viernes, 28 de octubre de 2016

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ....
...LA CRUZ DE OCCIDENTE


“¿Qué es lo que el viento se llevó? -te preguntarás- La Cruz de Occidente” Se han ido ambas, tanto la persecución, como la Cruz. Porque ambos conceptos tienen una relación simbiótica. Cuando la Iglesia predica y vive la Cruz siempre tendrá una gran fuerza espiritual, incluso durante el tiempo de persecución. La Cruz sigue siendo "piedra de tropiezo y escándalo" para los perdidos de este mundo, porque en esta época de tecnología e intelecto la Cruz ha quedado relegada a poco más que una historieta piadosa o un talismán religioso. Precisamente por la "desaparición de la Cruz en Occidente" los bancos de las Iglesias están llenos de toda clase de pecadores, sin la más mínima conciencia, que se aletargan con la mermelada dulzona sobre el mensaje de Jesús que se destila de forma políticamente correcta desde la gran mayoría de los púlpitos.

Parece que nos hemos acostumbrado a ir a la Iglesia y poner cara de ser buenos temerosos de Dios ¿Hay alguien que aparente experimentar otros sentimientos ante Dios? La Iglesia parece haberse especializado en la celebración de eventos del estilo "el día del emigrante", "el día del turismo", "el día del marinero", pero pareciera que cualquier día internacional, fiesta o evento tengan más sentido de celebración en la Iglesia que su misterio mismo, su origen: La Encarnación, la Cruz y la Resurrección. Y aunque la Cruz a veces "aparece" en los mensajes eclesiales, pareciera que lo hace, como se suele decir "como artista invitada", no más de lo necesario, no vaya a ser que distraiga de temas importantes de verdad como el matrimonio gay, el aborto, la inmoralidad, la eutanasia, y otros temas que reclaman más nuestra atención, y desgraciadamente, también para la Iglesia.

Pero analicemos los orígenes de la fe... Cuando decimos "la Cruz" nos estamos refiriendo al sacrificio de Cristo en pago por los pecados de la humanidad, si es que creemos que así fue, porque si así fue, no cabe duda de que la Cruz estuvo en el fundamento de la fe. La resurrección confirmaba su victoria, pero la Cruz y su sufrimiento satisfizo la justicia de Dios. Pero en algún momento de la historia esto dejó de ser lo importante, el elemento nuclear de la fe. Pero una Iglesia sin Cruz no es una Iglesia del todo. Puede ser una entidad religiosa, incluso puede que ayude a la gente a vencer sus dependencias y pecados, pero no sería considerada una Iglesia cristiana. Sin Cruz todos los grupos cristianos no pasan de ser meros abrevaderos de cabras, o centros de afiliación religiosa donde uno se puede apuntar para sentirse bien espiritualmente, junto con otros. Y aunque la gracia de Dios puede salvar a algunos, ni siquiera así se justificaría la existencia de una comunidad sin Cruz. La Cruz debe de estar en el centro de todo lo que la Iglesia hace, así como de cada uno de sus fieles.

Pero... ¿Aún queda alguien en quien habite, que medite, sobre la Cruz? Nuestras mentes están ocupadas con pensamientos y asuntos mundanos. La unidad de la patria nos urge más que la Cruz. Nuestra situación económica nos urge más que la Cruz. Las elecciones presidenciales nos urgen más que la Cruz. Los integrismos nos urgen más que la Cruz. Casi todo nos urge más que la Cruz. Y por esto la mayor parte de la media de los creyentes viven con diferentes niveles de descontento, y siempre andan buscando algo más que los excite y los motive. Las iglesias y las comunidades han perdido en Occidente la persecución de la Cruz y han dejado que la Gloria que hay tras la Cruz se diluya. A nadie le apetece ya vivir del recuerdo del Gólgota, nos vale más "acordarnos de las sopas de cebolla" que nos ofrece esta cultura post moderna en la que nos satisfacemos de lo más inmediato. 

Pero San Pablo predicó a Cristo, y éste, crucificado ¡Qué antiguo, qué pensamiento más carca y neardental! Debe ser que no se ha enterado que ese tipo de predicación ya lo tenemos superado, estos tiempos modernos necesitan teologías más de moda, acordes con los mismos, que una teología centrada en la Cruz. Lo que yo quiero saber es cómo el Señor me pude ayudar a tener éxito, aquí y ahora... Tampoco es que neguemos la Cruz de plano, pero la hemos relegado al último asiento del "autobús doctrinal". Se nos ataca por nuestra posiciones pro-vida, por nuestra defensa del matrimonio y la familia tradicionales, nos critican porque negamos el desarrollo y derechos de la mujer como el aborto, pero nadie nos persigue por la Cruz. Seamos honestos, la Iglesia de hoy no se siente avergonzada por la Cruz en sí misma, sino por otros temas, que de ninguna forma, son Cruz. 

Sólo tenemos que fijarnos en la actual situación de los más diversos debates moralistas de la actualidad. Toda la moral celebra a los cristianos "campeones en el cumplimiento de los diez mandamientos" pero para nada nos acodamos de la sangre de Cristo derramada en el Calvario. Nos preocupa más el avance del capitalismo que los regueros que brotaban de sus llagas manchando la tierra. Nos preocupa más la unidad de la Patria, sustentada por falsas costuras de toda índole política o ideológica, que la unidad del anuncio del Evangelio. Hasta la Iglesia, en su enfrentamiento con el mundo moderno, parece haber abandonado la Cruz, y por eso avanza en esta oscuridad dando palos de ciego.

"En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo!" (Gálatas 6,14)

¿Quién mantiene hoy en día este postulado? ¿Quién vive hoy su vida encaminándose directamente hacia la Cruz? ¿Quién se niega a si mismo, no en sus lujos materiales, sino en sus pensamientos, palabras, y vida? La vida de la Iglesia en Occidente parece haber aceptado que no hay lugar en ella para la Cruz, aceptamos su presencia esporádica, por imperativo del calendario litúrgico, pero mencionarla fuera de esos tiempos, es como mencionar en familia "a ese familiar que nos avergüenza a todos". La Cruz debe ser nuestra vida. Pero... puede que te preguntes ¿Cómo puedo incorporar a mi vida este evento que aconteció hace ya un par de miles de años? Y he aquí el problema. Que nos hemos hecho menos esta pregunta que las veces que hemos intentado darle respuesta. Pablo dice que se gloría en la Cruz de Cristo, y que él mismo está crucificado. Por eso cuando una persona pone la Cruz de Cristo como principio y sustancia de su vida entonces el deseo y las tentaciones del mundo comienzan a decaer. Su vida se refuerza por un nuevo dinamismo que brota de la Cruz y camina con un espíritu diferente por el Reino de Dios.

La Cruz es el único portal por el que el pecador puede alcanzar la vid eterna. Ésta no es una perspectiva religiosa que pueda ser discutida, diluida o negociada. Porque es e cimiento sobre el que sustenta la fe, y después de que un pecador ha venido a Cristo y ha sido redimido por él, es justo cuando su vida ha iniciado la primera etapa del viaje de su vida. Somo exhortados a llevar nuestra propia Cruz. El sacrificio, la auto negación, la humildad, y la cridad se convierten ahora en los elementos distintivos de esta nueva vida. Y nuestro anuncio debe ser que la Cruz esel ofrecimiento de Dios a la humanidad para su redención.

"De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" (Gálatas 6,17)

La palabra "marcas" es griego se dice "stigma". Pablo dice que en su cuerpo él porta los estigas de la Cruz. ¡Oh, qué glorioso pensamiento! Pero sabemos que no habia marcas de los clavos en los pies y en las manos de Pablo, entonces ¿a qué se estaba refiriendo? Primero hemos de echar un vistazo a lo que se refiere, además, con la Cruz. La palabra "Cruz" parece usada de forma antiséptica y doctrinal, pero intentaré humilde y dolorosamente expresar, aunque de forma torpe e incompleta, la realidad contenida en esas palabras, la "Cruz".

Dios es Espíritu y no puede ser concebido ni expresado con pensamientos o palabras humanas. Él está por encima de todas las cosas, que además él mismo ha creado. La Palabra, hecha carne en Jesús, al principio de los tiempos creó al hombre, sabiendo bien del barro de que estamos hechos, de nuestra condición. ¿Quién puede crear algo que sabe que a la larga le va a volver la espalda y se va a convertir en su enemigo? Pero antes de la creación, por este misterio, la Palabra también se había visto ya a sí misma en la Cruz. En Belén nace en el cuerpo que le había sido preparado "Señor, me has dado un cuerpo, para hacer tu voluntad" (Hebreos 10,6-7) Hay cientos de libros y de obras escritos sobre la naturaleza de la Encarnación, pero en muchos aspectos no son más que conjeturas finitas. Lo que la Escritura nos dice es que Jesús era Dios en la carne y Dios con nosotros. El Dios invisible se vistió con la carne humana y se reveló en la semejanza de la carne, la nuestra, herida de pecado y de muerte. Y sin embargo, Dios amó tanto al mundo, que se ha puesto en nuestra piel. Algo de por sí ue, como conceto, resulta por sí solo impensable.

Pero mientras él caminó por esta tierra hizo muchos milagros de compasión y de amor, pero no esperaba el aplauso y el reconocimiento. Y al final de su vida desembocó en un camino que había de recorrer copletamente solo y abandonado. Entró en Jerusalén arropado por las alabanzas y las aclamaciones del pueblo, que en el fondo estaban aclamando por sus propios deseos e intereses. El pueblo quería usar de Jesús a su favor y seguramente su recibimiento habría sido otro de haber sabid el desenlace final de los acontecimientos. Y nada ha cambiado en nuestra forma de pensar a pesar de los siglos transcurridos. Supongamos que se nos concede un asiento de honor en el Jardín de Getsemaní y podemos contemplar y escuchar la agonía del Señor. Se encuentra solo en el mundo. Comienza a experimentar el misterio de la separación y el abandono de Dios, con quien ha venido compartiendo su misma esencia en el Espíritu Santo. Ora en soledad hasta un esfuerzo sobrehumano, hasta derramar sudor de sangre. El sacrificio ha comenzado. ¿Te aburre esta historia? ¿Te parece algo arcaico? No caigas en el error, esto no es una historia, es la vida eterna en sí misma.

El pastor es arrestado en presencia de sus ovejas y es llevado para ser juzgado y condenado por hombres violentos. Sí, los mismos hombres por los que él va a entregar su vida son los que ahora le van a insultar, calumniar, vejar.  Pero antes de que siquiera fuera condenado deben cebarse con él. Su espalda se pone al descubierto y se convierte en lugar para que los hierros del flagelo le hieran. Una y otra vez lo golpearon hasta que su espalda no es más que un caos sangriento. Ellos le golpean en el rostro, y le arrancan la barba a jirones. Sus cara se hincha y sus ojos se pierden dentro de las cuencas. ¿Podríamos soportar ver esto aún sabiendo que ese hombre era un criminal? Arrastrado por el pelo y convertido en un hazmerreír, y le pusieron una túnica para su escarnio, y presionaron su frente con una corona de espinas y se burlan de él sin misericordia. Y allí se encuentra, a duras penas, el creador del universo, maltratado, golpeado y ensangrentado. Un espectáculo lamentable para que estemos seguros de lo que está aconteciendo. El autor del amor mismo se ha presentado voluntariamente en las manos de los malvados, y ofrecido su rostro a salivazos e insultos. Ahora resulta desagradable para la vista. Repulsivo, repugnante y nauseabundo.  ¿Y éste se supone que es nuestro salvador, nuestro Mesías? Ah, pero hay más, mucho más.

Como se puede ver, conforme avanza el relato, en este tipo de retórica, la modernidad se niega a aceptarlo, no está hecha para el sufrimiento, e incluso para los creyentes la comprensión del relato de la pasión es meramente sentimental. Nos puede provocr cierta empatía, por aquello del sufrimiento del inocente, pero sólo de forma fugaz. Pero ahora, se le fuerza a llevar su Cruz hasta el lugar de su muerte, solamente con la ayuda de un hombre humilde.

Las manos sudorosas de los mercenarios se afanan en su espantosa tarea. Las manos y los pies de Jesús se clavan a la Cruz, y con un golpe seco él es elevado sobre la tierra, a vista de todos. Él, que creó esa madera de la Cruz, que creó ese hierro de los clavos, que creó a los soldados, que creó a los mercenarios, y ahora ya no lo es, no lo parece al menos. Sin aliento y retorciéndose de dolor, la sangre cubre su ser. Está muriendo. El inocente muere en lugar del culpable, convertido en pecado de los pecadores. ¿Comprendemos el misterio de lo que está aconteciendo?  Aquí tenemos aparentemente a un judío más, anodino, que muere bajo la maquinaria opresora del imperio,  y sin embargo hay algo que excede a todo conocimiento humano en lo que está sucediendo. El sufrimiento es incalculable, el dolor insoportable, y sin embargo muere públicamente.

Lo que ocurrió esas horas cambió el universo. Y al final, exhala su último aliento, baja la cabeza, y muere. Está muerto. La gloria de Dios, envuelta en sangre y muerte, y toda ella oculta en el misterio. Las narración y la comprensión humanas sólo pueden estructurar la narrativa del acontecimiento, pero sólo el Espíritu Santo nos puede llevar a la comprensión de un ápice de esta realidad redentora. El hombre gusta buscar el sentido de las cosas, es capaz incluso de  estudiar y comprender los misterios del espacio y del universo, pero rara vez se detiene a considerar lo que sucedió en el Calvario.

Pero no seamos ilusos... ¿Acaso puede un drogodependiente experimentar que ha de cambiar toda su vida y liberarse de sus dependencias por el simple hecho de ver una estrella fugaz en el cielo? ¿Una mujer que se automutila de forma compulsiva y se hiere a sí misma puede superar todo el estrés que le lleva a ello por el simple hecho de leer un libro de geología?  ¿Puede un hombre que no es capaz de controlar su violencia leer un artículo científico sobre las células humanas y se convertirse en una persona nueva? ¿Pueden todos los títulos universitarios del mundo crear personas nuevas que se sientan libres de sus heridas, del pecado y de la muerte? ¿Todos los alimentos nutritivos y todas las vitaminas y todo el ejercicio sano son capaces de dar a la humanidad la vida eterna? Por supuesto que no, y al contrario, millones de personas han comprendido el carácter vicario y redentor de la muerte de Cristo en la Cruz, y han visto en "este judío" a Dios mismo, pagando en su propia carne por el pecado de todos ellos, y este descubrimiento ha cambiado sus vidas para siempre.


Y esta es la cruz que estamos llamados a defender, abrazar, emular, y vivir. Esta no es una doctrina de la fe estancada que nos sacudimos como el polvo después de Pascua. Esto es más que lo que siente actualmente la iglesia. Esta cruz, en toda su brutal gloria, debe ser nuestra pasión. Pero la iglesia ha perdido el estigma de la cruz. Se cree, ilusamente, que es perseguida por sus normas morales, que se la rechaza por su  ética judeo-cristiana y su defensa del matrimonio tradicional... Esto no son más que pequeñas contrariedades para lo que, además, está lo suficientemente preparada y le salen apologetas por doquier. 

Pero cuando se trata de la Cruz, ya no nos vale definirnos como progresistas o conservadores en la Iglesia, o enzarzarnos en sutilidades doctrinales, porque en el fondo nos da vergüenza hablar abierta y especificamente de ese sangriento árbol. Una mención inofensiva, de vez en cuando en la Iglesia debe ser suficiente, pero en público mejor relacionarnos con el mundo en su propio terreno. Nos encanta discutir, pero no nos gusta a morir. Nos encanta quejarnos, pero no nos gusta a morir. Nos encanta organizar, pero no nos gusta a morir. Nos encanta votar, pero no nos gusta morir. Nos encanta condenar, pero no nos gusta a morir. Y si no morimos, entonces no amamos la cruz. Y si no amamos la Cruz, entonces no amamos a Jesús. Y si no amamos a Jesús, entonces sólo nos amamos a nosotros mismos. Y si a nosotros mismos es que nos amamos, entonces ya no tenemos que morir, porque nunca estuvimos vivos de verdad. Y la persecución, esa que se dice sufre la Iglesia en Occidente, hoy en día,  no es una persecución de Cruz, sino la persecución que merece por sus pecados históricos, por su rigidez moral, por sus incoherencias, por sus adhesiones ideológicas, pero no por la Cruz misma, no en Occidente. Que Dios nos ayude a dejar que el Espíritu Santo nos conduzca una vez más a la fuente de toda la vida, tanto ahora como siempre, que no es otra sino la Cruz del Señor Jesucristo.