miércoles, 1 de febrero de 2017

NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

La pequeña sinagoga de NAZARET, donde realmente predicara el Señor
"Nadie es profeta en su tierra"

"Nadie es profeta en su tierra" (cfr. Marcos 6,4) un versículo del Evangelio de hoy que, incluso, hemos convertido en refrán popular, aunque -he de reconocerlo- el caso es que, ni siquiera como refrán, he logrado nunca entender muy bien qué es lo que significa:

Por un lado podría pensarse que no es posible "predicar" entre los que nos son más cercanos, digamos familiares, amigos, compañeros de trabajo..., precisamente porque por si misma cercanía "nos conocen bien", es decir, conocen bien de nuestras incoherencias, es decir, saben perfectamente distinguir si somos coherentes "entre el dicho y el hecho", o cuando hablamos "cara a la galería", o cuando estamos "haciendo el paripé" de forma hipócrita... por eso, además, suelen ser las críticas de familiares, amigos o compañeros de trabajo las que nos duelen más, quizás porque saben bien de lo que hablan; claro que como todo lo anterior no se puede decir, ni aplicar, a la persona de Jesús, pues al Señor esto del "doble juego" no se lo podemos achacar, entonces habrá que buscar otra explicación al refranillo.

Entonces nos tendremos que decantar por la otra explicación, la de nuestra debilidad y nuestra flaqueza. Me explico. Quizás por la cercanía de todos aquellos que hemos mencionado antes, familiares, amigos, compañeros de trabajo, es por lo que también saben de nuestras debilidades, nuestras flaquezas, nuestro pecado... entonces cuando hacemos algo "contra lo que se espera", ya sea de bueno, de magnífico, de maravilloso, en contra de la imagen que se han formado de nosotros, es cuando les sobreviene el escándalo y la incredulidad: ¿Acaso no es éste -lo digo por mí- el payaso, el de la broma fácil, el que siempre está alegre, el que siempre está haciendo el tonto? ¿Cómo es que se atreve a ponerse serio y hablarnos del Señor? ¿Acaso no es éste -lo digo por mí, nuevamente- el que siempre está a sus cosas, el que no se entera de nada? ¿Cómo es que va a ser capaz de discernir nada o va a osar aconsejarme y meterse en mi vida? 

Y oto reproche hacia el Señor, del Evangelio de hoy "¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?", porque con ello ya vamos a descalificar a la persona entera, es como si diéramos más credibilidad en nuestra vida a un consejo que nos pueda dar nuestro jefe del trabajo "por ser vos, quien sois" aunque el mismo consejo nos o diera, por ejemplo, la limpiadora de la oficina ¿quién se cree la fregona ésta para darme consejos?, estaríamos negando la dignidad de la pobre mujer, por cierto, que a este respecto, comentando este Evangelio San ATANASIO nos dice que decirle al Señor en tono despectivo "¿No es acaso el carpintero, el hijo de María?" es tanto como negar la Encarnación del hijo de Dios, pues dice:


Por esto existe verdaderamente María, para que de ella tome el cuerpo y, como propio, lo ofrezca por nosotros... El ángel Gabriel le anunciaba con cautela y prudencia, diciéndole no simplemente que nacerá «en ti»; sino «de ti»... Todas las cosas sucedieron de esta forma para que la Palabra, tomando nuestra condición y ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos después a nosotros de su condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar: «Es preciso que lo corruptible se revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Corintios 15,53). Estas cosas no son una ficción, como algunos juzgaron; ¡tal postura era inadmisible! Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre y de él ha conseguido la salvación a toda la humanidad. Y de ninguna forma es ficticia nuestra salvación; y no sólo la del cuerpo, sino que la salvación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra. Así pues, era por naturaleza humano lo que nació de María y, según las divinas Escrituras, era verdaderamente el cuerpo del Señor: fue verdadero porque era igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos hemos nacido de Adán.