domingo, 23 de octubre de 2016

SEÑOR, JESÚS....
LA ORACIÓN DEL CORAZÓN


En el Evangelio de hoy (Lucas 18,9-14) el Señor nos pone de frente la consabida oposición entre el fariseo que, nos dice el texto, erguido, oraba en su interior de la siguiente manera "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo", y por otro lado, un publicano, que en la parte de atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!"

No voy a entrar en la enseñanza del Evangelio de hoy porque nos la da el propio Señor cuando nos dice "el segundo bajó a su casa justificado, y el primero no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido".

Sin embargo la oración del publicano "¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!", me sirve de base para contaros una de las tradiciones monásticas y de oración más antiguas del cristianismo. Esta invocación, con diferentes modalidades, ha sido una jaculatoria repetida ininterrumpidamente por muchos monjes del desierto y con la que se han santificado innumerables personas en el mundo entero.

En la “Vida de San DOSITEO” (VI-VII) se nos dice que repetía siempre: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí y sálvame". El llamado PSEUDO-CRISÓSTOMO (siglo VI) repetía: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador". En la vida de SIMEÓN, el nuevo teólogo, cuenta que un día, repitiendo según su costumbre la oración: "Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador", de pronto lo cegó una luz maravillosa. Él parecía haberse convertido en luz y en ese estado luminoso, identificado con Dios, fue colmado de una inmensa alegría e inundado de cálidas lágrimas de amor; y lo más extraño de ese maravilloso acontecimiento es que, para su sorpresa, cuando volvió en sí se encontró gritando en alta voz: "Señor, ten piedad de mí…" De esta experiencia se convirtió en un gran carismático, que hizo de toda su vida la predicación de que era muy importante que los creyentes con su bautismo recibiesen una auténtica efusión del Espíritu Santo, pero no en un plano teórico, sino en la realidad de sus vidas, por eso escribía "no concibo que haya nadie que diga que no ha experimentado nada en su bautismo, y que viven como si la totalidad de las gracias y dones del Espíritu Santo, fueran un tesoro desconocido para ellos".

En el CATECISMO DE LA IGLESIA leemos de esta oración: 

2267 Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y en Occidente. La formulación más habitual, transmitida por los monjes del SINAÍ, de SIRIA y del Monte ATHOS es la invocación: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores” Conjuga el himno cristológico de Filipenses 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego (cfr. Lucas 18,13; Marcos 10, 46-52). Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.

2668 La invocación del santo nombre de JESÚS es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en palabrerías… Es posible en todo tiempo, porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús. 

Yo mismo, de esos retos que os iba proponiendo cada día en CUARESMA ¿Os acordáis?, tomé desde entonces la costumbre de repetir cada hora en punto "Señor, tened piedad de mí, que soy un pecador", para ser sincero, el día que tocaba ese reto en CUARESMA si que lo hice cada hora en punto ¡hasta me puse un avisador en el móvil para ello!, ahora lo sigo haciendo, no cada hora en punto, pero sí cuando por casualidad me doy cuenta, a lo largo del día de que es una hora en punto, pero lo importante es que manteniendo, poco a poco, la costumbre de orar de esta manera, haremos una bellísima oración que llegará al alma, convirtiéndose en una oración profunda, que el corazón irá repitiendo a toda hora desde lo intimo de nuestro ser, hasta que se identifique tanto con nosotros como el latido de nuestro corazón, lo que da nombre, precisamente, a esta oración "la oración del corazón o la oración del corazón".

Finalmente, antes hemos leído, del CATECISMO que "la invocación del santo nombre de JESÚS es el camino más sencillo de la oración continua" y a modo de colofón os presento a un hombre que hizo de toda su vida la predicación del nombre de JESÚS, acompañado siempre de un icono del Santo Nombre con el que ilustraba todos sus sermones, me refiero al franciscano conventual, SAN BERNARDINO DE SIENA, autor de palabras tan bellas sobre el nombre de JESÚS como la de sus sermones:

El nombre de Jesús es el esplendor de los predicadores, ya que su luminoso resplandor es el que hace que su palabra sea anunciada y escuchada. ¿Cuál es la razón de que la luz de la fe se haya difundido por todo el orbe de modo tan súbito y tan ferviente sino la predicación de este nombre? ¿Acaso no es por la luz y la atracción del nombre de Jesús que Dios nos llamó a la luz maravillosa? A los que de este modo hemos sido iluminados, y en esta luz vemos la luz, dice con razón el Apóstol: Un tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz.

Por lo tanto, este nombre debe ser publicado para que brille, no puede quedar escondido. Pero no puede ser predicado con un corazón manchado o una boca impura, sino que ha de ser colocado y mostrado en un vaso escogido. Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Éste es un vaso que me he escogido yo para que lleve mi nombre a los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel. Un vaso —dice— que me he escogido, como aquellos vasos escogidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, para que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para que lleve  —dice— mi nombre.

(Sermón 39)

Así que podemos dedicar un ratito breve a orar de la siguiente manera:

Señor Dios, que infundiste en el corazón de San BERNARDINO DE SIENA un amor admirable al nombre de Jesús, concédenos, por su intercesión y sus méritos, vivir siempre impulsados por el espíritu de tu amor y movidos a decir, desde lo más profundo de nuestros corazones: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador". Por Jesucristo nuestro Señor.  Amén.