miércoles, 21 de septiembre de 2016

PUBLICANOS Y PECADORES

En el Evangelio de hoy (Mateo 9,9-13) una vez más los fariseos, como consecuencia de la vocación de MATEO, que era publicano, y que había invitado a comer al Señor a su casa, se dirigen escandalizados a preguntar a los apóstoles "¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?" y la respuesta del Señor no se hace esperar "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": Que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores", pero antes de entrar en ello, hagamos un breve inciso.

Dicen los fariseos "come con publicanos y pecadores", lo segundo lo entendemos perfectamente, pero ¿de verdad era tan malo ser publicano para ser metido en el mismo saco que los pecadores? Ya sabemos que los publicanos eran básicamente recaudadores de impuestos, pero la realidad es un poco más compleja: La recaudación de impuestos, el Tesoro Público romano era una competencia exclusivamente estatal, en ROMA era llevada a cabo por los "publicani" (que viene de "publicus", esto es la cosa pública, el Estado), si bien en las provincias este cargo podía ser otorgado a nativos que adquirían los derechos mediante una subasta de los distintos puntos de recaudación, algo así como una franquicia, o una farmacia -por ejemplo-. Si bien los distintos impuestos, tasas y aranceles eran establecidos por ROMA, lo cierto es que los publicanos provinciales solían excederse, prevaliéndose de su condición y al estar amparados por el Estado y a seguridad de las tropas, en el cobro, por lo que solían tener una posición económica holgada, a causa de sus corruptelas.


Como recaudadores de impuestos. que abusaban de su poder, los publicanos eran odiados por los judíos, ya que cobraban de más a su propio pueblo en beneficio de los invasores (Mateo 5,46). Así que ya sabemos por qué los fariseos no tienen reparo en incluirlos en el grupo de los pecadores; también se suele decir que los publicanos, como grupo social,desempeñan un papel simbólico y arquetípico en el Evangelio "vendrían a representar a las personas separadas de Dios, ligadas a los bienes materiales sin temor a descuidar a sus semejantes, a los pobres y sus necesidades. Como sus vecinos, los 'pecadores', forman el reservorio de futuros conversos, el potencial con el que espera alegrarse el cielo" (BOVON, F., El Evangelio según san Lucas, volume III, pág 33).

Este episodio es importante si tenemos en cuenta que lo narra el propio evangelista MATEO, él mismo es el protagonista de esta escena, inmediatamente después de su vocación, incluso pareciera que invita su recién estrenada conversión y vocación con un banquete en su casa, al que asiste el mismo Señor, e incluso colegas de profesión, es decir, más publicanos, más pecadores... y el Señor dice "Que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Y es que a MATEO no le importa colocarse en la posición de pecador, lo es ante su conciencia, quizás él también fuera un recaudador sin escrúpulos, lo es de cara a su pueblo, ¡todo el día echándoselo en cara quizás ya se lo habría creído!, y no menos importante, lo es también frente al Señor que claramente dice "he venido a llamar a los pecadores" ¡pero precisamente por eso el Señor viene a él, busca a MATEO, y lo llama, lo acoge en su grupo, por ser pecador!

Muchas veces las vidas de los santos y sus biografías intentan ensalzar tanto el personaje que suelen empezar del siguiente modo:

Ya desde niño, MANOLITO, descubrió ser todo un dechado de piedad, hacía ermiticas en la tierra de sus padres donde se retiraba a decir misas "de mentirijilla" con sus amigos, era una delicia verlo cantar, correteando por el pueblo, con toda la chiquillería alrededor llevando ramos de flores a la virgen en Mayo, y deseoso de hacer mandados y ser bueno con todos. Desde niño el Señor ya había abonado el campo de una nueva flor de santidad, MANOLITO.

Muy pocas veces las biografías de los santos comienzan así:


MANOLITO era un niño terrible, se fugó de su casa, con gran dolor de sus padres, y se echó al monte donde anduvo perdido varios años. Algunos labriegos tenían miedo de pastorear por el monte porque el bribonzuelo les robaba su dinero y comida. Se cuenta que en una ocasión que había robado una hogaza de pan, forzó la puerta de la ermita para mojar el pan del aceite de la lámpara del Santísimo, tal ultraje por solo comer, de lo primario y básico que era. Otras veces, aburrido torturaba animalillos o mataba el tiempo apedreando nidos de pájaro.

Evidentemente la santidad de MANOLITO primero ya la damos por descontado, pero la santidad de MANOLITO segundo... ¡Algo muy gordo le deberá de acontecer para que se convierta y llegue a santo! ¿Sabéis una cosa? ¡Qué claro que le pasará, le pasará que el Señor le saldrá al encuentro cuando menos se lo espere! Porque el Señor ha venido a salvar a los pecadores... Hasta el propio San PABLO lo dice cuando afirma "donde sobreabundó el pecado sobreabundó la gracia" y esta gracia, como gratis que es, no depende de nosotros, pues es el Señor quien da siempre el primer paso para hacerse el encontradizo con nosotros, pensad, el agua puede empapar una esponja, un corazón lleno de agujeros, de subterfugios, de excusas, de pecado, de vericuetos.... pero el agua nunca puede empapar el más puro de los mármoles, porque le resbala, es imposible que en un corazón puro, prístino, marmóreo de perfección, haya un resquicio por donde pueda colarse el Señor ¡ese era el eterno problema de los fariseos, de lo que nunca quisieron enterarse!

Hoy es un buen día para reconocer que somos pecadores, para decir como el otro publicano de la parábola de Lucas (18,9-14) "¡Señor, tened piedad de mí, que soy un pecador!", habremos dado, sin duda alguna, un gran paso para que el Señor venga a nosotros y nos llame, nos cuente entre los suyos...