sábado, 28 de enero de 2017

NUNCA A LA DERIVA EN MANOS DEL SEÑOR
¡AUNQUE PAREZCA QUE DUERME!


El Evangelio de hoy (Marcos 4,35-41) nos presenta el episodio de la tormenta en el Mar de GALILEA (mal llamado mar, se trata del lago de GENNESARET), el caso es que en la peregrinación a TIERRA SANTA, el día que nos tocó navegar por el lago el fraile franciscano que era nuestro guía nos dijo que "no nos dejáramos engañar por el aspecto apacible del lago" porque -según nos explicaba- "en el momento menos pensado se meten los vientos (no me acuerdo de la procedencia de los mismos, aunque el guía lo explicó) y se encrespa en un santiamén". 

Efectivamente, en el Evangelio de hoy sucede lo mismo, el Señor y los apóstoles se suben a la barca para pasar al otro lado del lago "ellos despidieron a la gente y lo recogieron en la barca" (Marcos 4,36) y en efecto, tal como nos dijo el guía "se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca que estaba a punto de anegarse" (Marcos 4,37) y ya sabemos lo que pasó, que los discípulos empezaron a agobiarse, pensando que de verdad se ahogaban en medio de aquel vendaval que encrespaba el lago "Maestro, ¿no te importa que naufraguemos?" (Marcos 4,38), mientras que el Señor -otro detalle de su humanidad, pues estaba cansado y dormía agotado, que en esto debe de ser como yo, que soy capaz de quedarme dormido en el filo de una navaja y no me entero de nada de lo que sucede a mi alrededor- "él dormía en la popa sobre un cojín" (Marcos 4,38), hasta que despertado por el nerviosismo de los apóstoles, por fin, reacciona e "increpando sobre el viento y el lago (...) al punto se tranquilizó" (Marcos 4,39), no sin decirle a los apóstoles "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?" (Marcos 4,40).

Quizás el Señor, con este episodio de la tormenta en el lago, durante la etapa de discipulado y enseñanza de los apóstoles, quería darles una enseñanza acerca de algo que siempre ha interrogado a la humanidad, desde que el mundo es mundo, de una duda que nos amarga a nosotros mismos cuando las cosas se tuercen, el horizonte se pone sombrío y aparecen los nubarrones, sean los que fueren, sobre nuestras vidas: El aparente silencio de Dios, la ausencia del Señor, cuando todas estas cosas se ciernen sobre nosotros, para que en esos turbios momentos de nuestra vida recordemos "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?"... Para que llegados a este punto no seamos cobardes, no vayamos a pensar, como aquel estribillo de EUROVISIÓN de la célebre canción de REMEDIOS AMAYA: "Ay, ¿quién maneja mi barca, quién? Que a la deriva me lleva, ¿quién? Ay, ¿quién maneja mi barca, quién? Que a la deriva me lleva, ¿quién?", porque aunque aquella cantinela nos llevará al naufragio, al menos en el festival de EUROVISIÓN de aquel año así fue -que no nos dieron ni un puntillo-, no es menos cierto que en nuestra vida no sucede lo mismo, si hemos de creer que el Señor es "quien maneja nuestras barcas", no menos cierto es que él no quiere que "vayamos a la deriva", porque como dice el Salmo 116,15: "Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus hijos", es decir él no quiere nada malo para nosotros, pues como bien nos recuerda el propio Señor, refiriéndose a sí mismo: "Dios al mundo amó, a su hijo dio, para que todo aquel, que crea en él, no se pierda y tenga vida en él" (Juan 3,16).

Y ya que estamos hablando de barcas, de tormentas, de dudas y de seguridades, no hay nada mejor, en estos menesteres, que acordarse de MARÍA, nuestra barca en medio de la tormenta, según esta bella oración compuesta por San BERNARDO:

Si se levanta la tempestad de las
tentaciones, si caes en el escollo de
las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella
del Mar: ¡Invoca a María!

Si te golpean las olas de la soberbia,
de la maledicencia, de la envidia,
mira a la estrella: ¡Invoca a María!

Si ante el recuerdo desconsolador 
de tus muchos pecados 
y de la severidad de Dios, 
te sientes ir hacia el abismo del desaliento 
o de la desesperación,
lánzale una mirada a la estrella, 
e invoca a la Madre de Dios.

Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir. 
Bajo su manto nada hay que temer. 
¡Bajo su guía no habrá cansancio,
y con su favor llegarás felizmente 
al Puerto de la Patria Celestial!