sábado, 26 de noviembre de 2016

EL SEÑOR VIENE COMO UN LADRÓN....

Comenzamos el tiempo de ADVIENTO, me gusta llamarlo "dulce tiempo de espera" pues aunque es un tiempo litúrgico de sobriedad, mesura, contención y conversión, no es tan riguroso como el de la CUARESMA, nos preparamos para recibir al Señor, con la misma ilusión y expectativa de una madre primeriza que espera un hijo: Prepara la casa, suspira, adecenta la ropita del futuro bebé, tiene sus legítimos miedos y temores, y sabe que van a cambiar cosas, puede que ya haya empezado con ciertos hábitos que pueden ser malos para el bebé que espera, empieza a cuidarse más, vigila sus comidas, pero también se ha puesto mucho más guapa, luce radiante, su mirada es cristalina, quizás llora por cualuier cosa, pero por lo general está alegre y esperanzada... Éste es el ADVIENTO.

Y sin embargo... ¡qué duras parecen las palabras del Señor en el Evangelio de hoy! (Mateo 24,37-44), aún manteniendo la actitud de espera "estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor", nos choca la brusquedad con la que se compara el Señor que llega cuando dice "si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón" ¿Cómo íbamos a figurarnos que el Señor venga, puestos a escoger, no como un familiar de viaje, una visita inesperada, una grata noticia, sino como un ladrón?


Puede que nos inquiete la imagen del Señor que llega como un ladrón en medio de la noche. Tratamos de hacer esfuerzos en comprender y asimilar esta imagen porque ciertamente que Dios no se presenta como un ladrón en nuestras vidas. Casi nos parece una osadía pensar de esta manera. Pensemos juntos un poco más, parece que el Evangelio no se refiera a nuestra muerte, que evidentemente, siempre nos pillará por sorpresa, muchas veces digo en broma "nacemos sin que nos pidan permiso, y nos moriremos sin que nos dejen consultar la agenda", porque normalmente un ladrón no viene a arrebatarnos la vida, sino nuestros bienes... más bien el Evangelio se refiere a un encuentro repentino, un inesperado encuentro cara a cara, que es lo que sucedería si pillamos a un ladrón "in flagrante delicto" es decir ¡con las manos en la masa!, ahora lo entendemos mejor, se trata de la sorpresa de descubrir la irrupción de Dios en nuestra casa, en suma, en nuestra vida. El Señor, visto así,  resulta ser un ladrón muy extraño y atípico, que no roba nada, sino que por el contrario se nos entrega del todo, viene con las manos llenas. Pero primero este ladrón nos tiene que arrebatar, quizás de ahí le venga el mote de "el ladrón" de nuestras cosas inútiles, esas cosas que no nos llenan, o no podrá ofrecernos todo aquello que nos trae, y por lo que cambia la vida  y revoluciona nuestra casa, haciéndola rica: Llenándonos de expectativas, horizontes, ilusiones... y fuerzas para todo ello. Aquí surge entonces en nuestros labios una petición "Ven, Señor, toma lo que es valioso para ti, este pobre corazón, y después, devuélvemelo, lleno de la luz".

He encontrado en las PAULINAS una oración para meternos de lleno en este tiempo de ADVIENTO, conforme las lecturas de hoy, estaba en italiano, la he traducido lo mejor que he podido, aunque os comparto el audio, para aquel que quiera saborearlas con la fuerza del original:


Vienes de noche, 
pero en nuestro corazón siempre es noche,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes en silencio,
no sabemos qué decirte,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes en soledad,
pero cada uno de nosotros siempre está solo,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes hijo de la paz,
nosotros ignoramos qué es la paz,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes a liberarnos,
pero nosotros siempre somos esclavos,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes a consolarnos,
pero siempre estamos tristes,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes a buscarnos,
pero siempre andamos perdidos,
y aun así, vienes siempre, Señor.
Vienes, tú, que nos amas,
y nosotros no estamos en comunión con el hermano,
si primero no lo estamos contigo, Señor.
Estamos alejados, desperdigados,
no sabemos quiénes somos, ni lo que queremos.
Ven, Señor.
Ven siempre, Señor.