jueves, 29 de diciembre de 2016

UN PUEBLO QUE RÍE...
UN PUEBLO QUE LLORA...
¿EN CUÁL TE ENCUENTRAS TÚ?


Nos narra el Evangelio de hoy (Lucas 2,22-35) la presentación del Señor en el Templo, según la costumbre de ISRAEL, es evidente que este texto contiene el llamado himno "nunc dimittis", titulado así por la primera palabra del texto latino "ahora puedes dejar ir" que recita el anciano SIMEÓN, y que es de sobra conocido, casi como para recitarlo de memoria, para todos aquellos que esté familiarizados con el rezo de la Liturgia de las Horas, pues se reza todos los días en las Completas (la última oración de la noche):

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

Sin embargo el Evangelio es Palabra de Dios, pan cotidiano, palabra diaria, por eso cada día -aunque los textos se repitan periódicamente- nos dice algo nuevo, dependerá de nuestra capacidad de escucha y de atención, en otras ocasiones de nuestro estado de ánimo, a veces nos fijaremos en algo que otra vez nos pasó desapercibido, o tocará nuestro corazón un texto que nunca antes nos había emocionado o dicho nada... y en esta ocasión, lo que ha llamado mi atención no es el archiconocido himno, sino las palabras que dice SIMEÓN a MARIA, y no precisamente, tampoco, las más conocidas, las referentes a "y a ti, una espada te atravesará el corazón", sino las precedentes:

Mira, éste (Jesús) está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten.

Y es que al decir que el Señor está para que unos se levanten, y otros caigan ("como bandera discutida" añade) me he acordado de otra escena, recogida en este caso (ya sabéis que me encanta la historia de los escritos bíblicos) en un apócrifo, llamado "Protoevangelio de Santiago", porque narra el nacimiento e infancia del Señor, que nos cuenta que en el camino de San JOSÉ, con MARÍA ya embarazada y a término, camino de BELÉN, sucedió la siguiente escena:

Y, habiendo caminado tres millas, José se volvió hacia María, y la vio triste, y dijo entre sí de esta manera: 

Sin duda el fruto que lleva en su vientre la hace sufrir. 

Y por segunda vez se volvió hacia la joven, y vio que reía, y le preguntó: 

¿Qué tienes, María, que encuentro tu rostro tan pronto entristecido como sonriente? 

Y ella contestó: Es que mis ojos contemplan dos pueblos, uno que llora y se aflige estrepitosamente, y otro que se regocija y salta de júbilo. 

(Prot. Sant XVI,2)

¡Qué suerte tenemos los creyentes! Somos el pueblo que ríe, el pueblo que se levanta, el pueblo que está de la parte que siempre gana... ¡Ha nacido el Señor, y nuestro único mérito, que no es nada grande, es el mismo que el de pastores, gentes sencillas, los reyes magos... ha sido simplemente darnos cuenta cuando otros no! Porque en contra de lo que dice el prólogo del Evangelio de San JUAN, que se refiere al pueblo de ISRAEL, unos pocos, los que nos decimos cristianos, hemos sabido que "él ha venido a los suyos, y los suyos le hemos recibido, y a todos los que le hemos recibido, a los que creemos en su nombre, nos ha dado el poder de ser hijos de Dios" (Cfr. Juan 1,11-12) y que así sea, que seamos luz sobre el celemin, que seamos la sal de la tierra, que seamos la levadura en la masa, que seamos esperanza, que seamos ilusión, que seamos sorpresa, que seamos alegría, que seamos lo que marca la diferencia en el mundo, sin aspavientos, sin distinguirnos de los demás, que tenemos los mismos problemas, sufrimientos, quebraderos de cabeza, angustias y agobios que el resto del mundo mundial, pero en algo nos diferenciamos, todos nosotros -desde el Papa FRANCISCO hasta la más sencilla aldeana de un pueblo perdido en la montaña- somos el pueblo que ríe, el pueblo que canta, el pueblo que alaba...

... porque así, poco a poco, un pueblo se forma, que vive en el mundo pero no es de él. Que tiene problemas como todos ellos, pero no parece padecer por ello. Este pueblo canta, cuando el mundo llora, y cuando está en sombras, este pueblo es luz. Porque todos ellos claramente han visto la luz que manaba del rostro de Cristo.


Este últimamente párrafo no es mío, es de una canción del cantautor LUIS ALFREDO, es un poco lenta, y hasta diría que triste, ni mucho menos un villancico, pero sintetiza mucho lo que os he querido compartir hoy: ¡No temas, MARÍA, que estamos de la parte del pueblo que ríe, estamos de parte de JESÚS, nuestra ALEGRÍA!