viernes, 10 de marzo de 2017

¡SI NOSOTROS NO HEMOS MATADO A NADIE!


El Evangelio de hoy (Mateo 5,20-26) resulta claro "todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal", y es que como las personas, la gran mayoría de los mortales, solemos ser siempre "de extremos", del estilo "o todo, o nada", rara vez nos paramos a pensar que "en el término medio radica la virtud" según los antiguos, de ordinario solemos creernos buenos, siempre solemos decir al confesor, casi a modo de justificación de todo lo demás, como cerrando la confesión "¡bueno, tampoco he matado a nadie!", y puede que sea verdad, ninguno de nosotros, creo, haya matado a nadie a conciencia y con premeditación, pero no menos cierto es que la ausencia de homicidios en nosotros nos haga buenos necesariamente, porque tenemos formas más sutiles de matar, de asesinar, de incordiar a nuestros hermanos, que no serán tan radicales como sesgar una vida, pero que ciertamente nos "hacen malos"....

El Señor, una vez más, viene a sacarnos de nuestra hipocresía... ¡No te equivoques, que no hace falta matar a nadie, pero tampoco eres bueno si irritas o insultas a tus hermanos! ¡Y de estas dos cosas seguro que tenemos anécdotas, casos y situaciones como para ponernos de rodillas delante del confesionario, con un fardo lleno!


Y claro, de lo primero, de todos aquellos que, erróneamente, nos creemos buenos, están los templos llenos ¡faltaría más, si no tengo las manos manchadas de sangre!, así se explica que las iglesias estén llenas de fieles a la hora de comulgar y los confesionarios estén vacíos, es verdad, nuestras comunidades parroquiales no son una cueva de asesinos, ni de sicarios ¡somos todos tan buenos!, y una vez más la voz del Señor resuena demoledora en nuestras conciencias "por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda". Deberíamos bajar el listón de nuestras expectativas de santidad y bondad, aplicarnos los diez mandamientos no en el extremo, si no en la justa medida y entonces sí, descubriremos, cuán pobres y pecadores somos, que al fin y al cabo, descubrirlo, es lo que nos hace implorar misericordia, y con ella, alcanzar la gracia del perdón, pues eso, y no otra cosa, es precisamente la Cuaresma.