jueves, 17 de noviembre de 2016

NO RECONOCEMOS AL SEÑOR CUANDO VIENE DE VISITA


En el último artículo hablábamos de los nervios de cuando tenemos una visita en casa y queremos dar lo mejor de nosotros mismos... en el Evangelio de hoy (Lucas 19,41-44) aunque sea sobre la ciudad de JERUSALÉN el Señor nos dice "no reconociste el tiempo de tu visita". JERUSALÉN, la ciudad que recibió al Señor de forma gloriosa en su entrada triunfa, pero que luego le cerró su corazón, como lo hiciera desde siempre a la misericordia de Dios, primero en los profetas "como un ave aleteando, el Señor Todopoderoso protegerá a Jerusalén: protección liberadora, rescate salvador" (Isaías 31,5), "llamarán a Jerusalén: Trono del Señor, acudirán a ella todas las naciones, porque Jerusalén llevará el Nombre del Señor" (Jeremías 3,17), "se trata de Jerusalén: la puse en el centro de los pueblos, rodeada de países" (Ezequiel 5,5), "el Señor rugirá desde Sión, alzará la voz en Jerusalén y temblarán cielo y tierra; el Señor será refugio de su pueblo, alcázar de los israelitas" (Joel 4,16)... después en su propio Hijo, como pensaba iluso para sí el padre de la parábola de los viñadores homicidas "por último les envió a su hijo, diciéndose: A mi hijo lo respetarán" (Lucas 20,9-18).

JERUSALÉN se convierte, hoy, para nosotros en todo un signo, una llamada de atención para nosotros, como curiosamente terminábamos ayer "Jesús Eucaristía llama a la puerta de tu corazón… no vaciles… abre pronto. ¡Oh si se retira cansado de esperar! no. Hoy, mañana no" (Mª EMILIA RIQUELME, Pensamientos nº 108) porque hoy el Señor se sigue manifestando en cada momento, situación y circunstancia de nuestra vida y nuestra historia; sigue hablando y nos manifiesta su amor infinito y misericordioso. Evidentemente muchas veces nos cuesta distinguir esa presencia de Dios y su caminar a nuestro lado, pues tenemos muchas distracciones, muchas dificultades para percibir el paso del Señor a nuestro lado. Peor es cuando ni siquiera nos consideramos "dignos de visita alguna" y nos creemos abandonados, fue la percepción del Señor mismo en el desierto en las tentaciones, en su abandono en la oración en el huerto, en la misma Cruz "Dios mío, Dios mío... ¿Por qué me has abandonado?" (Mateo 27,46), incluso, curiosamente fue la lucha de algunos discípulos cuando el Señor les habló sobre el pan de vida “es duro este lenguaje, ¿quién podrá escucharlo?” (Juan 6,60-69)

Apuramos la última semana del Jubileo de la Misericordia: Cada uno de nosotros tenemos “ese momento especial”, el Evangelio de hoy refiere como “el día”, de nuestra visita, ese momento privilegiado en el que el Señor se nos manifiesta de una forma especial y sorprendente y nos invita a seguirle más plenamente. Seguro que hemos vivido alguna experiencia así en nuestra vida. Hoy es un buen momento para rememorarlo y acordarnos de ¿cuál fue nuestra respuesta?, ¿cómo hemos ido recorriendo el camino desde entonces?; Y si todavía no has tenido esa visita del Señor, quizás hoy, o esta semana, el Señor te tiene reservada la sorpresa, podría ser un buen momento como colofón de este Jubileo de la Misericordia. Estaremos atentos por si el Señor se hace "el encontradizo" con nosotros, y no pasa nada, si es que en esta semana no llega, pues termina el AÑO DE LA MISERICORDIA como evento eclesial, más no la misericordia del Señor "que es eterna" (Salmo 117)