martes, 31 de enero de 2017

SI AL MENOS TOCARE LA ORLA DE SU MANTO


El Evangelio de hoy (Marcos 5,21-43) me es especialmente grato y querido, porque nos narra la curación de la mujer hemorroísa, sin duda alguna mi milagro favorito de todos los que hiciera el Señor, puede que no sea el más espectacular, pero sí el más lleno de fe, en lo que se refiere al pensamiento de la mujer enferma "si al menos tocare su manto, quedaré sanada", y ahora os contaré por qué es mi milagro favorito.


Porque yo no es que sea especialmente delicado y tiquismiquis en lo que a las cuestiones litúrgicas se refiere, me da igual que se celebre la Eucaristía sobre una caja de madera de fruta, boca abajo, que haga de altar con el cura en vaqueros revestido sólo con la estola (lo que es de esperar, por ejemplo, en un camping, en una misa en un campamento en la montaña...), como si es la misa de campaña en pleno combate, como la de la foto, como si es en el Altar Mayor de la Catedral de LEÓN, porque siempre he tenido claro que la dignidad del momento no la dan los ornamentos (perdonadme, porque sin haberlo preparado me ha salido pareado), sino nuestra conciencia acerca de lo que se está celebrando y el respeto que ello supone: Celebrar con dignidad, arrodillarse en la consagración, comulgar con conciencia... 

...Pues lo mismo debió pensar la mujer que sufría, la hemorroísa, porque la normativa judía prohibía a la mujer durante la menstruación el contacto con nada o con nadie ¡pues lo volvía todo impuro por su propia impureza! ¡imagináos entonces la pobre cuya hemorragia no cesaba nunca! y, no obstante, se pone en camino, entre la multitud ¡encima para tocar a un rabino respetable, el Señor (en la conciencia de sus paisanos)! ¡algo más inaudito y arriesgado pues! Y no nos engañemos, no lo hizo movida por la superstición o la magia cuando para sí decía "si al menos tocare su manto, quedaré sanada", porque el Evangelio dice que "había gastado todos sus bienes en médicos", por lo que no debemos de tachar de supersticiosa la actitud de una mujer que en vez de gastar el dinero en curanderos o charlatanes, lo ha hecho con médicos, como es lo correcto... por eso ella se pone en marcha, por la fe, sabiendo que como mujer, impura y enferma no debía de dirigir la palabra, ni siquiera presentarse, ante un rabino notable es por lo que, pensaría ella, lo único que le quedaba era tocar la orla de su manto.

Y antes hablé de la liturgia, porque precisamente las palabras de la mujer hemorroísa son las que yo me digo mentalmente, siempre, en la celebración de la Eucaristía, justo después de decir las palabras del centurión "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" por las que nos empezamos a poner en fila para comulgar, yo camino de comulgar, añado siempre "si al menos le rozare, quedaré sanado", con la misma fe de la hemorroísa.

A modo de curiosidad, sólo de curiosidad, os diré que en algún texto apócrifo de la antigüedad, se comenzó a unir la identidad de la mujer hemorroísa (cuyo nombre no se menciona en el Evangelio) con esa otra figura tradicional de la VERÓNICA, quizás sea una forma popular de dar a entender, en ese pietismo propio de los apócrifos y el afán de dar respuesta a todo de los primeros creyentes, que lo mismo que el Señor curó la enfermedad de la sangre de la pobre mujer tocando su manto, ella le devuelve el favor, precisamente, enjugando la sangre del Señor en el vía crucis con el lienzo de su paño.

Por lo tanto, no tengamos remilgos a la hora de comulgar, que nuestros escrúpulos de conciencia no nos priven de la comunión, hemos de confesar, ciertamente, los pecados mortales especialmente, pero por dudas veniales, por los tropiezos cotidianos ¡no os privéis de comulgar! recordad que nos acercamos pobremente a la comunión diciendo las palabras de un pagano "Señor, no soy digno", añadamos la fe de la hemorroísa "si le rozo, al menos, sanaré" y la palabras tan bellas del Papa FRANCISCO en la Evangelii Gaudium "la Eucaristía es el remedio de los pecadores, no el premio de los perfectos".


Os dejo con este bello canto de la hemorroísa, compuesto por el padre EDGAR LARREA, de quien hace poco supe de su fallecimiento, el Señor le premiará evangelizar con textos musicalizados tan bellos como éste.