miércoles, 8 de febrero de 2017

DANOS UN CORAZÓN NUEVO


En el Evangelio de hoy (Marcos 7,14-23) el Señor recuerda hoy a los discípulos "¿No sabéis que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo?", y de paso el evangelista añade -"así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos"- lo que se debe a las polémicas anteriores tenidas con los fariseos sobre la purea ritual, da igual, la de los alimentos, la de las manos, la de lo utensilios... y advierte a los discípulos que es el interior del hombre, en su corazón, donde anida todo aquello que mancha al hombre:

Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre.

Será por qué se acerca la Cuaresma, ayer mismo el Papa FRANCISCO hacía público su mensaje para este tiempo litúrgico, pero a tenor de lo anterior, quizás deberíamos empezar a rezar, junto con el salmista (Sal 50,12):

“Oh Dios, crea en mí un corazón puro.”

Porque sólo por medio de la oración es que podemos ir haciendo limpieza de nuesto corazón y de todo lo malo que en él anida. A este respecto escribe ISAAC, el Sirio, del Siglo VII: 

Está escrito que sólo la ayuda de Dios salva. Cuando un hombre se da cuenta que ya no hay salvación, se pone a orar. Y cuanto más ora, tanto más su corazón se humilla, ya que no se puede orar y pedir sino es con humildad. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.” (Salmo 50,19) Mientras no adquiera un corazón humilde, el hombre está expuesto a la dispersión. La humildad recoge su corazón. A un hombre humilde le envuelve la compasión y su corazón percibe la ayuda de Dios. Descubre una fuerza que se levanta en su interior, la fuerza de la confianza. Cuando el hombre experimenta así el auxilio de Dios, cuando le siente cercano y le ayuda, su corazón se llena de fe y comprende entonces que la oración es el refugio y el auxilio, fuente de salvación, tesoro de confianza, puerto seguro, luz de aquellos que viven en las tinieblas, sostén de los débiles, amparo en tiempos de prueba, ayuda en la enfermedad, escudo que libera del peligro en los combates, flecha disparada contra el enemigo. En una palabra, una multitud de bienes le viene al hombre por la oración. Su delicia será la oración. Su corazón queda iluminado por la confianza.

Y no olvidemos tampoco, ahora que estamos celebrando el 50 Aniversario de la Renovación Carismática Católica que San PABLO nos dice "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" (1 Corintios 3,16), por eso, para invocar la Efusión del Espíritu Santo en nosotros, esta inhabitación de nuestro corazón por el Espíritu Santo, primero hay que orar, insistentemente, por un corazón nuevo, o si lo preferís, cantadlo sin cesar:


Vosotros seréis mi pueblo,
por siempre seré vuestro Dios,
os daré un corazón nuevo,
os infundiré mi Espíritu de Amor.

Será un corazón sin fronteras
donde todo se halle en un lugar,
donde el único lenguaje
sea de amor y unidad.

Será un corazón que se conmueva
levantará al que cansado está,
llorará con el que llora,
con el que ríe, reirá.

Será un corazón donde brote
la justicia y la fidelidad,
sembrará la esperanza,
surgirá la verdad...