jueves, 20 de octubre de 2016

HE VENIDO A TRAER FUEGO A LA TIERRA
¡Y NO QUIERO SINO QUE ARDA!

El Evangelio de hoy (Lucas 12,49-53) es de los que nos sorprenden e interpelan, dice el Señor con una gran dureza "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! (...) ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división" y a continuación añade "de ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".

Es demasiado fácil y tentador, precisamente, para rebajar la dureza de estas palabras, aunque parezca contradictorio, quedarnos en la literalidad de las mismas, entender que "al Señor se le ha de preferir por encima de todo amor o relación humana, incluidas las familiares", porque entre otras cosas es así, cualquier animador vocacional os dirá que la primera causa de frustración de incipientes vocaciones es, justamente, la familia, cuando los jóvenes que optan por una vocación sacerdotal, religiosa, a la vida consagrada, chocan siempre con el muro primero de la oposición de sus familias. Asunto zanjado, evangelio comentado.

Sin embargo, no nos quedemos en la literalidad, "he venido a traer fuego al mundo, a ser causa de división", no en vano ya le dijo el anciano SIMEÓN a MARÍA "este niño está destinado para ser caída y resurgimiento de muchos en Israel; será signo de contradicción, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones" (Lucas 2,34-35), visto así el propio Papa FRANCISCO sobre este mismo texto nos enseña: "La palabra del Señor, ayer como hoy, provoca siempre una división: la Palabra de Dios divide, ¡siempre! Provoca una división entre quien la acoge y quien la rechaza. A veces también en nuestro corazón se enciende un contraste interior; esto sucede cuando advertimos la fascinación, la belleza y la verdad de las palabras de Jesús, pero al mismo tiempo las rechazamos porque nos cuestionan, nos ponen en dificultad y nos cuesta demasiado observarlas (...) Cristo está empleando un lenguaje contradictorio en apariencia para dar a entender precisamente en qué consiste el verdadero amor a Él. Sí, porque el amor, realmente como lo ha de entender el cristiano está muy lejos de ser un diluido sentimiento de afecto, bonito y pasajero como una flor de primavera. Más bien es como el fuego que a la vez lo enciende todo y va consumiendo una y otra cosa; es algo que se extiende, que tiende por su naturaleza a expandirse con calor, con pasión y que divide a los corazones fríos y mezquinos que nada más piensan en llenar sus pobres pretensiones. Así es la caridad. Ese es el fuego que Cristo espera arder en los corazones de los que le amen. Están, por tanto, muy lejos de ser sus palabras interpretadas con la literalidad de la carne. Hay que haber experimentado el fuego de su amor para entenderlas correctamente. Pidamos saber amar hasta ser incomprendidos por los egoístas de nuestro mundo".


"He venido a traer fuego al mundo ¡y no quisiera ya sino que ardiera!" En la RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA existe la bella costumbre de llamar a la Adoración Eucarística como lugar de encuentro con la "Zarza ardiente" ¿Dónde si no escucharemos con la misma fuerza, si no es en la presencia del Señor mismo, las palabras de Dios a MOISÉS: "Yo soy el que Soy"? Que es lo mismo que decir: "Dios está aquí, venid adoradores, adoremos, a Cristo redentor" ¿Dónde, si no, en la Adoración tomar conciencia de que hemos de ponernos en la humildad del que se descalza porque el suelo que pisa esa sagrado (Éxodo 3,5)?

Me vais a llamar pesado, pero hoy, como ayer, recurriré a una palabras de Mª EMILIA RIQUELME para cerrar este artículo, a modo de conclusión: 

"En la sagrada Comunión es donde mejor conoce el alma a Jesús; bebe allí, por decirlo así, la dicha inmensa de la transformación eucarística; ya no respira el alma más que en Jesús, por Jesús, para Jesús; allí siente su amor, y crece en su amor, y lo ama cada vez más y más; y en su amor se abrasa, consume y quema, con ese fuego divino que vino a traer a la tierra; y del cual Él mismo dice: ¡y qué quiero sino que arda!

(Pensamientos, nº 88).