, que hasta mis padres me decían que “parecía tonto” sufrir de aquella manera, era no irme a la cama sin saber –por las noticias- el último recuento de las víctimas... ¡No quería dejar ni uno solo de esos pobres estudiantes sin el consuelo de mi oración!

Pero sigamos desgranando otras características de un “Caballero de la Cruz”:

3)   La vocación(Mateo 16, 24):

“Si alguno quiere venirse conmigo,
niéguese a sí mismo,
que cargue con su Cruz
y me siga...”

Continua San Luís María de Grignión Monfort comentando esta cita del Evangelio, y dice que el número de los que deciden seguir a Jesús crucificado es tan pequeño, tan reducido, que deberíamos “espantarnos de dolor”. Añade, además, que somos tan pocos, que si el Señor decidiera reunirnos, tendría que gritarnos y llamarnos, como hizo una vez el profeta Isaías, de uno en uno (Isaías 27, 12).

Dice también que a muy pocos les ha sido dado el comprender el “misterio de la Cruz”, y que no es tarea fácil, ya que para atreverse a tomar la Cruz y caminar detrás del Señor, hay que ser una especie de valiente, o de héroe, un auténtico discípulo del Señor...

Aunque, por supuesto, no me atrevería a decir todas estas cosas de mí, pero es verdad, como dice más adelante en su "Carta a los Amigos de la Cruz" el propio San Luís María de Grignión Monfort, pareciera que la Cruz haya sido alzada en mi interior, en mis entrañas (Salmo 39, 9), para amarla desde joven (Sabiduría 8, 2) y para llevarla con alegría (Hebreos 12, 2).

No sé por qué el Señor me ha dado esta sensibilidad para el dolor o el sufrimiento, lo que a veces incluso es un fastidio (como toda vocación), hay quien no entiende que me conmueva o me duela más por una muerte absurda (la muerte de cualquier ser humano siempre es absurda) de la que he tenido conocimiento en las noticias, y no lo haga con la misma intensidad por otras malas noticias que me pillan más cerca, o las de mi propia vida, muy pocos lo entienden entre mis cercanos (“pues sus familiares pensaban que estaba loco” Marcos 3, 21) y si te soy sincero, a veces, no lo entiendo ni yo... ¿Por qué todo el mundo duerme a pata suelta mientras yo soy incapaz de conciliar el sueño, por ejemplo, porque sé que una compañera del trabajo tiene un embarazo de alto riego? ¡Y aquí me tienes, nueve meses preocupado, sin dejar de orar! A veces me rebelo, y yo también pataleo y me opongo, lo mismo que hacía el profeta Jeremías: “¿Para qué habré nacido? ¿Para experimentar todos los días pena y aflicción?” (Jeremías 20, 18). Esta soledad e incomprensión ante esta cercanía y apego a la Cruz, debe ser, al mismo tiempo, la Cruz de “los Caballeros de la Cruz”.

Aunque no estoy solo en esta tarea, tengo a mi lado a María, la única que mejor que nadie supo estar en oración al pie de la Cruz (Juan 19, 27), darse cuenta del detalle (“Hijo, no tienen vinoJuan 2, 3) y que tuvo el coraje de dar respuesta cuando directamente se le preguntaba (“He aquí la esclava del SeñorJuan 1, 38).

Esta oración a María sí que es mía:

¡Qué poderoso es el canto de los que esperan con María,
en el jardín florecerán vuestras cruces,
porque vuestra madre vela por vuestros esfuerzos!

4)   Que cargue con su Cruz”:

Dice acertadamente, San Luís María de Grignión Monfort en su carta:

“La Cruz hay que cargarla, no arrastrarla, ni rechazarla, ni recortarla, ni mucho menos, ocultarla. Que la llevemos bien alta en la mano, sin impaciencia, ni tristeza, sin quejas, sin murmuraciones, sin componendas y sin sentir por ello respeto o vergüenza humana”.

He dicho acertadamente porque comparto plenamente estas palabras de San Luís María de Grignión Monfort. Solamente hay una forma, aunque parezca contradictorio, de llevar la Cruz “con elegancia” (si es que se puede decir así) y es con alegría, y esto es algo que, ciertamente, muy pocos entienden: Sin el Viernes Santo no hay Domingo de Resurrección, “no hay Jesús sin Cruz” –como dicen a modo de refrán las personas mayores-, sin la noche no se sucede el día... ¡Pero son tantos los que se estancan en el dolor y se quedan paralizados, sin poder avanzar hacia la luz y la esperanza!

Dice San Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe(1 Corintios 15, 14) Y sin embargo, estoy plenamente convencido de que para todos los que sufren, lloran, pierden la esperanza, los cristianos de poca ayuda les servimos, porque caminamos tristes, cabizbajos, acongojados, agobiados, como si tampoco nosotros tuviéramos motivos para la alegría o la esperanza.

Sencilla y llanamente... ¡Me niego!

Esto es algo que tengo claro: Una de mis mejores armas como “Caballero de la Cruz”, aparte del “cinturón de la verdad”, “la coraza de la justicia”, “las sandalias de la predicación”, “el escudo de la fe”, “el casco de la salvación” y “la espada del Espíritu Santo(Efesios 6, 14-17) ¡Menuda equipación, eh! Es la “granada o la bomba de la alegría y del sentido del humor”... Seguramente, a San Pablo, al hacer la lista  de la equipación de un “soldado de Dios” se le olvidó porque tenía muchas cosas en la cabeza... Pobrecito, le disculparemos por ello, aunque –entre tú y yo, en voz baja, y en secreto- para mí que Pablo era más bien hosco y huraño, que no me lo imagino yo muy chistoso, la verdad.

Y es que, esto lo tengo comprobado, he acercado –suponiendo que me pueda apuntar esto como un tanto a mi favor, pues la obra es del Señor- a lo largo de mi vida más gente al Señor con un chiste que con una catequesis, he vencido más a mis enemigos “haciéndome el tonto” que combatiendo con ellos en terreno abierto y he desbaratado más planes del Maligno con una carcajada (otro secreto, lo que más le jode -¿Se pueden decir palabrotas en una carta piadosa?- al Maligno es que se pitorreen de él en toda su cara) que con invocaciones a los santos.

Quizás esto suene un poco irreverente o un auténtico recochineo de las cosas santas, pero si el Señor me ha dado una vocación, o un don, llámalo como quieras, es mi alegría y mi sentido del humor, a prueba de bombas, especialmente en las situaciones más duras y difíciles, mías o de los demás... ¡Un payaso al pie de la Cruz, inconcebible! –dirán algunos- quizás los sesudos teólogos encerrados en sus torres de marfil, que son como Pablo, los teólogos, unos huraños y unos cascarrabias.

Y que conste que esto no es, ni de lejos, una novedad, que no soy el único instrumento del sentido del humor de Dios:

Moisés, el gran profeta, y el autor de la mayor epopeya de liberación del Pueblo de Dios, era tartamudo (Éxodo 3, 10); el Rey David acompañó el traslado del Arca de la Alianza a su estancia definitiva bailando semidesnudo delante de ella durante toda la procesión (2 Samuel 6, 14); Jeremías se tuvo que presentar ante los suyos, los de su pueblo, con un yugo al cuello, enjaezado como un buey, para que le hicieran caso (Jeremías 27, 2); Ezequiel durante una temporada se queda mudo y tiene que predicar como un mimo (Ezequiel 3, 26); Oseas se tiene que casar con una prostituta y ponerle “nombres raros” a sus hijos, para que el pueblo “capte el mensaje” del Señor (Oseas 1, 2-8)... y es que, al parecer, para estar de parte del Señor, en este mundo, como se suele decir “hay que ser tonto o parecerlo”.

Pues que me tomen por loco, tonto o inconsciente es algo que no me preocupa mucho, como buen “Caballero de la Cruz” porque la Cruz es, en sí misma, como decía San Pablo: “locura para los gentiles, escándalo para los judíos(1 Corintios 1, 23).

Y no debo de andar muy equivocado, en esto de que la mejor defensa de la Cruz es la alegría, cuando el mayor amante de la Cruz, el propio San Luís María de Grignión Monfort, en su "Carta a los Amigos de la Cruz" dice:

Alégrate, pues tú, pobre idiota, si sabes sufrir con alegría, pues ya sabes más que cualquier doctor universitario, que no sabe sufrir tan bien como tú”

¡Hala, pobre idiota –me llama- ahí queda eso!

Y, finalmente, a modo de moraleja final de esta parte, San Luís María de Grignión Monfort nos deja con una coplilla y su explicación:

“Elige para ti una de las tres cruces del Calvario,
elige con cuidado, pues es necesario,
padecer como santo, o como penitente,
o como réprobo sufrir eternamente”

Es decir, ante la Cruz caben tres posturas:

La aceptación humilde de la Cruz, que la hace santa, como en el caso de Jesucristo, la aceptación de la Cruz es una oportunidad de Dios para algo bueno en nuestras vidas, como lo hizo el buen ladrón, o andar maldiciendo y refunfuñando ante la Cruz, convirtiéndola en escándalo y perdición, en una auténtica tortura para nosotros, como hizo el mal ladrón.

Y, a renglón seguido, San Luís María de Grignión Monfort nos propone catorce reglas, o pasos, sobre la forma en la que los “Amigos de la Cruz” debamos tomar la Cruz y seguir al Señor, pero esto, mucho me temo ya, será cosa de otro capítulo.

Para ser un “Caballero de la Cruz

Los caballeros antiguos, los medievales, los de armadura y lanza en ristre, no nacieron siendo caballeros, sino que tuvieron que prepararse para ello. Acuérdate, por ejemplo, de Don Quijote, que aunque había perdido la cabeza, no obstante, era muy importante para él “ser ordenado caballero”, lo que al final consigue en una posada en una ceremonia un tanto pintoresca.

De la misma forma, aunque uno se sienta misteriosamente atraído por la Cruz del Señor, y quiera ir detrás de él, como nuevo cirineo de las cruces y sufrimientos de los hombres de hoy, no basta con la mera intención, es necesario “un camino para ser “Caballero de la Cruz” y el propio San Luís María de Grignión Monfort, en su carta, nos propone este camino, en lo que él llama “las catorce reglas”...

Voy a intentar exponerlas, aunque no al pie de la letra, actualizándolas desde mi experiencia, ya que muchas de las cosas que narra San Luís María de Grignión Monfort pueden parecer desfasadas a un cristiano de hoy.

1)     No buscar las cruces a propósito.

Dice San Luís María de Grignión Monfort:

No hay que buscarse las cruces a propósito. Que no conviene, si no es por una gracia especial, buscar a caso hecho el desprecio y la humillación de los hombres. Y que, de todas formas, en los detalles más pequeños de nuestra vida se puede presentar la Cruz por si sola.”

Evidentemente, no se trata de ser masoquistas y de buscarnos más problemas de los que ya trae, o tiene, de por sí, la propia vida y sus sinsabores. Pero no comparto lo que dice acerca de que no hay que procurarse a caso hecho la humillación y el desprecio de los demás... Me explico.

Soy un payaso, que siempre ando con la broma, el chiste fácil, la anécdota, cuando no haciendo el tonto directamente. Puede que “esa gracia especial” a la que se refiere la primera regla sea mi vocación de payaso, mi eterno ser un “Peter Pan”, pero prefiero, ciertamente, pasar por tonto, lelo, inocente o payaso a los ojos de los demás, que ir por la vida de listillo o engreído, que es peor.

He resuelto más situaciones difíciles en la vida, he vencido a mis enemigos, e incluso, he movido más el corazón de Dios en la oración haciendo el tonto, o mostrándome como payaso ante los demás que de cualquier otra manera.

Si alguien, de mala fe, me insulta, me humilla, me desprecia o me veja, cabe responder con la virtud heroica de la paciencia... pero si de antemano tú mismo te haces objeto de la risa y el escarnio de los demás ¿Quién puede atacarte entonces? ¡Ya lo has derrotado! Si alguien sufre, lo pasa mal, anda agobiado, preocupado y es incapaz de ver más allá del nubarrón de tormenta que se cierne sobre su vida, y de repente, tropiezas y te caes delante de él ¿Acaso no se partirá de risa? y si me acerco a esa persona y le hago una “gracieta” de las mías ¿Acaso no sonríe, no olvida, por unos segundos preciosos, aquello que le atormenta? ¿Y en esos segundos preciosos de luz, no brilla fugaz la esperanza, que es el primer paso para enfrentar nuestros problemas? ¡Pues bendito sea Dios, por el tonto, o el payaso, que consiga todo eso!

No tengo otro mérito en la vida del que sentirme orgulloso... de ser un payaso, o que la gente lo crea y lo diga de mí... Me da igual, por eso, al final de mis días, pueda presentarme ante Dios, Padre bueno del Cielo, con mis manos vacías, como dice la “Oración del Payaso”:

Señor, soy un trasto,
pero te quiero terriblemente,
locamente, que es la única forma
que tengo de quererte porque...
¡Soy un payaso!
Mi alforja está vacía,
mis flores descoloridas y mustias,
sólo mi corazón está intacto.

Me espanta mi pobreza,
pero me consuela tu ternura,
me presento ante ti, Señor, como un cantarillo
de un barro pobre y roto...

¿Qué te diré, Señor, cuando me pidas cuentas?
Tú sabes que mi vida, en lo humano,
ha sido un completo fracaso,
que he volado más bien bajo, sin altas metas.

Mi vida es como una planta,
llena de agujeros,
pero tómala en tus manos divinas,
para que tu música pase a través de mí,
y que llegue a mis hermanos, los hombres,
su ritmo, la música de sus vidas,
que acompañe su camino,
la alegría de sus pasos cansados.

Y hacer el tonto, o parecerlo, no es algo que funcione solamente con los hombres, sino que también vale para Dios, ante cuya presencia sólo cabe presentarnos como niños, de forma humilde, no por más inteligentes, o creernos más listos, el Señor nos va a escuchar, en la oración, y tampoco por multiplicar nuestras peticiones, palabras o quejas ante el Señor, es que nos va a escuchar antes.

Hay un pasaje, en el libro de Isaías, en el que el Señor se queja de que su pueblo escogido, orgulloso y engreído, ya no le escucha, y que por eso va a hablarles “como si de un niño chico se tratara” porque ya solamente los pobres y los sencillos, como los niños, parecen escucharle (Isaías 28, 9-15):

“¿A quién dotará de conocimiento? ¿A quién hará entender su mensaje? ¿A los recién destetados? ¿A los niños de pecho? Porque dice el Señor: “Cau la cau, sau la sau, cau la cau, sau la sau, zeer sam, zeer sam” Sí, con palabras extrañas, en una lengua extranjera, voy a dirigirme a mi pueblo” Este texto me sugirió la siguiente oración, que rezo frecuentemente cuando ni siquiera sé lo que quiero pedir o decirle al Señor, poniéndome en su presencia –simplemente- como un niño pequeño:

Señor, soy un niño,
cola-cao, cola-cao,
Señor, como un bebé,
sola-sao, sola-sao,
Señor, que tu Espíritu,
habite en mi ser,
zar-sán, zar-sán...en mi ser.

2)     Admirar, sin pretender imitarlos, a los santos.

Continúa diciendo San Luís María de Grignión Monfort  en su carta:

“Algunos santos ha pedido, cuando no buscado, y procurado a caso hecho, a veces por medios ridículos, ser humillados o despreciados, para asemejarse al Señor” pero nos advierte de que “no intentemos compararnos con ellos, o imitarles, porque en vez de ser águilas que alto vuelan, o leones rugientes, como los santos, vamos a quedar como lo que somos: pollos mojados y perros muertos”.

Aquí, en este punto, vuelvo a discrepar con nuestro santo, porque precisamente la Iglesia declara santos para que sean ejemplo para nosotros, precisamente para que los imitemos...

¡Claro, imitar a los santos, como si eso fuera posible! Seguro que lo estás pensando ahora, pero es que, al hablar de los santos, solemos caer en dos errores.

El primero es considerar que al nombrarlos santos o beatos se convierten en una especie de “superhéroes” o de “extraterrestres” y nos olvidamos que ellos fueron, ante todo, seres humanos, como nosotros, con sus luces y sus sombras, sus éxitos y sus fracasos, sus momentos de fe y sus momentos de oscuridad y de duda...


En segundo lugar porque nos gusta fijarnos siempre en lo más espectacular y en lo más ostentoso... Querríamos ser tan pobres como San Francisco de Asís; tan cabezones en lo bueno como Santa Teresa de Jesús de Ávila; hacer tantos milagros como San Martín de Porres;  ser tan amantes de la Virgen María como Santo Domingo; y claro... al no conseguirlo, nos creemos que nunca llegaremos a ser santos y nos desalentamos.

¡No, hombre, no...! ¡No te fijes en esos santos que nos pillan tan lejos! Fíjate en los santos de hoy en día, los que han conocido la luz eléctrica, los coches, la radio, los semáforos, lo que es una nómina pequeña, o no llegar a fin de mes, saber lo que era la televisión, o el periódico, o el cine, los que sabían ser santos en el mundo con sus mismos problemas en los que tú te hayas inmerso.... Ejemplos no te faltarán, te vale cualquier santo o beato cuya vida haya transcurrido a lo largo del Siglo XX.

Y es que, un “Caballero de la Cruz” no hace milagros, ni pretende hacerlos, solamente hace –como dijimos muy al principio de esta carta- lo que mejor sabe hacer: “Estar atento al detalle” y obrar en consecuencia, dejando todo lo demás en manos del Señor.

Un ejemplo: Si voy por la calle y encuentro un mendigo rebuscando colillas en una papelera de la calle, y me detengo y le doy dos o tres cigarros nuevos, de mi propio paquete... ¿Acaso no le he devuelto la dignidad y la humanidad? ¿No es, para él, un auténtico milagro? ¿Acaso eso no significa nada para mí? ¡Vaya “churro” de milagro de “chichinabo”! Puede que alguno lo esté pensando en este momento, pero no menos cierto es, por ejemplo, que por el gesto tan sencillo de pedirme un cigarro se produjo el “milagro” de empezar a conocer a algunos de mis compañeros del viaje a Tierra Santa, hasta entonces éramos meros desconocidos, unidos por el ordenador de la agencia de viajes, y sólo cada cual puede saber, yo no, poniéndose en la presencia del Señor, lo bueno que Él haya hecho en cada uno de nosotros, los milagros que el Señor haya obrado en nuestra vida desde entonces.

3)     Adquirir la sabiduría de la Cruz.

Un auténtico “Caballero de la Cruz” ha encontrado y alcanzado la sabiduría de la Cruz, o no podría ser llamado como tal “Caballero de la Cruz”.

Podríamos preguntarnos en qué consiste esta sabiduría de la Cruz que, ciertamente, no es una sabiduría humana, como muy bien dice San Pablo (1 Corintios 2, 1):
Pues yo, hermanos, cuando vine a vosotros, no lo hice con el prestigio de la palabra, o la sabiduría, a anunciaros el nombre de Dios, pues no quise saber más entre vosotros sino de Jesucristo, y éste, crucificado”.

Ya nos dice San Pablo que la sabiduría de la Cruz es conocer sólo a Jesucristo, y éste, crucificado, pero ¿qué quiere decir con esto? No sabría yo explicarlo con palabras, porque es algo que siento o intuyo, podría intentarlo, pero primero te pongo tres ejemplos, pues como se suele decir “una imagen vale más que mil palabras”, lo mismo que para adquirir la sabiduría de la Cruz no son necesarias muchas palabras o muchos discursos, basta con pasarse mucho tiempo, a los pies de la Cruz:

Acuérdate del episodio dramático y dantesco de la crucifixión de Jesús. El populacho burlándose de él, los romanos como buitres repartiéndose sus ropas, los discípulos –menos Juan- aterrorizados y asustados, en paradero desconocido, las mujeres llorando, María destrozada (ninguna madre debería ver la muerte de un hijo) y en medio de ese caos, de ese espectáculo, sólo un hombre supo ver “el detalle” y maravillado exclamó (Lucas 23, 47):


“¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios!”


En un campo de concentración, durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis querían dar un escarmiento a los presos por la fuga de otro. Para ello, tomaron a un joven de entre los presos, al azar, para ahorcarlo ante la presencia de todos los demás. Mientras el cuerpo pendulaba en la horca ante todos ellos, uno de los judíos exclamó: “¿Dios mío, dónde estás?” y otro preso, que además era rabino, se le acercó y le dijo. “¿No lo ves? ¡Lo tienes ante ti! ¡Ahí, en la soga del ahorcado!”


Un verano, en un campamento al que fui con unas religiosas, en Portugal, el trabajo consistía en ayudar en las tareas de un asilo de ancianos. Una tarde me encargaron darle la merienda a una señora, de unos cincuenta años, llamada Ana Rita. Había que darle la merienda porque tenía Alzheimer y ella sola no podía. Había sido maestra, una de las mujeres más inteligentes de aquel pobre pueblo del sur de Portugal, y debió ser guapa, por sus hermosos ojos azules... Y ahora no era nada. Sentada en el sillón de su cuarto, con la mirada perdida, le iban pasando las horas y los días, como se apaga poco a poco la luz de una vela, así se iba consumiendo su vida...


Yo me senté frente a ella largo rato, intentando comprender qué estaría pensando, qué sentiría, cómo sería el sentirse atrapado en un cuerpo –como en una cárcel- y, de repente, surgió en mí, a la hora de irme, un deseo muy profundo, nacido de lo más profundo de mi corazón, y fue que al irme hice una genuflexión ante ella (es decir, el arrodillarse en señal de respeto con que los católicos saludamos la presencia del Señor en el sagrario). Al compartirlo luego con las religiosas, casi les da un patatús: ¡Arrodillarse ante una persona como si del Señor se tratara! Era todo un escándalo para ellas, pero como yo les dije: “En ese momento todo mi ser, mi corazón y mi alma y mi entendimiento, me decían que el Señor estaba realmente ahí presente, en el sufrimiento de Ana Rita


Supongo que, después de estos tres ejemplos, algo intuyes de lo que es la sabiduría de la Cruz, en efecto, la sabiduría de la Cruz que buscamos, deseamos y practicamos los “Caballeros de la Cruz” es la de descubrir la presencia del Señor, de Jesús crucificado, en el dolor, la humillación, el sufrimiento, la muerte, la enfermedad de todos los hombres, nuestros hermanos..,


Esta es la noble tarea, ingrata muchas veces y dolorosa de los “Caballeros de la Cruz”, esta es nuestra sabiduría, que vemos la Cruz (nos damos cuenta de las necesidades de nuestros hermanos), adoramos la Cruz (pues descubrimos en ella la presencia del Señor) y llevamos la Cruz (como el Cirineo, ayudando a nuestros hermanos a sobrellevar las suyas)...


Por eso amamos tanto la Cruz, por eso nos descansamos en ella, por eso la abrazamos, por eso no podemos sustraernos a la atracción que ejerce sobre nosotros (como las “palomicas”, en verano, que se sienten atraídas por una luz encendida) porque la Cruz es para nosotros como un faro que nos ayuda a no perder nunca nuestro verdadero rumbo, nuestra meta en la vida, que no es otra sino el Señor mismo, Jesucristo: Porque donde está la Cruz, allí está plantado el sufrimiento de una persona, y donde una persona sufre, el Señor se hace presente, y donde el Señor se hace presente lo hace también un verdadero “Caballero de la Cruz” para poner nuestra vida, nuestra armadura, nuestra lanza, al servicio del Señor, para servirle en nuestros hermanos...


Si los “Caballeros de la Cruz” tuviésemos un himno, sin duda alguna sería esta canción:

En tu Cruz sigues hoy, Jesús,
te acompaña por donde vas,
en el hombre que está en prisión,
o en el que sufrirá la tortura en nombre de Dios,
cada llanto de un niño es,
un clamor que se eleva a ti,
nos recuerdan que hoy,
veinte siglos después,
continúas muriendo ante mí.

4)   No preocuparse demasiado por el propio pecado.

Dice San Luís María de Grignión Monfort que, evidentemente, ninguno de nosotros peca a caso hecho, es decir, nadie quiere libre y voluntariamente, con plena conciencia, ofender a Dios... pero no menos cierto es que no por eso dejamos de pecar, sea por imprudencia o por nuestra propia torpeza.

Esto lo expresa muy bien San Pablo (Romanos 8, 19):

No hago el bien que quiero, sino que hago el mal que no quiero”

Y lo expresa de una forma mucho más poética y bella, el tradicional poema que todos hemos leído alguna vez:

“No me mueve, mi Dios, para quererte,
el Cielo que me tienes prometido,
ni me mueve, por ello, el infierno tan temido,
para dejar, por eso, de ofenderte”

Pecar es, por tanto, tan humano como errar... y no debemos obsesionarnos con ello más allá de confesar y hacer de cada caída una nueva oportunidad para levantarnos con redoblado esfuerzo de ser mejores...

Todo escrúpulo de conciencia, que vaya más allá de la confesión, arráncalo de ti con todas tus fuerzas de inmediato, pues no son más que falsedades (“Si el Señor está con nosotros... ¿Quién nos condenará?”).

Imagínate un guerrero, que en medio de la batalla tuviera dudas de si su espada está bien afilada, si se detuviera a comprobarlo… ¡le podrían atacar mientras tanto! Un “Caballero de la Cruz” obra de la misma manera, sabe que ha pecado, y no descarta el volver a pecar en un momento de imprudencia, de torpeza o de bajar la guardia, pero no por ello abandona su tarea, porque se sabe arropado por la sombra de la Cruz, que le recuerda constantemente que el Señor le ha traído el perdón de sus pecados...

Y termino contándote una curiosidad: En los tiempos de las cruzadas, cuando los caballeros iban a luchar por Tierra Santa, era tal el peso de sus armaduras y el impedimento de sus armas que, a duras penas, podían moverse. Por eso, cuando las tropas recibían la bendición, casi no podían moverse, sin gran esfuerzo, para santiguarse, por eso los capellanes franciscanos dijeron a los caballeros que “tocando la madera de sus cabalgaduras equivalía a santiguarse”... de ahí viene la expresión “tocar madera” cuando queremos conjurar algún mal sobre nosotros.

Pues yo te recomiendo que hagas lo mismo, que te acostumbres a llevar una Cruz en el cuello, o en el bolsillo, o en el bolso y cada vez que tengas la tentación de pecar (es decir, de tener una mala respuesta con alguien, enfadarte, quejarte de la vida, hacer algo malo, etc, etc...) simplemente “toques madera” –abrázate a la Cruz.

5)     No preferir antes las cruces grandes que las pequeñas.

San Pablo dice (Gálatas 6, 14):

En lo que a mí se refiere ¡Dios me libre de gloriarme si no en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado, y yo un crucificado para el mundo!

Y es que, para qué vamos a negarlo, a los hombres nos gustan las cosas grandes y ostentosas, y lo mismo vale para las cosas del Espíritu, que ya nos gustaría ser santos, hacer milagros, tener visiones, y todo ese tipo de cosas...

Hoy mismo 12 de noviembre de 2.011 han dicho en las noticias del TELEDIARIO, que en un incendio se han intoxicado gravemente unos policía municipales que estaban ayudando a evacuar a los vecinos... Todo el mundo, en el barrio, ve a esos agentes como héroes, ellos quizás no tanto, dirán –con humildad- que “simplemente estaban cumpliendo con su deber”.

Y eso es exactamente lo que nos sucede a nosotros, que nos gustaría ser héroes en la fe, capaces de dar un gran ejemplo, o de atraer a mucha gente al Señor, o prácticamente ser santos, pero todo ello sin esfuerzo.

San Luís María de Grignión Monfort, en su "Carta a los Amigos de la Cruz", nos saca de nuestro error y nos dice lo siguiente, unas palabra sabias que ningún “Caballero de la Cruz” debería olvidar, debiendo llevarlas grabadas a fuego en su corazón. Y es que no debemos desear más de lo que debemos, o posiblemente, de lo que el Señor sabe que vamos a ser capaces de llevar.

Si pudiéramos escoger entre las Cruces, hagamos nuestra elección entre las más pequeñas y deslucidas, frente a otras que nos parezcan más grandes o llamativas. No desperdiciéis la más mínima partícula de la Cruz verdadera, ya sea la picadura de un mosquito, o un pinchazo con un alfiler, la enemistad de un vecino, una pequeña injuria, perder un poco de dinero, una ligera molestia en el ánimo, un dolorcillo de algún miembro... Todo ello consideradlo una pequeña ganancia, como una “hucha de Dios” hasta que puedas ser capaz de sobrellevar cruces más grandes

Un “Caballero de la Cruz” sabe que esto es verdad, no son más que pequeños contratiempos en comparación con la Cruz del Señor al que sirven en todo momento. Pero si un “Caballero de la Cruz” sabe aplicarse sin rechistar estas palabras, de la misma manera sabe que no todo el mundo sabe entenderlas, por eso, cuando, al contrario, es uno de sus hermanos el que padece la Cruz, sea grande o pequeña, acude de inmediato a socorrerle –como el Buen Samaritano- porque donde un hermano sufre, sea grande o pequeña su Cruz, allí se hace presente el Señor en su Cruz, y no puede sino acudir a su llamado:

Si a tu hermano le pica un mosquito, dale pomada.
Si tu hermano se pincha con un alfiler, ponle una tirita.
Si se enemista con un vecino, pon paz en medio de ellos.
Si sufre una pequeña injuria, restituye su honor.
Si ha perdido un poco de dinero, préstaselo o dáselo.
Si tiene una ligera molestia en el ánimo, alégrale.
Si está cansado, reconfórtale.
Si le duele algún miembro, acompáñale al médico.

De lo contrario... ¿Cómo vamos a ser capaces –en el ejemplo del TELEDIARIO- de ayudar a alguien en un incendio si no somos capaces de las cosas más sencillas?

Y es que es completamente absurdo pretender hacer grandes cosas por nuestros hermanos si no les ayudamos en lo más pequeño ¡y ni qué decir tiene si nos referimos al amor que decimos tenerle a Dios! porque bien dijo el evangelista Juan (1 Juan 4, 20-21):

“El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”

6)     Amar la Cruz.

Señala San Luís María de Grignión Monfort, al llegar a este punto, que es una tarea harto difícil el pretender amar la Cruz, pese a todo lo que hemos dicho hasta ahora, ya que incluso, en sus propias palabras, ni siquiera el propio Señor Jesucristo, en lo que se refiere a su humanidad, no quiso la Cruz tampoco, como lo demuestran las palabras asustadas (hasta un temor de “sudar sangre”) de Jesús en la Oración en el Huerto: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz...(Lucas 22, 42), por eso, aclara nuestro santo en su "Carta a los Amigos de la Cruz" ciertamente, que la Cruz no es algo que podamos amar y desear humanamente, pues no hay nada más humano que intentar, en la medida de lo posible, huir de todo lo que nos produce algún tipo de mal, perjuicio, incomodidad, o daño... ¡Nuestro instinto de supervivencia, lógicamente, rechaza todo lo que perjudica!

Por eso nos dice que el amor a la Cruz es algo que solamente podemos adquirir, ya que a nuestra condición humana tanto le repugna, si no es pasándolo primero por el filtro de la voluntad de Dios, como Jesucristo, que después de su primer momento, humano y comprensible, de duda en el Huerto de los Olivos, a continuación añade, sumiso y humilde, en su oración: “¡Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya!(Lucas 23, 42), o lo mismo que María Santísima, tras su primer momento de duda ante la invitación del ángel (no olvidemos que el papel de María tampoco era “agradable”, que según la legislación judía, mostrar síntomas de embarazo sin haber convivido aún bajo el mismo techo que su esposo, podía ser considerado adulterio, cuya pena era la lapidación... Recordemos que, según el Evangelio, hasta el propio San José tuvo sus dudas al respecto), también termina por rendirse a la voluntad de Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, según su palabra(Lucas 1, 38).

Por eso, para amar a la Cruz, debemos empezar por poner todos nuestros los contratiempos de nuestra vida, desde el más pequeño al más grande, a los pies del Señor,  y por paradójico que nos parezca, darle gracias a Dios por ello, pues como dijimos que la sombra de la Cruz se proyecta sobre el triunfo del sepulcro vacío, la victoria de Cristo... y que tras los nubarrones brota el sol y el arco iris, nunca sabemos lo que el Señor nos tiene guardado tras un contratiempo, una “chinita” en el zapato, aunque a nosotros todo siempre nos parezca “un mundo” y un obstáculo superior a nuestras fuerzas.

Esto me recuerda que, ante los problemas, es mejor repetir, con frecuencia, las palabras (Pensamientos, nº 142) que solía decir una religiosa granadina, chiquitilla y enfermiza, tan poquita cosa que apenas nadie la conoce, llamada Mª Emilia Riquelme, fundadora de las Misioneras del Santísimo Sacramento y Mª Inmaculada, ante los problemas:

¡Empiezan los problemas! Esto es buena señal... bien, bien...

Quizás, para aprender a amar a la Cruz, huyendo de nuestra natural y humana repugnancia hacia todo lo que nos desagrada, podemos rezar muchas veces el bello himno de san Agustín (¡que ni yo me lo creo, quiero decir, el citar a San Agustín, que nunca fue santo de mi devoción!):

“Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Y ver que tú estabas dentro de mí, y yo fuera,
y por fuera te buscaba,
tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo,
llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera,
brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera,
exhalaste tu perfume y respiré,
y ahora, suspiro por ti...
Gusté de ti, y siento hambre y sed,
me tocaste y me abrazaste con tu paz”

Aprendamos pues, a amar la Cruz, pues un “Caballero de la Cruz” no debe suspirar por otra cosa...

7)     Tener siempre presente a Cristo crucificado.

Nos dice San Luís María de Grignión Monfort que con frecuencia “miremos las llagas y los dolores de Jesús crucificado. Él mismo nos dice: “Vosotros, los que pasáis por el camino lleno de espinas y de cruces, por el que yo he pasado... ¡Mirad, fijáos!(Lamentaciones 1, 12) Miradme a mí, que soy inocente, y dejad de quejaros, vosotros, que sois los culpables”.

Un auténtico “Caballero de la Cruz” sólo tiene un lugar en el que poner los ojos, en el que guarecerse, en el que refugiarse, descansar o pasar la noche, no hay posada, ni descanso para el guerrero si no es al pie de la Cruz, y en ella contemplando a Cristo crucificado ¿Dónde si no?

Fíjate, por ejemplo, en San Francisco de Asís, en el peor momento de su vida y de crisis personal, debatiéndose entre su vida de joven burgués y acomodado, por un lado, y su vocación y la llamada de Dios, por otro, se refugió en la pequeña iglesia en ruinas de San Dámaso, y el viejo crucifijo le habló en estos términos:


“¡Francisco, reconstruye mi casa!”


San Juan de la Cruz, durante su prisión en Toledo, no tuvo más consuelo que el de un sencillo crucifijo que él mismo se dibujó en las paredes de la celda, y cuando por fin se escapó del convento-prisión de Toledo, precisamente, el recuerdo de sí mismo que quiso entregar al hermano carcelero –el único que, paradójicamente se portó bien con él- fue su sencillo crucifijo de religioso, de madera y bronce, que desgraciadamente hoy no se conserva.


Siguiendo con los castellanos, Santa Teresa de Jesús, la de Ávila, tuvo su primer “encontronazo” con el Señor, contemplando la imagen de un “Ecce homo” (un Señor atado y humillado), en sus propias palabras, que ante aquella imagen:


Fue tanto lo que sentí de lo mal que agradecí aquellas llagas, que el corazón parecía que se me partía, y me arrojé sobre el Señor con grande derramamiento de lágrimas, pidiéndole a ver si, de una vez, dejaba de ofenderle”.


A San Pedro Nolasco, una vez, haciendo oración ante el crucifijo, le pareció que éste le hablaba y le decía:


“Vengo a ti, ya que tú no vienes a mí”


A San Juan de Dios, recién llegado a Granada, cuando aún era un medio aventurero, se le apareció un niño pobre, que le dijo: “¡Granada será tú Cruz!”. Y todos sabemos cuánto bien hizo San Juan de Dios en Granada, a la par que cuánto le hizo sufrir Granada a San Juan de Dios.


Monseñor Françoise Xavier Van-Thuan (vietnamita) fue hecho prisionero por el régimen comunista de Vietnam el mismo día de su ordenación episcopal, y pasó trece años encarcelado, en condiciones infrahumanas, su único consuelo fue una Cruz sencilla que se hizo con unas maderas usadas en sus trabajos forzados, que un carcelero compasivo le dejó recoger, por caridad, y que posteriormente siguieron siendo su cruz pectoral (“la única Cruz que he conocido” –decía él) cuando el Papa Juan Pablo II lo nombró cardenal.


Mª Emilia Riquelme, esa pobre y desconocida religiosa granadina, fundadora de las Misionera del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, solía decir (Pensamientos, nº 104):


“¿Qué seríamos las misioneras sin Cruz? No miremos tanto de la madera de la que está hecha, sino que pensemos que son las joyas con las que el Señor nos engalana”


San Francisco Javier creció, durante su infancia y juventud, en el castillo propiedad de su familia, a la sombra de un Cristo crucificado enorme, en una capilla de paredes negras en la que esqueletos medievales bailan... lo más sorprendente es que esa imponente imagen de Cristo crucificado ¡está sonriendo! ¡cómo si la muerte le importara un bledo! ¡es el triunfo definitivo de la Cruz!

Todos los que han ido y vamos ondeando el pabellón de “Caballeros de la Cruz” sabemos que sólo ante la Cruz y su contemplación podemos adquirir la sabiduría de la Cruz que antes mencionamos, o asemejarnos un poco más a Cristo.

Cuenta un episodio de la vida de San Bernardo que haciendo oración ante un crucificado, de repente, el Señor le habló y le preguntó que qué quería saber por encima de todo, que él le respondería (hay que tener en cuenta que San Bernardo era dominico, los cuales a su vez son los mejores teólogos). San Bernardo le preguntó al Señor que sólo quería saber “cuál fue el dolor más grande que experimentó en su pasión, Cruz y muerte”. Y el Señor le respondió:

“Yo tenía una llaga profundísima en el hombro, sobre el cual cargué mi pesada Cruz. Esa era la llaga más dolorosa de todas. Los hombres no la conocen. Honrad, pues, esta llaga, y os concederé todo lo que pidáis por ella”.

Y dice el Señor que “los hombres no la conocen¡Pues mira que somos tontos! Porque es de “cajón” –como se suele decir- que aparte de las consabidas heridas de las manos y de los pies, por la crucifixión, o la herida del costado por la lanzada, o de las heridas de la corona de espinas, o las de la flagelación, es evidente que el Señor tuvo que cargar, necesaria y obligatoriamente, con la Cruz camino del lugar de su ejecución, y sin embargo poco nos acordamos de esta herida del hombro del Señor, y tampoco lo hacen los artistas, que pocos crucificados verás que la representen (y si lo hacen es porque, seguramente, conocen la historia de San Bernardo).

¡La herida del hombro de nuestro Señor, causada por la Cruz, la gran desconocida! y un auténtico “Caballero de la Cruz” sabe que sólo hay una forma de honrar la llaga desconocida del hombro del Señor, y es precisamente “arrimando el hombro”, lo mismo que “la mancha de una mora, con otra verde se quita”.

Arrimar el hombro” para un “Caballero de la Cruz” es ofrecer el hombro a todos los hermanos que sufren, ofreciéndoles su ayuda (como modernos Cirineos).

Arrimar el hombro” es ofrecerlo para que se apoyen en él y enjuguen sus lágrimas los que lloran, nunca nadie llorará en presencia de un “Caballero de la Cruz” sin que le ofrezca su hombro para que lloren a gusto  y se desahoguen...

Arrimar el hombro” para un “Caballero de la Cruz” es no escaquearse o escurrir el bulto, es cumplir con las obligaciones y compromisos, por más fastidiosos que sean, del día a día... la rutina, el trabajo, la casa, los niños... un día bien llevado, por más cargado que venga, es la mejor de las cruces, y de las mejor llevadas...

Y concluyo este apartado con una frase lapidaria, de la que desconozco su autor, pero que es de una profundidad impresionante:

“Sabemos calcular cuánto peso es capaz de soportar un puente, pero no sabemos medir cuántas injusticias puede sobrellevar cualquiera de nuestros hermanos sobre sus hombros”

8)     Y todo caballero tiene su dama.

Todos los caballeros medievales tienen su dama, por la que suspiran en sus largas noches de vela, por la que se mantienen con vida en medio del campo de batalla, por quien late su corazón orgulloso en los torneos y en las gestas, deseando que quizás su dama los recompense, dejando caer distraídamente su pañuelo, a modo de prenda de su amor... Reconozcámoslo, un caballero que se precie, no es nada sin su dama...

Así, por ejemplo, nuestro célebre caballero por excelencia, D. Quijote de la Mancha, que se manifiesta de esta forma en lo que se refiere a su amada, Dulcinea: “Dulcinea del Toboso, es la más hermosa mujer del mundo, y yo, por ella, el más desdichado caballero de la tierra”.


No podemos olvidarnos de la reina Ginebra, la esposa del rey Arturo, aunque su verdadero amor era el caballero Lanzarote, siendo célebre su amor prohibido, que torturaba a Lanzarote, que no hacía nada más que dedicarle canciones, poemas y versos imposibles.


¡Qué decir del Cid Campeador, que hasta ganó una batalla después de muerto contra los moros!  Y, sin embargo, antes de partir para el destierro, se deshace en lágrimas al despedirse de doña Jimena: “¡Ay, doña Jimena, mi mujer muy querida, como a mi propia alma, tanto yo os quería!

Y un “Caballero de la Cruz” sabe que el único sitio en el que puede encontrar a su amada, su único punto de encuentro, es la Cruz misma, de la que dice el antiguo canto gregoriano:

Stabat mater, dolorosa,                 Estaba la madre, dolorosa,
iuxta crucem, lacrimosa,               junto a la cruz, lloraba,
dum pendebat filius.                     de la que colgaba el hijo.

Y es que, la amada, la dueña del corazón de un “Caballero de la Cruz” es María Santísima, y sabe que ha de acogerse a ella en todo momento, especialmente en torno a la Cruz. En relación al himno del “Stabat mater”, Juan Pablo II nos da la siguiente catequesis:

La presencia de María junto a la Cruz muestra el compromiso de María de participar plenamente en el sacrificio redentor de su hijo, ya que no rechazó la espada de dolor que le anunció el anciano Simeón (Lucas 2, 35) Ella se convirtió en el modelo perfecto de todos los que aceptan asociarse sin reserva a la ofrenda redentora de Cristo

¡Qué razón tiene Juan Pablo II! Para un “Caballero de la Cruz” la Virgen María no es sólo su amada, sino maestra en este camino de la Cruz, de todos aquellos que son llamados por este camino. Dice al mismo tiempo Juan Pablo II, en esta catequesis sobre “María y la Cruz” que “todo discípulo de Jesucristo está invitado –como Juan, al pie de la Cruz- a acoger a María en su vida, todo cristiano que se llame así debe ofrecer “un espacio” a María, no puede prescindir de su presencia”.

Yo le he dado a María, como cristiano y como hijo, es espacio en mi vida, desde muy joven, de una manera especial, en su advocación del Carmen. Aunque te cuento un poco su historia:

En tiempos del profeta Elías, el rey de Israel, Acab, se casa con una princesa fenicia, y por lo tanto, pagana, que acaba alejando al rey del culto verdadero al Señor, para adorar a los dioses profanos que ella veneraba. No contenta con ello la reina mandó buscar y ejecutar a todos los profetas fieles al Señor, menos al profeta Elías, que escapa milagrosamente. Posteriormente, Elías, siguiendo una orden del Señor, convoca a todos los falsos profetas de la reina Jezabel en la cima del Monte Carmelo y les dice que preparen un montón de leña, con un sacrificio entero, y que a continuación recen a sus falsos dioses, a ver si son capaces de prender el fuego de la hoguera.

Los falsos profetas oran a su dios, todo el día, sin conseguirlo, y a continuación Elías ordena que echen agua sobre la madera, para mojarla, y demostrar que el poder del Dios verdadero de Israel es más poderoso. Elías clama al Señor, en la cima del Monte Carmelo, y entonces el Señor desciende como fuego del cielo, prende la hoguera, consume el sacrificio y mata a todos los falsos profetas de la reina Jezabel. Esta historia del Antiguo Testamento, recogida en el Libro Primero de los Reyes (1 Reyes 18) me sugirió, hace mucho tiempo, la siguiente oración:

Una reina porfía,
querer matar a Elías,
porque no se sometía
a la falsa profecía,
en la cima del Carmelo,
el profeta pone un reto:
Si tu Dios es verdadero,
mande fuego desde el cielo.
Virgen del Carmelo,
purifica así a tu pueblo,
manda desde el cielo el fuego,
que confirma la Palabra del Señor.

Posteriormente, cuenta la tradición, muchos cristianos primitivos, asombrados por esta hazaña de Elías en la cima del Monte Carmelo, empezaron a elegir el Monte Carmelo como lugar para vivir como ermitaños. Poco a poco todos estos ermitaños se unieron en lo que fue la Orden de los Carmelitas.

El 16 de Julio (por eso este día es la fiesta de la Virgen del Carmen) del año 1.251, la Virgen se apareció al superior de los carmelitas, San Simón Stock, entregándole el famoso escapulario, como prenda de que todos los que lo llevaran en vida en honor a ella, serían librados del Purgatorio el primer Sábado después de su fallecimiento.

Mi cariño a la Virgen del Carmen se debe a que yo he sido el único nieto que ha tenido el privilegio de irse a la playa, al apartamento, con mis abuelos, desde el día inmediatamente posterior al inicio de las vacaciones al inmediatamente anterior al de regresar al colegio. Y como mis abuelos tenían el apartamento en Torrenueva, un pueblecito de la costa granadina, y la Virgen del Carmen es la patrona de Torrenueva, y por aquello de que “el roce hace el cariño¡Imposible pasar tres meses seguidos en la playa, cada año, sin tomarle cariño a la Virgen, en su advocación del Carmen, que a María siempre la quise, en mi triple vertiente de hijo, cristiano y andaluz!

En mi visita a Tierra Santa, esperaba con ansía también la visita del Monte Carmelo, quizás por aquello del episodio de Elías, me lo imaginaba como un lugar más dramático y espectacular, pero me decepcionó un poco –pese a la belleza de los jardines de alrededor- pues no se diferenciaba mucho de cualquier otro santuario o ermita de la Virgen en España... y será por el cariño ¡pero la Virgen del Carmen de Torrenueva me sigue pareciendo más “bonica” que la del propio Carmelo, en Tierra Santa! Sí que me impresionó, y me tocó un poco más el corazón, en el mismo Monte Carmelo, bajo el altar de la Virgen la “presunta” cueva en la que el profeta Elías se escondió de la matanza de la reina Jezabel.

Tengo, por ahí, otra oración dedicada a la Virgen del Carmen:

La Columna de Fuego
que guiara a nuestros padres al salir de Egipto,
y la Columna de Fuego
que devorara a los falsos profetas, enemigos de Elías,
ha sido reemplazada por la esbelta figura
de la mujer poderosa,
terrible como un ejército en formación,
hermosa como el sol en el cielo,
la Reina del Carmelo,
ante la que se arrodillan
las flores, los cedros y los hombres.

María Santísima, en cualquiera de los nombres, advocaciones o títulos con que la honran sus hijos en toda la cristiandad es la amada por la que suspira cualquier “Caballero de la Cruz”, bajo cuyo manto se sienten seguros, protegidos y amparados.

9)     Un “Caballero de la Cruz” sólo se rige por la Palabra.

Como sabes, pues es algo que compartí en el viaje, he pertenecido a un grupo de oración de la Renovación Carismática Católica, unos grupos de oración que son muy desconocidos, pero que tienen algo con lo que me atrajeron en seguida: Su amor y su conocimiento de la Palabra de Dios. Yo siempre he sido un enamorado de la palabra de Dios, no sólo para leerla, sino para orarla y estudiarla... ¡Quizás te hayas dado cuenta de ello en la gran cantidad de citas que voy añadiendo en esta carta!

Hay una película, titulada “Dragon’s Heart” (“El Corazón de un Dragón”) en la que un guerrero medieval, en compañía de un dragón bueno, intentan derrocar a un rey cruel que oprime y explota a los pobres campesinos. En la película el caballero medieval repite varias veces “el credo del caballero”:

Un caballero es valeroso,
su corazón sólo conoce la verdad,
su ira aniquila al malvado,
sus palabras siempre dicen verdad.

Si este es el “credo del caballero” de una película, pese a la hermosura de estas palabras, no deja de ser un guión de cine... para un “Caballero de la Cruz” no hay más credo, más guía, más consejo, o más manual de instrucciones que la Palabra de Dios, como muy bien dice el Salmo (Salmo 119, 108):

Tu palabra, Señor,
es antorcha para mis pasos,
luz para mi sendero.

Confirmación de mi amor y devoción por la Palabra de Dios, creo que esto lo sí que lo compartí en el viaje, fue la cita, del apóstol San Pablo, que me fue dada –a modo de acogida- por mi padrino al entrar en la Renovación Carismática Católica, que fue la siguiente (Timoteo 4, 12-14):

Que nadie te menosprecie por tu juventud. Procura, en cambio, ser modelo para los creyentes en la Palabra, en el comportamiento, en la esperanza, en la fe y en la caridad. Hasta que yo llegue, dedícate a la lectura, la exhortación y la enseñanza. No descuides el carisma que hay en ti.

Dicen, los que entienden de estas cosas, que es verdad, que tengo mucha facilidad para compartir la Palabra de Dios con los demás, ya sea en una catequesis, en una enseñanza, en una anécdota de la vida, o en el momento adecuado... si no fuera verdad quizás no me habría atrevido a escribir este pestiño de “Carta de un Caballero de la Cruz”, pero una cosa ten por cierta, ninguna de las citas que hay en ella he tenido que buscarla, simplemente porque me salen solas, quiero decir, sé instintivamente cuál es la mejor para ilustrar aquello que quiero decir, y sobretodo, porque no es palabra mía, es Palabra del Señor, que sólo se vale de mí, como pobre instrumento, como hago yo con este bolígrafo ahora mismo, para tocar tu corazón, que el mío ya lo tiene ganado y todo ello no es posible por leer más la Biblia, sino por el amor a la Palabra del Señor, como dice el Salterio (Cfr. Salmo 19, 10-11):

La Palabra del Señor es perfecta,
y es eternamente estable.
La Palabra del Señor es más pura que el oro,
más dulce que la miel,
de un panal que destila

Dice el Salmo que la Palabra de Dios “es más que el oro” y dice un refrán español que “el que ha ido a París, no regresa a la granja”, quiere esto decir que el que ha probado lo bueno, ya no se conforma con sucedáneos o con imitaciones baratas, por eso me indigné tanto, como pudisteis apreciar, en el viaje a Tierra Santa, cuando me di cuenta que después de compartir –en las celebraciones eucarísticas- en aquellos lugares tan significativos la Palabra de Dios, viniera luego el cura, en la homilía, a desperdiciar la Palabra de Dios contándonos “cuentecicos” de Anthony de Mello, pues como decía San Pablo (1 Corintios 13, 11):

Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé las cosas de niño”

Reconozco, “mea culpa”, que estuve un poco borde e intransigente con este tema, hasta el punto de salirme a la calle en un par de celebraciones de la eucaristía en el viaje, pero era algo superior a mis fuerzas, quizás algo parecido a lo que decía el profeta Jeremías, cuando él mismo se daba cuenta de que su fidelidad a la Palabra de Dios no era entendida por todos, y que eso no le causaba nada más que problemas (Jeremías 20, 8-9):

La Palabra del Señor ha sido para mí
agobio y burla constante.
Yo decía: “No volveré a recordarlo,
ni hablaré más en su nombre”.
Pero había en mi corazón
algo parecido a un fuego ardiente,
prendido dentro de mis huesos,
que yo intentaba en vano sofocar

Así que no descuides nunca tu amor a la Palabra de Dios, como dice el propio Benedicto XVI, en la “Carta Apostólica Postsinodal Verbum Dei” sobre la Palabra de Dios (Verbum Dei, nº 84):

Se ha de formar a los laicos a discernir la voluntad de Dios mediante su familiaridad con la Palabra de Dios

Y como todo esto comenzó en un viaje a Tierra Santa, también del mismo documento “Verbum Dei” del Papa Benedicto XVI, te copio literales estas palabras suyas sobre la relación de Tierra Santa con la Palabra de Dios (Verbum Dei, nº 89):

Al considerar que el Verbo de Dios se hizo carne en el seno de María de Nazaret, nuestro corazón se ha de volver ahora a aquella Tierra en la que se ha cumplido el misterio de nuestra redención y desde la que se ha difundido la Palabra de Dios (...) Miramos con gratitud aquella Tierra, en la que Jesús ha nacido, ha vivido y se ha entregado a sí mismo por nosotros: Las piedras por las que ha caminado nuestro Señor están cargadas de memoria para nosotros y siguen gritando la “Buena Nueva”. Por eso los padres sinodales han recordado esa bella expresión por la que se llama a Tierra Santa como el “Quinto Evangelio

Verdaderamente, nada hay que añadir, tan sólo cerrar los ojos y volver, cuántas veces lo necesitemos, con la ayuda de la memoria (¡y de las fotos!) a Tierra Santa, a cada lugar, piedra o recoveco, en el que el Señor haya hablado sólo para ti...

10)     Un “Caballero de la Cruz” ora y actúa.

Hace ya muchos renglones, yendo hacia atrás, haciendo referencia a que un “Caballero de la Cruz” ante el dolor, el sufrimiento, o cualquier cosa mala de sus hermanos, dije que no podía estarse quieto, que ante todo actuaba, si le era posible en lo humano, pero que si la situación le sobrepasaba, o era heroica o imposible, entonces sólo le quedaba orar.

Encontré, como casi todo, un texto hermosísimo sobre la oración en Internet, lo comparto contigo, es una antigua oración británica:

Hay un sitio donde se pueden tocar los ojos de los ciegos
y darles, al instante, una visión perfecta.
Hay un lugar donde  se puede gritar “¡Levántate!”
a los cautivos agonizantes, atados con las cadenas de la noche.
Hay un lugar donde se puede alcanzar el tesoro
de oro acumulado y librarlo para el Señor.
Hay un lugar, en una tierra distante,
de donde parten los obreros de la Palabra del Señor.
Hay un lugar donde el poder retenido del cielo
puede descender, como la lluvia, con una sola súplica.
Hay un lugar –y una hora- secreto y silencioso
en que Dios desciende y lucha por nosotros.
¿Dónde está ese lugar secreto? ¿Dónde?
¡Oh, alma! ¿No te das cuenta?
Ese lugar secreto es... ¡tu propia oración!

Todo lo que dice esta oración, dicho sea de paso, de una belleza sublime, es absolutamente cierto, lo que pasa es que, en lo que se refiere a la oración,  todos nosotros tropezamos siempre con dos grandes obstáculos:

En primer lugar, que no nos lo creemos, pese a que el Señor mismo dijera: “Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo(Juan 14, 13) ¿Quién de nosotros no se ha quejado, alguna vez, de que Dios no escucha nuestra oración? ¿Y de qué forma oramos? Puedo decir, sin temor a equivocarme, que el noventa y cinco por ciento del contenido de nuestra oración personal son peticiones, quejas, reproches, ayes y lamentos al Señor... siempre pidiendo (como diría mi madre cuando íbamos a pedirle cosas que nos pedían en el colegio “¡Qué angustia, siempre pidiendo, que parece que os ha hecho la boca un fraile!”) pero detengámonos un momento a pensar ¿Y cuántas veces nuestra oración es para dar gracias a Dios? ¡Pues nunca! Claro que podemos objetar diciendo que para lo que Dios nos escucha, que le dé gracias “Rita, la Cantaora”...


Pero no podemos dejar al Señor por mentiroso, que él bien claro ha dicho que “lo que le pidamos, él lo hará” y que ello es “para la Gloria de Dios Padre” es decir, para que le demos gracias... Entonces, si el Señor no nos miente, y nuestra experiencia de oración es “tan desastrosa” en lo que se refiere a la “escucha” de nuestra oración por parte del Señor... ¡Es que algo está fallando! Hay algo que hacemos mal al orar...


Y esto nos lleva al segundo punto, que también nos lo dijo el Señor, pero como somos tan obtusos no nos damos cuenta de las cosas: “Todo lo que pidáis en oración, con fe, lo recibiréis...¡Ah, claro, ahí está el truco, pedir con fe...! ¿Y eso, cómo se consigue?


En primer lugar, haciendo como la primera y más fundamental de nuestras oraciones, con frecuencia, el mismo pedido que los apóstoles le hicieron al Señor: “¡Señor, auméntanos la fe!” (Lucas 17, 5-6) y, en segundo lugar, que no es tan difícil, haciendo las cosas con un poco de sentido común, que como ya se sabe “es el menos común de los sentidos” y es que hay una serie de “truquillos” que todo cristiano debería saber para orar en condiciones, desgraciadamente esto no nos lo enseñan en catequesis, que es algo que tenemos que aprender, que ir descubriendo, poco a poco, en nuestra propia vida de oración y de trato personal con el Señor, y aunque esto es una tarea de cada uno, una experiencia personal e intransferible, intentaré compartir algo contigo alguna de las cosas que yo he aprendido:


Nunca le des la “tabarra” al Señor con “gilipolleces”.


(¡Se me ha escapado otra “palabrota” en una carta santa!) Antes de que te escandalices, deja que me explique, lo haré con un ejemplo muy sencillo:


Figúrate que te resfrías y tienes un gripazo de la muerte ¿Vas a rezar al Señor para que te cure? ¡Olvídalo, pierdes el tiempo! No solamente el Señor no te escuchará, sino que además le ofenderás... Porque el Señor nos ha dado, ante todo, inteligencia que nos ha permitido, entre otras cosas, inventar la ASPIRINA o el jarabe de la tos... ¡O sea, que si no te lo tomas, es que encima eres tonto! La culpa de que no te cures del resfriado no es del Señor, que no escucha tu oración, es tuya por no poner los medios para curarte... y el Señor es tajante en esto... ¡¡Él no es una varita mágica!!


Desgraciadamente, esto sirve para muchas cosas, también para las más graves, por mucho que reces, el pobre que está sentado en el portal de nuestra casa va a comer “porque el Señor ha escuchado nuestra oración”... ¡El pobre no come porque tú no le bajas un bocadillo de tu casa! Así de simple y llanamente. Conclusión: No hace falta rezar, ni tener fe, para que se solucione el problema del hambre en el mundo... ¡Hay que ponerse manos a la obra, otra cosa es que los países, desgraciadamente, no quieren hacerlo!


¡Hala, tacha de tu lista de “asuntos pendientes ante Dios” todas las cosas que podemos resolver por nuestros propios medios, con la inteligencia y los dones que el Señor nos haya dado, y ya verás que “chiquitica” se te ha quedado la lista!


Es un misterio, es verdad, pero el corazón de Dios es así, o como decía Matías Prats “así son las cosas y así se las hemos contado”... el Señor podía haber hecho que los árboles dieran fruto sin esfuerzo, ni trabajo por nuestra parte, pero quiso que Adán cultivara la tierra; el Señor podía haber “teletransportado” a su pueblo elegido a la tierra prometida, pero lo quiso cuarenta años caminando por el desierto, poniendo de su parte (¡Y la vín que no se quejaron poco!); el Señor podía haber aparecido en medio del mundo por su real gana, voluntad y omnipotencia, pero quiso el “” de María; el Señor podía habernos salvado –igualmente- ¡figúrate tú, qué cosas, el Señor todo lo puede! muriendo de ancianito en la cama, después de habernos enriquecido con más sermones y más enseñanzas, pero quiso hacerlo mediante la entrega de sí mismo en la Cruz; el Señor podía haber socorrido al pobre hombre que había recibido una paliza en medio del camino, pero tuvo que ser un Samaritano el que lo hiciese; el Señor llevando la Cruz podía haber sido SUPERMÁN, con una fuerza sobrehumana, pero tuvo que ser el Cirineo el que llevara la Cruz...


“¡Un poquito de fe, por favor!


Hay una anécdota, de un santo párroco, puede que del Santo Cura d’Ars, San Juan María Vianney, aunque puede que me equivoque, pues no estoy muy seguro, que nos cuenta que en una ocasión en que había una gran sequía, los parroquianos le pidieron que hiciera unas rogativas y una procesión para pedirle a Dios la tan necesaria y ansiada lluvia- Llegado el día de la procesión, el cura se plantó en la puerta del templo diciendo que la rogativa y la procesión quedaban suspendidas:


¿Por qué? – Gritaron todos los presentes.


¡Porque ninguno de vosotros ha traído el paraguas! –Fue la respuesta tajante del buen párroco.


Ciertamente... ¿Qué sentido tiene rezar si no nos lo creemos? ¿Para qué rezar por la lluvia si no tenemos la mínima fe de coger el paraguas sólo “por si acaso” el Señor escucha nuestra oración? ¡Pues para nada, ciertamente!


Y es que, si antes, ya acortamos nuestra lista de “asuntos pendientes ante Dios” tachando todas las cosas que no resolvemos nosotros, por pura comodidad nuestra, y ahora tachamos de la misma las cosas que no nos creemos... ¡Pues nos vamos a quedar sin lista!


Algunos sabéis cuánto he rezado por Carmen, mi compañera del trabajo, que después de varios abortos espontáneos se ha llevado el gran susto de su vida al saber que está embarazada nuevamente... ¡y de gemelos!, para que todo salga bien y esos niños nazcan felizmente... Rezar, he rezado estos nueve meses como nadie... pero ¿Era necesario que para mí fuera casi una necesidad vital el ir a Ain-Karem, el lugar del encuentro de María e Isabel, ambas embarazadas? ¿Era necesario que las únicas velas que encendí, en todo el viaje, fueran en Ain-Karem? ¿Era preciso hacerme la foto acariciando la barriguita de Isabel y de María? ¡Pues claro que sí, porque rezar sin que lo manifestemos externamente –he ahí la fe- no sirve de nada!


Todos rezamos para que nos toque la “Primitiva¡Es tan humano y comprensible, especialmente en estos tiempos de crisis! Pero se me ha estropeado el televisor del cuarto de estar ¿Qué le vamos a hacer? Pues me he comprado otro “confiando” en hacer frente a este gasto inesperado con la paga extra de Navidad... ¡Pero si no confío en el Señor, me quedo sin “Primitiva” y sin televisor! A no ser que adoptemos la postura de mi abuela, que en relación a la lotería, solía decir: “¡A mí me toca siempre el reintegro, porque como no juego!”, que es lo mismo, en clave de oración, el derrotismo que tenemos cuando decimos: “¿Para qué voy a rezar? ¡Para lo que el Señor me escucha!”


Otro truco de la oración que nunca falla...


Si el Señor no te escucha en la oración, deja la “ventanilla de peticiones” y vete directamente a “los enchufes”, lo mismitico que cuando tenemos que arreglar cualquier tipo de petición ante la Administración Pública... y nuestro “enchufe” es María... ¡Qué es verdad, que a Jesús “le importaba un pimiento” el papelón de los novios de Caná de quedarse sin vino en su propia boda! “¿Y a ti y a mi, qué nos importa?” (Cfr. Juan 2, 4), pero María, toda resuelta ella que dice dispuesta: “Haced lo que él os diga” (Juan 2, 5) Es como si María dijera: “¡Pues anda que a mí, como si me importara lo que a ti te importe! ¡Soy tu madre, y punto en boca!” ¿O es que acaso nosotros no hemos escuchado nunca esas mismas palabras de boca de nuestras madres? ¿Es que acaso hemos negado algo a nuestras madres cuando nos lo piden “haciendo pucheritos y con cara de pena”? ¡Pues el Señor, como hijo, tampoco puede! 


Por eso, llenos de confianza, al rezar la “Salve” nos referimos a María como “abogada nuestra”, y por eso, San Bernardo, pudo escribir esta bella oración:


Acordaos, oh, piadosísima Virgen María,

que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido
a tu protección,
implorando tu presencia,
y reclamando tu socorro,
haya sido jamás defraudado por ti.

Ser valientes y no rezar tanto por nosotros.


Sabemos que las religiosas de clausura entregan su vida y la consumen, dentro de los muros de su clausura, rezando por todas las necesidades del mundo y de la Iglesia, entre las que se encuentran también las nuestras, pues pertenecemos al mundo y somos Iglesia.


Una vez, en un encuentro de jóvenes con religiosas de clausura, en el que estaba yo presente, alguien preguntó a la madre superiora de un convento de clausura de clarisas, por supuesto, tras su reja del locutorio: “Si no consideraba su vida de oración un desperdicio”... Jamás olvidaré la respuesta de aquella mujer, santa, que nos dijo:


Pensad en las raíces de un árbol, dan vida a todo el árbol, lo sostienen y lo alimentan, pero tienen un inconveniente... ¡están bajo tierra! Todo el mundo admira el árbol, ve las flores tan bellas y saborea los frutos... ¡pero nadie se acuerda de las raíces! Es más, las raíces, en su entierro, tampoco saben nada de las flores, ni de los frutos, pues no los ven... La vida de clausura es igual, nadie nos ve, enterradas en vida, nadie se acuerda de nosotras, oramos, ciertamente, haciendo que la Iglesia crezca, de flores y frutos, y ni siquiera nos enteramos... pero el árbol no puede vivir sin ráices, ni la Iglesia sin nosotras...


Aquel día hice la firme promesa de no volver a rezar nunca jamás por mí mismo, por mis intenciones o mis necesidades (y lo he cumplido hasta hoy) porque si en algo soy flor o fruto, se lo deberé –a modo de homenaje y gesto de fe- a mis raíces, a toda la vida de oración, contemplación y clausura de cuántos buenos hombres y mujeres el Señor ha llamado a rezar por mí, desde su silencio y anonadamiento. Y para ejemplo de anonadamiento, el propio Señor Jesucristo, del que canta bellamente San Pablo (Filipenses 2, 6-8):


Cristo, a pesar de su condición divina,

no pretendió ser igual a Dios,
sino que se despojó de sí mismo,
tomando la condición de esclavo,
asumiendo semejanza humana,
y apareciendo en su porte como hombre,
se rebajó a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte,
y una muerte de Cruz.

Y aparte de la promesa que hice, que he comentado antes, esta es la otra razón para no rezar nunca por mí mismo, mis necesidades o mis intenciones, porque un “Caballero de la Cruz” es siervo de un Señor, y éste crucificado, y no puede ser más que su Señor, y si es consciente de que tiene de su parte “esta arma tan poderosa” como es la oración, igual que si fuera su espada de caballero, jamás la usará en beneficio propio, sino en beneficio de los demás, al servicio, como tanto le gusta decir a la Biblia “del pobre, del huérfano y de la viuda”, esto es, al servicio de los demás.


Hay un momento, en la liturgia, inmediatamente antes de comulgar, en el que decimos: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Es otra de nuestras más grandes peticiones, con toda la fe puesta en el Señor, pues son las palabras del centurión que, tenía tanta fe en el Señor, que aún creía que podía sanar a su siervo “a distancia” (Mateo 8, 8) Pues bien, este es el momento de la celebración eucarística que yo aprovecho para presentar al Señor todas las intenciones, oraciones y peticiones de los demás por las que ya oro en otros momentos del día, por si me olvido de algo o de alguien:


Domine, non sum dignus serviendi te

in fratribus meis,
pauperum pignus et auxilium
eis sum,
si deprecatio laborque meae
imbecillae sunt.

¡Ah, se me olvidaba, perdona! Está en latín porque esta oración la compuse cuando estaba en segundo de BUP, dando latín por vez primera, y como me encantan la lengua y la filología ¡Me daba a mí la sensación de que escribiéndola en latín sonaba como más solemne! Pero no temas, que te la traduzco:


Señor, no soy digno de servirte

en mis hermanos,
pobre garante y ayuda
soy para ellos,
si mi oración y mi trabajo
no son suficientes.

No lo considero un mérito, más bien es de ser tontos, en el sentido de “demasiado confiado”, pero tengo comprobado que el Señor sólo me escucha cuando rezo por los demás, sus intenciones o sus necesidades... en lo que a mí respecta, todo lo mío está en manos de las monjitas de clausura “pues yo sé de quién me he fiado(2 Timoteo 1, 12).

11)     Cargar con nuestra propia Cruz.

Hay una anécdota, en el “Evangelio Apócrifo de Tomás” (que narra la infancia de Jesús) en la que un hombre rico le encarga a José que le hiciera una cama. Pero cuando José está en la carpintería, ensamblando las piezas, descubre que una de las piezas laterales de la cama es más corta que otra... Sin saber qué hacer aparece Jesús niño en la carpintería y le dice a San José que coja el tablero más corto, que él tirará del otro lado, haciendo que la tabla se empareje con la otra. (Evangelio de Tomás, XIII, 1-2).

Si Jesús, de niño, creció en una carpintería, jugando con virutas y maderas, y ayudaba frecuentemente a su padre en la carpintería... hemos de suponer que si de algo entiende es de maderas, por eso no se puede equivocar cuando se trata de calcular las “dimensiones” de la Cruz de nuestra vida, la que nos toca llevar, la nuestra y no la de otro.

Como siempre, lo expresa mejor que yo San Luís María de Grignión Monfort en su "Carta a los Amigos de la Cruz", pues dice:

Que cada uno cargue con su Cruz, y no con la del vecino, que lleve con valentía y alegría su propia Cruz, no la de los demás:

La Cruz que el Señor nos ha fabricado calculando con sabiduría su peso, número y medida (Sabiduría 11, 20).

La Cruz, cuyas dimensiones –espesor, longitud, anchura y profundidad- que el Señor ha trazado con su propia mano con perfección extraordinaria.

La Cruz que el Señor ha labrado con un trozo de la que él mismo llevó camino del Calvario, como fruto del amor infinito que nos tiene, ya que la Cruz es el mejor regalo que nos puede ofrecer.

La Cruz, cuyo espesor, está constituido por todo lo malo que nos acontece, la enfermedad, los contratiempos, las penalidades de la vida, todos aquellos pequeños obstáculos de la vida...

La Cruz, cuya longitud, viene dada por la duración en días, meses o años de todo lo anterior, pero que en ningún caso nos tiene que agobiar, sino alimentar en nosotros la paciencia y la humildad.

La Cruz, cuya anchura, es el abrazo del Señor, el único que debemos buscar y desear, sobretodo cuando son nuestros amigos, familiares, compañeros o conocidos los que nos hacen daño, los que no nos abrazan, los que nos rechazan...

La Cruz, cuya profundidad, son todas aquellas situaciones de la vida en las que ni siquiera alcanzamos a ver al Señor mismo obrando en ella... Es la profundidad de la “noche oscura del alma” en palabras de San Juan de la Cruz: “¡Dios mío, Dios mío...! ¿Por qué me has abandonado? (Mateo 27, 46)”

Por eso, un “Caballero de la Cruz” lleva siempre con humildad, paciencia y, sobretodo, alegría, su Cruz, sabiendo que es aquélla que el Señor ha diseñado para él, como si fuera su bandera, su pendón real, la insignia de su Señor, y Rey a quien sirve. Y que nunca falte la alegría al llevar la Cruz, esto es algo que nos repite constantemente San Luís María de Grignión Monfort, y es algo que todos los santos sin excepción nos dicen, o al menos, eso cuentan sus biografías:

¡Que todos los suplicios del infierno caigan sobre mí” solía decir, arrebatado, San Ignacio, mártir.


Por su parte, Santa Teresa de Jesús de Ávila solía decir: “O padecer, o morir”


“Sufrir y ser menospreciado por el señor es la tarea que tengo” eran las palabras de san Ignacio de Loyola.


“Somos siervas de un Dios crucificado y esperamos en su misericordia poder reinar con él, mientras tanto, sufrir es nuestra herencia” – decía mi querida Mª Emilia Riquelme (Pensamientos, nº 114).

Dice San Luís María de Grignión Monfort que “nos alegremos cuando el Señor nos regale alguna Cruz, porque ciertamente ¡el mejor regalo del Señor es nuestra propia Cruz!” y añade que si lo entendiésemos “haríamos peregrinaciones como los santos, para encontrar el sitio en que el Señor tiene nuestra Cruz preparada” Al menos una cosa es cierta, que la peregrinación a Tierra Santa es verdad que la hemos hecho, y la Cruz la hemos hallado, y hasta tenemos “un trocito de ella” y nos causa alegría, porque sabemos cuánto nos une, y cuánto el Señor nos dice en ella... A partir de ahora, cuando nos asalten las cruces de nuestra vida, las llevaremos de otra forma, con otra fuerza, con otra paciencia, con otra alegría... y para eso nos bastará con mirarla, ahí, en su relicario.

12)     Ponerse bajo la mirada amorosa de Dios Padre.

Si un “Caballero de la Cruz” tiene la Cruz por insignia o bandera, a Jesucristo como modelo, a María Santísima como a su dama, y la Palabra de Dios como su lema y credo de actuación,  al igual que los caballeros medievales, saben que no actúan “de por libre”, haciendo su voluntad, sino que son vasallos de un Señor por encima de ellos, de un Rey a quien sirven, con sus vidas si hace falta.

En el caso de un “Caballero de la Cruz” no es necesario que se diga de nosotros aquello que dice el refrán de “¡Qué buen siervo, si tuviera buen señor!” pues ten por cierto que lo tenemos, a Dios Padre bueno del cielo.

Porque Dios –nos dice San Luís María de Grignión Monfort- es como un rey supremo que contempla desde lo alto de una torre a sus soldados, que combaten en el campo de batalla, y se compadece por ellos y los alaba por su valentía ¿En quién fija Dios su mirada sobre la tierra? ¿En los reyes y en los soberanos, sentados en sus tronos? A estos casi siempre los mira con desprecio ¿Contemplará entonces, a los ejércitos triunfantes, a las joyas preciosas, es decir, a todo lo que es grande a los ojos del hombre? ¡No! Porque lo que es grande a los ojos de los hombres, es abominable a los ojos de Dios (Lucas 16, 15) Entonces... ¿En qué pone Dios su mirada? ¿De qué pide informes a los ángeles? Dios sólo tiene ojos para los que cargan con su Cruz, para los que luchan contra la injusticia, para los que se desviven por sus hermanos, para los que se encuentran aún en el campo de batalla de la vida”.

Todo esto es cierto, dice la Biblia, que Dios cuando concluyó la creación, se paró a contemplarla toda y vio que era buena, pero al ver al hombre, vio que era muy bueno (Génesis 1, 31); esto en lo que se refiere al principio, pero si nos vamos al otro extremo, al final, el Señor también le dijo a Juliana de Norwich, una mística inglesa del Siglo XIV, a la que el Señor se apareció durante una Cuaresma, y ella deseaba saber muchas cosas, y agobiaba al Señor con todo tipo de preguntas sobre el pecado, la muerte, el sufrimiento, hasta que al final, el Señor, un poco harto de tanto interrogatorio, para tranquilizar de una vez a la buena mujer, que “Al final, todo saldría bien”.

Y es que todo, incluso en nuestra vida, por más nubarrones que se acumulen sobre ella, por más cosas que no veamos, ni entendamos, por más perdidos y desorientados que estemos... tenemos la promesa del Señor de que “al final todo saldrá bien”, porque como bien dijo San Ireneo de Lyón: “La Gloria de Dios es que el hombre viva(“Gloria Dei, homo vivens”).

Por lo tanto, la mejor manera de hacernos dignos de la mirada de Dios, es que nunca nos desesperemos, nunca consintamos que nadie nos robe la autoestima, que nunca caigamos en depresiones estúpidas, porque para el Señor somos “más preciosos que las niñas de sus ojos”.

Y eso me recuerda un canto de la Renovación Carismática Católica:

¿En quién me fijaré?
¿En quién me fijaré?
¿En quién mis ojos yo pondré?
En el corazón contrito,
en el corazón humilde,
en el corazón sencillo
y que tiembla ante mi palabra.
Es tan fácil,
es tan simple,
es tan llano su camino...
No soy digno
de que entres
en mi casa, oh, amigo,
pero una palabra tuya
bastará para sanarme.

Y hablando de autoestima y confianza en uno mismo, pisoteada y destrozadaa, te contaré una historia, que no sé si la sabes, por si la compartimos en el viaje:

No sé por qué, pero desde la muerte de mi abuelo paterno, primero, y de mi padre, después, la familia de mi padre se ha portado fatal e indignamente conmigo –sin saber el motivo- la lista y la cantidad de los agravios, las ofensas y las humillaciones darían para llenar otro cuaderno como éste. El caso es que, tras el fallecimiento de mi abuela, hubo que hacer el reparto y liquidación de la herencia de mis abuelos, en suma, repartir la herencia... Fuimos convocados todos en la Notaría, ya que mis hermanos y yo “sustituíamos” a mi padre, fallecido ya, en la legítima que le correspondía de la herencia de mis abuelos... Yo iba nervioso “por tener que enfrentarme a aquella ralea” (me refiero a mis tíos y tías paternos) aunque tranquilo (al salir de casa, me despedí de la Virgen del Carmen que está en mi cuarto, diciéndole: “Sea lo que sea, que sea justo, que no nos tomen mucho el pelo a mí y mis hermanos, por la memoria de mi padre”)

En teoría, aunque esto sería discutible, nos dieron lo que nos correspondía, hasta ahí todo bien, pero al finalizar el acto y darnos nuestro cheque sucedió “algo” (vamos a dejarlo así, sin más explicación) que mis tíos y mis tías tenían preparado para vejarme, humillarme y despreciarme de forma cruel...

Salí de la notaría llorando, como alma que lleva el diablo, sin darle tiempo a mi madre, que también estaba citada al acto, para que pudiera alcanzarme y preguntarme que qué me pasaba (pues ella no estuvo presente en ese “algo”), o pudiera consolarme... En mi huída, todo humillado y destrozado, de la Notaría me tropecé, en la misma calle, con un macetero decorativo del Ayuntamiento, que en vez de tierra tenía trozos de corteza de forma ornamental, y sentí el enorme impulso irrefrenable de coger uno de esos trozos de corteza y guardármelo en la mochila que llevaba, aunque sin saber el origen de ese enorme impulso a llevarme algo del escenario de mi dolor...

Algunos días después, mucho más calmado, leyendo el Libro de Josué de la Biblia, que cuenta los distintos episodios del pueblo elegido conquistando la tierra prometida, me di cuenta de que al final de cada batallita, contratiempo o dificultad de la que Josué y sus hombres salen victoriosos, siempre con la ayuda de Dios, el Señor le manda que tomen unas piedras del camino, que levanten un altar y que le pongan un nombre simbólico para perpetua memoria de lo allí ocurrido y de lo que el Señor ha hecho por ellos... Como en el siguiente ejemplo (Josué 7, 26):

Levantaron un gran montón de piedras
que existen todavía hoy,
así el Señor se calmó del furor de su cólera,
por eso llamaron al sitio “Valle del Acor”,
hasta el día de hoy

Entonces comprendí, en primer lugar, que de todo lo malo el Señor puede sacar algo bueno, no en vano de la muerte de mi abuela y de su herencia salía el cheque que pagó nuestro viaje a Tierra Santa ¡Si no, de qué éste pobre muerto de hambre iba a poder hacer el viaje de sus sueños y el más importante y transcendental de su vida! ¡Tierra Santa, Nazaret, el Monte Tabor, el Calvario... las fotos, conoceros a vosotros, las piedrecitas, y este regalo de “nuestro trocito de la Cruz” bien valieron la humillación, el desprecio y la vejación que sufrí en la Notaría!

Y enseguida entendí, en segundo lugar, mi impulso por llevarme “algo” de recuerdo del escenario de tanto sufrimiento personal para mí, ¡para que hiciera lo mismo que Josué!, para que lo conservara siempre –como las piedras- como memoria perpetua de que el Señor torna siempre lo malo en bueno, porque él no quiere, ni de lejos, que nada malo nos suceda.

Y de regreso del viaje de Tierra Santa, mucho más calmado, aunque igual de dolido, aunque viendo también las cosas en perspectiva, el Señor me suscitó está oración personal (un paralelismo con la canción de antes):

¿A quién escucharé?
¿A quién yo juzgaré?
¿Quién trae, su pleito, ante el Señor?
Es mi sangre humillada,
es mi sangre ultrajada,
es mi sangre renegada
por quienes dicen ser mis familiares.
Yo te digo: “Hijo, mío,
yo te llamo: “No mi sangre”,
toma un hito del camino
y que sea tu testigo,
porque una palabra mía
es decreto en tierra y cielo,
por la sangre de mi Hijo,
restituyo tus ofensas...

13)      Recibir siempre la Cruz con gratitud.

Todo se tiene que terminar y esta “Carta de un Caballero de la Cruz” también... a modo de despedida las mejores palabras y el mejor consejo –como siempre- son de San Luís María de Grignión Monfort: Recibir siempre la Cruz con gratitud.

No reciban nunca la Cruz sin besarla humildemente, con gratitud y cuando el Señor en su bondad les regale una Cruz de mayor importancia, denle gracias a Dios de forma especial, y hagan que otros los acompañen en esta acción de gracias, siguiendo el ejemplo de aquella pobre mujer que, después de perder todos sus bienes en un pleito injusto, mandó enseguida celebrar una misa con el dinero que le quedaba, para darle gracias a Dios, por la buena suerte que había tenido

Y hasta aquí, creo, que queda dicho todo...

14)  Oración a la Cruz.

Como sabes, por historia, cuando Enrique VIII, rey de Inglaterra, solicitó a Roma la nulidad de su primer matrimonio con Catalina de Aragón, porque se había enamorado perdidamente de Ana Bolena, al no conseguirlo, pues el Papa no le concedió la nulidad, se auto-proclamó “Cabeza de la Iglesia de Inglaterra”, lo que dio lugar al cisma anglicano, y a partir de ahí se sucedió la persecución, encarcelamiento, ejecución y martirio de los católicos ingleses que seguían siendo fieles al Papa de Roma, y no al rey de Inglaterra, y entre ellos fue asesinado hasta el propio Canciller y Secretario del Rey, Santo Tomás Moro.

Pues bien, durante este tiempo de persecución de los católicos de Inglaterra, descubrí que había una oración a la Cruz que los católicos siempre escondían entre sus papeles, y que sin embargo, cuando te la encontraban, era una prueba irrefutable para los jueces británicos de que eras católico, lo que te podía suponer la pena de muerte:

Crux Christi, semper sit mecum,
Crux Christi, est quam simper adoro,
Crux Christi, superat glaudium,
Crux Christi, solvit vincula mortis,
Crux Christi, est arma invincibilis,
Crux Christi, est vita et via,
Crux Christi, impedit omne malo,
Crux Christi, dat omne bonum,
Crux Christi, affert vitam eternam,
Crux Christi, salvet me,
Crux Christi, sit super me,
Crux Christi, sit ante me,
Crux Christi, sit post me,
quia anticuus hostis simper fugit ubi te vidit.

¡No sufras, que te la traduzco!

Cruz de Cristo, siempre conmigo,
Cruz de Cristo, a la que siempre adoro,
Cruz de Cristo, más fuerte que la espada,
Cruz de Cristo, limpia las manchas de la muerte,
Cruz de Cristo, es arma invencible,
Cruz de Cristo, eres el camino y la vida,
Cruz de Cristo, que impides todo lo malo,
Cruz de Cristo, que traes todo lo bueno,
Cruz de Cristo, que traes la vida eterna,
Cruz de Cristo, salva me,
Cruz de Cristo, siempre sobre mí,
Cruz de Cristo, siempre delante de mí,
Cruz de Cristo, siempre detrás de mí,
porque los antiguos enemigos huyen allá donde te ven.

Pues que estas palabras broten de nuestra boca, de nuestro corazón y de nuestro ser “Caballeros de la Cruz” cada vez que, con emocionado recuerdo, miremos a “nuestro trocito de la Cruz” regalo del Señor para nosotros en nuestro viaje a Tierra Santa.