jueves, 10 de noviembre de 2016

LA CRUZ Y LOS DESPRECIADOS...


El próximo Domingo se celebra en el VATICANO el JUBILEO DE LAS PERSONAS EXCLUIDAS, según los organizadores del calendario de eventos del JUBILEO DE LA MISERICORDIA está orientado a que se encuentren con la misericordia todas aquellas personas "incapaces de insertarse debidamente en el tejido social" que no son sólo los sin techo y los pobres, como de forma reducida y simplista han expuesto los medios de comunicación, sino que es mucho más amplio es decir, "todas las personas que, por diversas razones, desde la precariedad económica a diferentes patologías, desde la soledad a la falta de lazos familiares, tienen dificultades para integrarse en la sociedad y, a menudo, terminan por permanecer al margen, sin un hogar o un lugar para vivir. Personas que encontramos cada día y que a menudo nuestros ojos no quieren ver, y miran hacia otra parte".

Y esto me ha hecho reflexionar, ya que estamos a viernes, nuevamente en la Cruz, que es de por sí, el lugar de los excluidos, como decía el Papa FRANCISCO a los jóvenes, reunidos en la JMJ de BRASIL, al término del Vía Crucis:

La Cruz de Jesús en la vida de la humanidad toma sobre sí nuestros miedos, nuestros problemas, se une a las víctimas silenciosas de la violencia, se une a las familias que están en problemas, a las familias que sufren al ver a sus hijos caer víctimas de paraísos artificiales como las drogas, es más, la Cruz se une a todas las personas que padecen hambre, a las que son perseguidas por la religión, por sus ideas, o simplemente por el color de la piel, y también está presente la Cruz en muchos jóvenes que han perdido la fe en las instituciones políticas porque perciben su egoísmo y la corrupción, también, peor incluso, en los que han perdido la fe en la Iglesia, e incluso en Dios, por la inconsistencia del testimonio de los que se llaman cristianos y los propios ministros del Evangelio. En la Cruz se encuentra el sufrimiento de Cristo, el pecado del hombre, incluido el nuestro, y desde ella el Señor nos da la bienvenida a todos con los brazos abiertos. La Cruz es la certeza inquebrantable del amor de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da la fuerza para sobrellevarlo.

En el número 22 de nuestro ideario, si es que se puede llamar así, se lee algo parecido:

A lo anterior decimos “Amén, servir a los despreciados” y la lista sería amplia, es fácil poner en ella a los ancianos, a las mujeres, los niños, los discapacitados, los desadaptados, los enfermos mentales, los reclusos… pero no somos conscientes de que la lista crece también con aquellos a los que nosotros mismos marginamos, ya sea porque los convertimos en chivos expiatorios de nuestros males, ya sea que nos hagamos las víctimas para no ver nuestra culpa y nuestra propia responsabilidad. Nos vemos al lado de todas estas categorías sociales, de estos descartados, como tanto gusta decir al Papa FRANCISCO, y en nuestro orgullo burgués nos decimos “tenemos que salvarlos, tenemos que mejorarlos” ¿Y qué es lo que descubrimos? Que son ellos los que se encuentran del lado de Cristo en su Cruz y con él participan en nuestra redención. Nos avergonzamos por ello, no sabemos qué decir… Quizás un humilde “Amén” nos posibilite unirnos a ellos. 

Esperamos con gozo, ciertamente, este colofón del AÑO DE LA MISERICORDIA, especialmente nosotros, los que nos sabemos "socialmente excluidos", por nuestra pobreza, tanto real, material como espiritual; por vivir en un barrio periférico excluido por nuestras autoridades locales, que sólo se dejan ver por aquí cada cuatro años "arañando votos", laboralmente -porque ninguno de nosotros trabaja para aquello para lo que se formó y estudió-, y no por voluntad propia, sino por condicionantes externos que nos superan... e incapaces de insertarnos, lo que es más triste, no ya en el tejido social, sino en el mismo tejido eclesial, del que, hijos por el bautismo, e insertos en su cuerpo, del que Cristo es la cabeza, hemos pasado a ser poco más que una excrecencia que debiera ser estirpada.