martes, 4 de octubre de 2016

SAN FRANCISCO:
HOMBRE DE LA ESCUCHA, DEL ENCUENTRO
Y DE LA ACOGIDA
CARTA DEL MINISTRO GENERAL
A TODA LA ORDEN


Queridos hermanos,

¡El Señor les dé la paz!

Al celebrar la fiesta de nuestro santo fundador, padre y hermano FRANCISCO, nos sentimos nuevamente fascinados por su persona, su acción y su mensaje. San FRANCISCO, con su radicalidad evangélica y su autenticidad humana, con su simpatía y cortesía fraternal con todas las demás realidades que lo rodeaban, fue promotor e inspirador de humanidad, de un vínculo profundo de amor y respeto con la Iglesia, la sociedad y la creación entera.

En esta Carta de celebración y de saludotodos ustedes, hermanos, deseamos fijarnos y detenernos en el breve y esencial mensaje de la Regla bulada (Cap. 3, 10-11): Aconsejo, también, amonesto y exhorto a mis hermanos en el Señor Jesucristo, a que, cuando van por el mundo, no litiguen ni se enfrenten a nadie de palabra, ni juzguen a otros, sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando con todos honestamente, según conviene”.

Este texto de la Regla nos recuerda la manera en que nosotros, los Hermanos Menores, debemos “andar por el mundo”, en nuestro mundo actual, amándolo y acogiéndolo con sus luces y sombras, observando los grandes desafíos que interpelan a nuestras vidas y misión. Hoy, como nunca antes, en la historia de la humanidad, el hombre ha logrado un desarrollo cultural, científico y tecnológico tan avanzado y globalizado. Esto le permite lograr cosas grandes y hermosas para la humanidad y el planeta, y contemporáneamente estamos siendo testigos de cómo este poder al mismo tiempo podría ser utilizado únicamente en una perspectiva egoísta, generando de esa manera nuevas formas de pobreza, violencia, miedo y conflicto entre los hombres, y causando heridas profundas a la naturaleza. Este texto de la Regla nos recuerda que nosotros, los Hermanos Menores, con nuestra manera de vivir, debemos ser testigos del bien que el ser humano es capaz de expresar, evitando en nuestros propias relaciones fraternas y sociales, litigios y disputas, cultivando en cambio la benignidad, la modestia, la mansedumbre, la humildad, la honestidad, y la paz entre nosotros mismos y para con todos.

FRANCISCO, con textos sencillos y profundos, y con sus gestos concretos y significativos, nos ha ofrecido un ideal religioso y humano que le da un auténtico y fascinante sentido a nuestra vida, para que seamos nosotros los primeros en asumirlo y transmitirlo a los demás. FRANCISCO fue un hombre que sabía ver y descubrir lo que estaba aconteciendo dentro de él y alrededor de él; fue un hombre de la escucha, siempre atento a la voz de Dios y de los demás; fue un hombre del encuentro con quien le rodeaba; fue hombre que SAN FRANCISCO: HOMBRE DE LA ESCUCHA, DEL ENCUENTRO Y DE LA ACOGIDA acogía a todos y más aún a los más pobres y necesitados; fue un hombre comprometido con su ambiente, lacerado por la violencia y la exclusión de personas.

Nosotros, los Hermanos Menores, mirando a san FRANCISCO y al mundo actual, podemos ofrecer a través de nuestro estilo de vida y de los grandes valores de nuestra espiritualidad, un suplemento de alma a la cultura de nuestro tiempo. También podemos ofrecer un complemento de fraternidad, simpatía y cortesía, a nuestra sociedad fracturada por tanta injusticia y violencia. Solo de esta manera podremos responder bien a la vocación de ser incansables anunciadores de Jesucristo, evangelizadores que animen a todos los bautizados a ser instrumentos de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada (cf. Papa FRANCISCO, Evangelii Gaudium, nº 239). En esta que es nuestra misión, el diálogo -en sus dimensiones: ecuménicas, interreligiosas e interculturales- es el instrumento poderoso que el Señor ha puesto en nuestras manos y del cual san Francisco es testigo, para hacer de nuestras relaciones un encuentro de paz, con la esperanza de construir una sociedad justa, fraterna y acogedora.

La fuerza atrayente y fascinante de nuestro padre san FRANCISCO se manifiesta en su capacidad de traducir la Palabra del Señor en términos no solo teológicos, sino también humanos y sociales, es decir, viviendo el Evangelio simultáneamente en todas sus relaciones: frente a Dios, frente a los hombres y frente a los seres de la creación. La Palabra, así encarnada, nos donará el Espíritu, capaz de transformar e iluminar las diversas dimensiones de nuestra vida: religiosa, social, política, cultural, científica, económica y de todo tipo.

Y nosotros ¿cómo podemos traducir hoy este tesoro evangélico y nuestra experiencia de Dios en la fraternidad, en acciones y proyectos concretos, para favorecer a nuestros hermanos y hermanas? ¿Qué podemos hacer personalmente y en todas nuestras fraternidades y Entidades de la Orden para favorecer el diálogo, acoger a los pobres, cuidar la creación, y para estar al servicio del bien de la Iglesia y al servicio de la humanidad?

Celebrar la fiesta de san FRANCISCO significa para nosotros no solo cantar sus alabanzas, sino también dejarnos involucrar por las llamadas del Evangelio y de nuestro mundo de hoy, mediante la renovación de nuestra vocación franciscana.

También nosotros queremos ser como san FRANCISCO, hombres de esperanza con nuestra vida fraterna. Esa esperanza, que es la otra cara del amor, porque el que ama sinceramente, espera lo imprevisible. Queremos ser hombres que saben cómo mirar el bien más grande y posible que Dios puso en el corazón de cada persona y que pueden cambiar el curso de la historia, de acuerdo con los planes de Dios, sobre la humanidad y el mundo. Queremos ser los que esperan y que serán capaces de ver y darse cuenta de lo inesperado. Queremos ser hombres de oración que continuamente sacan de Dios, fuente de toda esperanza, la luz que ilumina a todo hombre, pacifica su corazón y lo abre a una reciprocidad benévola.

La esperanza en el franciscanísmo connota una especial actitud ante la vida, hecha de audacia, espíritu de creatividad, voluntad de riesgo, espíritu optimista y compromiso social. La audacia, animada y sostenida por la esperanza cristiana, es el gran testimonio  de la presencia activa de Dios en la Iglesia y en el mundo.

Que nuestro seráfico padre y hermano FRANCISCO, con su ejemplo y su intercesión, nos ayude a colaborar con todos los que creen en la capacidad creadora y solidaria de las personas para construir una sociedad más humana, fraterna, cordial y gozosa. Que san FRANCISCO también nos conceda llegar a ser apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, honestos entre nosotros y con todos, para que en el mundo entero resplandezca la belleza y el amor misericordioso de Cristo.

¡Feliz fiesta de san Francisco!