lunes, 3 de octubre de 2016

EL SEÑOR ES NUESTRO BUEN SAMARITANO


En el Evangelio de hoy (Lucas 10,25-37) el Señor nos cuenta la parábola del buen samaritano. La hemos escuchado muchas veces, y aunque en este caso la parábola acerca de cuál es nuestro prójimos se explica por sí misma como le pregunta el Señor al doctor de la ley "¿Cuál de los tres (el sacerdote, el levita y el samaritano) te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?" para propiciar su respuesta "el que tuvo compasión de él", y de que por más homilías y comentarios que hayamos leído o escuchado al respecto, sigamos, con todo, sin hacer lo que debiéramos, que es muy fácil a la par que muy costoso de hacer, por nuestra pobreza e incoherencia "anda, ve y haz tú lo mismo", en este caso hoy, precisamente en el AÑO DE LA MISERICORDIA (de hecho a LUCAS se le llama el evangelista de la misericordia por la profusión de parábolas al respecto que aparecen en su Evangelio) os compartiré un comentario de San AMBROSIO DE MILÁN, en el que el "Buen Samaritano" es el Señor mismo, y nosotros los que estamos heridos:

Un samaritano bajaba por el camino, «nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Juan 3,13). Viendo que estaba medio muerto ese hombre a quien nadie, antes de él, había podido curar, se le acerca; es decir que, aceptando de sufrir con nosotros se hizo nuestro prójimo y compadeciéndose de nosotros se hizo nuestro vecino.

«Le vendó las heridas, echándoles aceite y vino». Este médico tiene muchos remedios con los cuales está acostumbrado a curar. Sus palabras son un remedio: Tal palabra venda las heridas, tal otra les pone bálsamo, a otra vino astringente, «después lo montó en su cabalgadura». Escucha cómo el Señor te acomoda: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Isaías 53,4). También el pastor ha colocado a su oveja cansada sobre sus espaldas (Lucas 15,5).

«Lo llevó a una posada y lo cuidó». Pero el Samaritano no podía permanecer largo tiempo en nuestra tierra; debía regresar al lugar del que había descendido. Pues «al día siguiente» -¿cuál es este día siguiente sino el día de la resurrección del Señor, de aquel que se ha dicho: «Este es el día que hizo el Señor» (Salmo 117, 24)?- «Sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: Cuida de él». ¿Qué son estas dos monedas? Quizás los dos Testamentos, que llevan grabada la efigie del Padre eterno, y al precio de los cuales nuestras heridas has sido curadas. ¡Dichoso este posadero que puede  curar las heridas de otro! ¡Dichoso aquel a quien Jesús dice: «Lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta»! Promete, pues, la recompensa. ¿Cuándo volverás, Señor, si no es en el día del juicio? Aunque siempre estés en todas partes, teniéndote en medio de nosotros sin que te reconozcamos, llegará el día en que toda carne te verá venir. Y darás lo que debes. ¿Cómo lo pagarás tú, Señor Jesús? Has prometido a los buenos una amplia recompensa  en el cielo, pero darás todavía más cuando dirás: «Muy bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más; entra en el gozo de tu Señor» (Mateo 25,21).