lunes, 20 de marzo de 2017

LA FE ES LA MISMA
¡PERO PODEMOS IR A DISTINTO PASO!


Celebramos hoy, porque ayer lo impedía litúrgicamente el ser Domingo de Cuaresma, a San JOSÉ, por eso el Evangelio de hoy (Mateo 1,16.18-21.24) nos relata nuevamente circunstancias del nacimiento del Señor.

Pero hoy me he dado cuenta de algo en lo que no había caído, es gracias a la Encíclica REDEMPTORIS CUSTOS (sobre la figura y la misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia) de JUAN PABLO II, y es que mientras que la fe de MARÍA, cuya ENCARNACIÓN estamos ya muy próximos a celebrar, fue acoger el plan de Dios en su vida de forma sumisa y humilde, a la vez que sin dudar "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1,38), lo que hizo que una sorprendida ISABEL la saludara diciendo "¡Dichosa tú, que has creído!" (Lucas 1,45), la fe de JOSÉ transcurrió por otros derroteros, pues si bien dudó al principio "como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto" (Mateo 1,19), pese a todo también fue dócil a la voluntad del Señor, aún sin entender "hizo como el ángel del Señor le había mandado" (Mateo 1,24).

De aquí se deduce algo, que aunque resulta evidente, no siempre es así, y que en caso de no entenderlo, puede provocarnos dudas de fe absurdas, o sin querer, creárselas nosotros a los demás, especialmente cuando se atraviesan circunstancias adversas, y es que debemos de ser conscientes de dos cosas: En primer lugar la fe no tiene por qué ser la misma en todas las personas, aunque todas ellas crean, y en segundo lugar los niveles de fe para nada tienen que ver con los niveles de nuestra felicidad, mucho menos, éxito o progreso. Sacar estas conclusiones es dolorosísimo para la persona que a tales erróneos pensamientos llega.

Recientemente sólo es que hemos sabido que la Madre TERESA DE CALCUTA, fundadora de una de las pocas congregaciones religiosas existente en el mundo "con lista de espera" para sus novicias y postulantes, que realiza una labor misionera y caritativa ingente, atravesó durante los últimos cincuenta años de su vida una crisis de fe, una "noche oscura del alma" -como diría San JUAN DE LA CRUZ- que la llevó incluso a plantearse si Dios existía, o si no estaría engañando a todas las jóvenes que la seguían en el camino por ella iniciado; muchas veces cuando alguien lo pasa mal, pensemos por ejemplo en na terrible enfermedad, es legítimo y lícito enfadarse con Dios, tener dudas, decirle aquello de "¿Por qué a mi? ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?", este primer momento es hasta psicológicamente recomendable, y cada cual ha de pasar este trago solo, pero si encima llegamos nosotros y le decimos con esa superficialidad que nos da el ver los toros desde la barrera "¡Ten fe, ya verás como todo se arregla!" puede que consigamos el efecto contrario, que esa persona dude de su fe, o crea que el Señor le está castigando por ello, o por algún pecado o falta del pasado, hemos de tener cuidado con zaherir la fe de los que dudan imponiéndoles las certezas de la nuestra, porque como dice San PABLO "al herir la conciencia de los hermanos débiles en la fe, pecáis contra Cristo mismo" (1 Corintios 8,12).

Uno no va a creer, tener más fe que una anciana que sólo sabe de su rosario, tarde tras tarde, con fidelidad, los minutos antes de empezar la Eucaristía de cada día, arrodillada en su banco de la primera fila, por el hecho de ser titular de una licenciatura en teología y un doctorado muy complejo en cualquier rama de la teología... ¡Seguramente la anciana pensará que el que adolece de falta de fe es el teólogo, encerrado en sus libros, en vez de acompañarla a ella en su rosario diario! 

Así que no olvidemos, como dice San PABLO "la fe que tienes, guárdala para ti mismo delante de Dios" (Romanos 14,22), y ayudemos a los demás a caminar con la suya, es lo que hizo MARÍA precisamente, "ella lo guardaba todo en su corazón" (Lucas 2,19) nos dice el Evangelio, pero supo amoldar su paso al de JOSÉ, con sus dudas, ayudándole a caminar con ella, puede que a otro paso, pero en la misma dirección, añade JUAN PABLO II 

La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el mismo misterio del que él junto con María se había convertido en el primer depositario.