miércoles, 11 de enero de 2017

UNA MUCHEDUMBRE SE AGOLPABA A LA PUERTA


Me ha llamado una cosa la atención del Evangelio de hoy (Marcos 1,29-39) que narra los comienzos, en el Evangelio de Marcos, de la vida pública del Señor, pero contra lo que pudiera parecer no ha sido lo más importante "se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar", pues a este respecto San CIPRIANO, Obispo de CARTAGO y mártir, refiere "¡Qué grande es la bondad y la misericordia de Dios en favor de nuestra salvación! No se contentó con rescatarnos del pecado por su sangre, sino que ha querido orar por nosotros"; ni tampoco la segunda parte de la actividad del Señor,  "curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios / predicando en las sinagogas y expulsando los demonios", para esta actividad del Señor es PEDRO, en su discurso en Hechos de los Apóstoles, el que hace el comentario "vosotros sabéis cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, el cual anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él" (Hechos 10,38).

Entonces... Os estaréis preguntando ¿Qué es lo que me ha sorprendido del Evangelio de hoy? Pues algo que damos por descontado y que es evidente "la ciudad entera se reunió delante de la puerta" y más adelante "todos te andan buscando", en otro comentario del Evangelio de hoy he leído algo así "estoy seguro de que, a pesar de la multitud de gente con la que se veía Jesús, tenía una mirada de amor, una palabra, un gesto personalizado para cada uno" y ahí es donde quería llegar yo. Pese a las multitudes que le seguían, seguro que el Señor tendría una mirada, una caricia, una palabra, un gesto con todos y cada uno de los presentes... Y mira que a nosotros nos gustan las multitudes para según qué cosas, a ver... ¿Cuántos seguidores tenemos en las redes sociales? (sean las que sean), ¿Cuántos amigos podemos decir que tenemos? ¿Cuántos en número -aunque no sean de mi departamento concreto- forman el computo total de trabajadores de mi empresa o de mi centro de trabajo? ¿Cuántos niños, lo que equivale a tantos padres, forman parte de la clase, o la catequesis de nuestros hijos? ¿Cuántos nos podemos reunir a celebrar la Eucaristía un domingo cualquiera en nuestra parroquia?


De multitudes, muchedumbres, más o menos relacionadas con nuestra persona, como vemos a poco que hagamos el esfuerzo de contabilizarlas, vamos servidos... ahora bien ¿están todos agolpados a mi puerta? ¿me siguen porque quieren hacerse los encontradizos conmigo? ¿acuden a mí para sus problemas materiales y espirituales? ¿soy capaz de tener una palabra, un gesto, una mirada, un consuelo, un alivio, para todos ellos, individualmente? Una vez me dijo un compañero del trabajo, en este caso un limpiador, que "cada persona que conocemos deja algo de sí en nosotros, y se lleva algo de nosotros consigo", evidentemente no somos el Señor, pero nos decimos discípulos suyos, el efecto levadura del que habla la parábola (Mateo 13,33-35) está perfectamente explicado en esas palabras de mi compañero del trabajo, porque al menos, que cada persona que trate con nosotros, hoy, ¡ojalá que lo que se lleve de nosotros sea precisamente al Señor!

Sería un buen propósito, sencillo, aunque exigente, que cada día no pase en nosotros, sin al Señor adorar, la Palabra anunciar y a alguien servir. ¡Que no es nada!