jueves, 16 de febrero de 2017

TOMAR LA CRUZ Y SEGUIR AL SEÑOR
¡PERO LLEVEMOS LA CRUZ CON GRACIA!


Curiosamente ayer terminábamos el comentario del Evangelio diciendo:

Por tanto, ante las dudas sobre Jesús, aferrémonos a la Cruz, pues como dice el refranero andaluz "no hay cruz sin Cristo, ni Cristo sin Cruz" así no nos equivocaremos.

Y en el Evangelio de hoy (Marcos 8,34-9.1) el Señor nos dice exactamente lo mismo, pero respecto de nosotros:

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. 

San LUIS Mª de GRIGNION MONFORT tiene un pequeño opúsculo titulado "Carta a los Amigos de la Cruz", y comentando este punto, el del seguimiento del discípulo que ha tomar su cruz, nos dice, acertadamente, lo siguiente:

La Cruz hay que cargarla, no arrastrarla, ni rechazarla, ni recortarla, ni mucho menos, ocultarla. Que la llevemos bien alta en la mano, sin impaciencia, ni tristeza, sin quejas, sin murmuraciones, sin componendas y sin sentir por ello respeto o vergüenza humana.

He dicho "acertadamente" porque comparto plenamente estas palabras de San LUIS Mª de GRIGNION MONFORT. Solamente hay una forma, aunque parezca contradictorio, de llevar la Cruz “con elegancia” (si es que se puede decir así) y es con alegría, y esto es algo que, ciertamente, muy pocos entienden: Sin el Viernes Santo no hay Domingo de Resurrección, “no hay Jesús sin Cruz” –como hemos dicho ya-, sin la noche no se sucede el día... ¡Pero son tantos los que se estancan en el dolor y se quedan paralizados, sin poder avanzar hacia la luz y la esperanza!

Dice San PABLO: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Corintios 15, 14) Y sin embargo, estoy plenamente convencido de que para todos los que sufren, lloran, pierden la esperanza, los cristianos de poca ayuda les servimos, porque caminamos tristes, cabizbajos, acongojados, agobiados, como si tampoco nosotros tuviéramos motivos para la alegría o la esperanza. Sencilla y llanamente... ¡Me niego!

Esto es algo que tengo claro: Una de mis mejores armas como “Caballero de la Cruz” (mote que me pusieron, cariñosamente, mis compañeros de viaje a TIERRA SANTA por mi cabezoneria con el tema de la cruz), aparte del “cinturón de la verdad”, “la coraza de la justicia”, “las sandalias de la predicación”, “el escudo de la fe”, “el casco de la salvación” y “la espada del Espíritu Santo” (Efesios 6, 14-17) ¡Menuda equipación, eh! Es la “granada o la bomba de la alegría y del sentido del humor”... Seguramente, a San PABLO, al hacer la lista  de la equipación de un “buen soldado de Dios” se le olvidó porque tenía muchas cosas en la cabeza... Pobrecito, le disculparemos por ello, aunque –entre nosotros y en voz baja, y en secreto- para mí que PABLO era más bien hosco y huraño, que no me lo imagino yo muy chistoso, la verdad.

Y es que, esto lo tengo comprobado, he acercado –suponiendo que me pueda apuntar esto como un tanto a mi favor, pues la obra es del Señor- a lo largo de mi vida más gente al Señor con un chiste que con una catequesis, he vencido más a mis enemigos “haciéndome el tonto” que combatiendo con ellos en terreno abierto y he desbaratado más planes del Maligno con una carcajada que con invocaciones a los santos, porque tengo comprobado por experiencia que lo que más le jode (¿Se pueden decir palabrotas en un comentario del Evangelio?) al Maligno, preciamente a él, que es el sumo orgulloso, es que se pitorreen de él en toda su cara y lo ninguneen.

Quizás esto suene un poco irreverente, pero si el Señor me ha dado una vocación, o un don, llamadlo como queráis, es mi alegría y mi sentido del humor, a prueba de bombas, especialmente en las situaciones más duras y difíciles, mías o de los demás, prefiero quedarme al pie de la cruz con mis bromas y mis payasadas, para que nadie que llegue al pie de la Cruz tenga la tentación de detenerse en ella, les arrancaré una sonrisa para ayudarles a descubrir que el camino sigue, un poco nada más, hacia la esperanza... ¡Un payaso al pie de la Cruz, inconcebible! –dirán algunos, quizás los sesudos teólogos encerrados en sus torres de marfil, que son como PABLO, los teólogos, unos huraños y unos cascarrabias. Y que conste que esto no es, ni de lejos, una novedad, que no soy el único instrumento del sentido del humor de Dios:

MOISÉS, el gran profeta, y el autor de la mayor epopeya de liberación del Pueblo de Dios, era tartamudo (Éxodo 3, 10); el Rey DAVID acompañó el traslado del Arca de la Alianza a su estancia definitiva bailando semidesnudo delante de ella durante toda la procesión (2 Samuel 6, 14); JEREMÍAS se tuvo que presentar ante los suyos, los de su pueblo, con un yugo al cuello, enjaezado como un buey, para que le hicieran caso (Jeremías 27, 2); EZEQUIEL durante una temporada se queda mudo y tiene que predicar mediante mímica (Ezequiel 3, 26); OSEAS se tiene que casar con una prostituta y ponerle “nombres raros” a sus hijos, para que el pueblo “capte el mensaje” del Señor (Oseas 1, 2-8)... y es que, al parecer, para estar de parte del Señor, en este mundo, como se suele decir “hay que ser tonto o parecerlo”.

Pues que me tomen por loco, tonto o inconsciente es algo que no me preocupa mucho, como buen “Caballero de la Cruz” porque la Cruz es, en sí misma, como decía San PABLO: “locura para los gentiles, escándalo para los judíos” (1 Corintios 1, 23). Y no debo de andar muy equivocado, en esto de que la mejor defensa de la Cruz es la alegría, cuando el mayor amante de la Cruz, el propio San LUIS Mª de GRIGNION MONFORT, en su "Carta a los Amigos de la Cruz" dice:

Alégrate, pues tú, pobre idiota, si sabes sufrir con alegría, pues ya sabes más que cualquier doctor universitario, que no sabe sufrir tan bien como tú.

¡Hala, encima me llama pobre idiota, ahí queda eso!

Y, finalmente, a modo de moraleja final San LUIS Mª de GRIGNION MONFORT nos deja con una especie de coplilla y su explicación:

Elige para ti una de las tres cruces del Calvario,
elige con cuidado, pues es necesario,
padecer como santo, o como penitente,
o como réprobo sufrir eternamente.

Es decir, ante la Cruz caben tres posturas:


La aceptación humilde de la Cruz, que la hace santa, como en el caso de Jesucristo; la aceptación de la Cruz es una oportunidad de Dios para algo bueno en nuestras vidas, como lo hizo el buen ladrón; o andar maldiciendo y refunfuñando ante la Cruz, convirtiéndola en escándalo y perdición, en una auténtica tortura para nosotros, como hizo el mal ladrón. El Señor nos invita hoy a "tomar nuestra Cruz" ¿Cuál de ellas escogerás para comenzar a seguirle?