viernes, 9 de septiembre de 2016

QUE UN CIEGO NO GUÍE A OTRO CIEGO...
¡NI QUE YO SEA EL GUÍA!


Debe de ser por las cataratas que tengo en un ojo, que ahora parece que estoy más sensible con el tema, es como cuando uno tiene un coche de una marca y se compra otro distinto y ¡luego ve coches iguales al suyo por todas partes!, o como cuando te haces un pequeño corte en un dedo y piensas "¡bah, no es nada!" y luego resulta que te pasas el día quejándote porque ese dedo resulta el más fundamental para atarte la correa, usarlo de calzador en el zapato, es con el que compruebas el correo por la ranura del buzón, ¡cómo si fuera el único dedo para hacer todo!, lo digo porque últimamente todo a mi alrededor me recerda la ceguera y derivados... y para colmo, el Evangelio de hoy (Lucas 6,39-42): "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?", y claro ya me ha dado que pensar.

Básicamente, un aldabonazo a la conciencia, porque yo no me considero, como dice el Evangelio de hoy "un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro", es decir, que no pretendo ser maestro en nada, los que me leéis asiduamente sabéis que, salvo raras excepciones, casi siempre suelo comentar el Evangelio del día, pero espero sinceramente ¡que ninguno de vosotros me haga mucho caso!, es decir, me explico:

Yo no tengo formación bíblica ninguna, la de un experto biblista, ni de lejos; la básica del seminario o el noviciado de cualquier sacerdote o religioso, menos; sólo escribo desde lo que me suscita la Palabra cada día, lo exteriorizo en palabras (¡siempre ando escribiendo algo, tengo docenas de libretillas a medias por la casa, con poemas, oraciones, artículos que se me ocurren! No sabría vivir sin leer, o escribir, por lo que me aterra el tema éste de la vista...) y lo comparto por vosotros, por lo que de bueno os haga... ¡Y menos mal que los lectores habituales -muchos de ellos en la distancia, y sin conocernos en persona, pero a los que el corazón me dice que puedo llamar amigos- no se asustan a estas alturas de mis desvaríos, de mis gracias, mis palabrotas, mis giros y exageraciones andaluzas, y mis payasadas, y ya no se asustan de nada!... Sólo tengo una ventaja, que me ha pasado siempre desde pequeño, y es que todo lo que leo, absolutamente todo (aunque a veces no sepa citar la fuente exacta) lo recuerdo, y siempre leyendo ¡hasta leo las instrucciones del desodorante en el baño por no aburrirme!, y un don, y es que a veces me han dicho que tengo una forma "nueva" de explicar la Palabra de Dios, desde puntos de vista nuevos y diferentes ¡más bien alocados! (debe ser por aquello de que los niños y los locos decimos las verdad! -en ambas categorías me podéis encuadrar tranquilamente- que sirven de testimonio y que ayudan a la audiencia a interrogarse... y una certeza, la de la Palabra que me fue dad, en el contexto de la Renovación Carismática Católica, el día de mi efusión en el Espíritu Santo, una Palabra que me pega bastante, por mi forma de ser, y a la que he intentado ser siempre fiel (1 Timoteo 4,14-16):

No descuides tu carisma personal, que te fue concedido por indicación profética al imponerte las manos los ancianos. Sé diligente en estas cosas, ocúpate de ellas, de modo que todos puedan ver tus progresos. Vigila tu persona y tu enseñanza y sé constante. Haciéndolo os salvaréis tú y tus oyentes.

Todo lo anterior está muy bien, pero insisto, no os toméis estos comentarios míos del Evangelio del día muy al pie de la letra, no quiero parecer "ese ciego que guía a otro ciego", yo también tengo mucho que aprender, y lejos de que lo consiga, como dice el Señor hoy: "si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro", simplemente comparto el camino con vosotros a la luz de la misma Palabra de Dios, como dice el Salmo "lámpara para mis pasos es tu Palabra" (Salmo 119, 105)... ¡Al menos así no caeremos en el agujero!