martes, 7 de marzo de 2017

VENGA A NOSOTROS TU REINO
¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


Vosotros orad así:

Padre nuestro que estás en los cielos, 

santificado sea tu Nombre;
venga tu Reino; 
hágase tu Voluntad 
así en la tierra como en el cielo.
Nuestro pan cotidiano dánosle hoy;
y perdónanos nuestras deudas, 
así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;
y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.

(Mateo 6,9-13)



El Señor nos enseña a rezar hoy el Padrenuestro, la  oración de las oraciones, la oración que nos enseñó el Señor mismo, la más querida y reverenciada por los cristianos (por eso en la Eucaristía el sacerdote invita, humildemente a la comunidad, a orarla, diciendo "nos atrevemos a decir...") y las más querida por mí (¡tranquilos, no voy a compartiros una vez más la anécdota de mi abuelo, el padrenuestro y los pitufos! aunque si aún alguien siente curiosidad la encontrará aquí).

Casualmente, si es que las casualidades existen, ayer mismo, buscando otra cosa en internet, como me suele pasar casi siempre, por casualidad descubrí que, aunque la oración del Padrenuestro ha llegado a nosotros con la certeza de que esas fueron las palabras que el Señor enseñó a los discípulos, pues aparece en el Evangelio de Mateo, en Lucas:

Padre, 
santificado sea tu Nombre, 
venga tu Reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano,
y perdónanos nuestros pecados 
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, 
y no nos dejes caer en tentación.

(Lucas 11,2-4)

Y aparece de la misma manera en las citas de los santos padres comentándola y en el texto catequético-litúrgico de la DIDAJÉ (que es de la segunda mitad del Siglo I, mas o menos):

Nuestro Padre, en los cielos,
santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
hágase tu voluntad, 
como en el Cielo así también en la tierra.
Nuestro pan cotidiano dánosle hoy.
Y perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros también perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos lleves a la tentación; 
mas líbranos del mal. 

(Didajé, Cap VIII, 2)

Ha querido el Señor, ¿casualidad?, darme a conocer, ¡precisamente este año que tanto y tanto estamos orando al Espíritu Santo! en este JUBILEO DE ORO de la Renovación Carismática Católica, que existen dos antiguos manuscritos del Evangelio, los catalogados como "minúsculo 166" y "minúsculo 700", en los que hay una pequeña variante al Padrenuesto en la versión de Lucas, que quedaría de la siguiente manera:

Padre, 
santificado sea tu Nombre, 
venga tu Espíritu Santo que nos purifica,
danos cada día nuestro pan cotidiano,
y perdónanos nuestros pecados 
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, 
y no nos dejes caer en tentación.

(Lucas 11,2-4, en la versión de los textos citados)

A este respecto dice san CIRILO DE JERUSALÉN: 

Sólo un corazón puro puede decir con seguridad: ¡Venga a nosotros tu Reino! Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: "Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal" (Romanos 6,12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus  palabras, puede decir a Dios: ¡Venga tu Reino!. 

Aunque es San GREGORIO DE NISA el que nos explica el sentido de esta variante, pues seguramente él conoció el texto que la contenía: 

La petición para que venga a nosotros el reino de Dios, nuestro Padre, equivale a pedir "la extinción del reinado del enemigo por el pecado", lo que Lucas —según algunos manuscritos— explica mejor, sustituyendo la petición "venga tu Reino" por "venga sobre nosotros tu Espíritu Santo que nos purifica", pues  es propio del Espíritu Santo purificar y perdonar los pecados de aquellos en los que estuviere. 

De esta forma, el Reino de Dios no ha de venir ostensiblemente, sino que el Reino de Dios ya está dentro de nosotros "el Reino de Dios viene sin dejarse sentir (...) porque el Reino de Dios ya está entre vosotros" (Lucas 17,20-21), en nuestra boca y en nuestro corazón (Deuteronomio 30,14), el que ora y suplica que venga el Reino de Dios está orando por el Reino divino, que tiene dentro de si, para que  surja y dé fruto y se perfeccione. El Reino de Dios, que está en nosotros llegará a la perfección cuando "Cristo, una vez sometidos a si todos sus enemigos, entregue a Dios Padre el Reino, para que Dios sea en todas las cosas" (1 Corintios 15,24-28) y para que nosotros demos frutos en el Espíritu Santo, de modo que en nosotros se edifique, precisamente, su reino por el que se pasee Dios con libertad (como al comienzo de la creación), y que sea Dios solo el que reine en nosotros.