viernes, 2 de diciembre de 2016

PEOR ES LA PENA DE NO QUERER VER

Dice el refrán granadino, conocidísimo gracias a nuestro turismo: "Dale, limosna, mujer, que no hay nada como la pena de ser ciego en GRANADA", y es que es una pena perderse la belleza de nuestra ciudad, pues algo parecido se le podría decir, precisamente, a los ciegos protagonistas del Evangelio de hoy (Mateo 9,27-31), precisamente, en TIERRA SANTA, que tuve la posibilidad de visitar y conocer, y si quitamos las construcciones de iglesias, monasterios y ciudades modernas, que es lo que no estaba en tiempos de JESÚS, no cabe duda de que la misma pena tenía que tener un ciego, por no poder disfrutar de paisajes tan bellos como los de aquellos lugares, sin quitar por supuesto la magnificencia de JERUSALÉN y el Templo. 

No cabe duda de que nuestro sentido de la vista, en muchos casos, marca esa diferencia entre la luz y la oscuridad, quien es ciego de nacimiento seguramente suplirá esta carencia con sus otros sentidos, interpretará la realidad de forma diferente a nosotros, que desconocemos, pero quien se queda ciego después de haber visto, debemos de entender, pasa por un sufrimiento y una pérdida mayor, si no que me lo pregunten a mí, que aunque no ciego, las cataratas me hacen darme cuenta de cuán importante es la vista... me cuesta leer, lo demás se suple, porque ver normal o borrosillo, te acostumbras, pero leer, estudiar, escribir, no me imagino el no poder hacerlo... de la misma manera, cuando pecamos sabemos también que el pecado marca la diferencia entre el gozo y la pena, la tristeza y la alegría, el querer y no poder...

Quizás por eso, los dos ciegos del Evangelio de hoy une a su petición ambas realidades, la de pecador y la de su discapacidad: "Ten compasión de nosotros, hijo de David", y no es porque yo piense que ser ciego sea causa de ser pecador (o me contradiría con lo que dije ayer), sino que el ciego recurre al Señor para que restaure ambas realidades, ambas sombras, ambas pérdidas. 


También nos dice el Evangelio de hoy que los ciegos supieron hacerse los encontradizos con el Señor, dice el Evangelio que le salieron al paso del camino, siguiéndole, mientras decían "Ten compasión de nosotros, hijo de David" Resulta curioso que antes de la revelación de Jesucristo al mundo, por medio de su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, todos los personajes bíblicos tuvieron que ir a tientas en su relación con Dios, para ellos la fe era un constante juego de tira y afloja, de ensayo y error, un ir dando palos de ciego, precisamente, de ciego, y que sin embargo, miles de años después, pese a tener la confirmación de que el Señor ha resucitado, pese a que nuestra fe -desde que "la cosa comenzase en GALILEA" (Hechos 10,37)- debería estar a años luz de aquellos que nos precedieron, cosa que, por cierto también dijo el Señor "Dichosos vosotros porque en verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron" (Mateo 13,17) y sin embargo seamos incapaces de poder decir, a boca llena, como dice el Señor a los ciegos: "Que os suceda conforme a vuestra fe", vuestra fe os ha salvado.

Quizás la enseñanza del Evangelio de hoy sea recordarnos que hay que hacer todo lo posible por hacernos los encontradizos con el Señor, tenemos el Evangelio, tenemos la Iglesia, tenemos los Sacramentos, y muchos de nosotros "seguimos sin ver", o aunque nos hagamos los encontradizos con el Señor, si pese a ello, seguimos en tiniebla, duda, soledad, que insistamos, que sigamos haciéndonos pesados"Ten compasión de nosotros, hijo de David", porque si después de todo esto seguimos afirmando, que no encontramos al Señor, seguramente será que la pena ya no sea la de "ser ciego en GRANADA, o en TIERRA SANTA", sino la pena de que "no hay peor ciego que el que no quiere ver"...