miércoles, 10 de agosto de 2016

BIENAVENTURADOS LOS PACÍFICOS, LOS PACIFICADORES
PORQUE SERÁN LLAMADOS HIJOS DE DIOS.


Aunque no sea 29 de Mayo....

Debe ser, principalmente, por el calor, siempre se ha dicho que las grandes guerras, conflictos bélicos y revoluciones han empezado en verano, como que las principales rupturas amorosas, sentimentales y matrimoniales se producen también en el estío, y demostrado está que -estadísticamente- los asesinatos y las reyertas y trifulcas se multiplican en la época estival... es como si el calor excesivo nos derritiera, literalmente el cerebro, porque nuestro nivel de tolerancia, paciencia y comprensión quedan reducidos al mínimo. 



Debe de ser, seguro lo es, por las actuales circunstancias en las que nos hayamos, nuestro mundo hoy sangra por las heridas de SIRIA, IRAK, VENEZUELA, UCRANIA, todo ello sin olvidar otros conflictos que, por larvados, o silenciados, no deberían por ello ser olvidados, como SUDÁN DEL SUR, CENTROÁFRICA, sin dejar de acordarnos de los atentados terroristas, de las persecuciones, de las migraciones y éxodos provocados por las guerras... y debe ser por todo ello que hoy me he acordado, de la paz ¡La PAZ que díficl de conseguir, de encontrar, de mantener, de estimular...!

Dice el el adagio latino "Si vis pacem, para bellum" es decir, "si quieres la paz, prepara la guerra", atribuido erróneamente a JULIO CÉSAR, aunque la cita es de una antigua obra militar, titulada "Epitoma Rei Militaris", de otro autor llamado VEGECIO, aforismo que incluso ha dado nombre a un tipo de arma, todas las de la marca "parabellum" (un modelo de pistola semiautomática con retroceso, creada en el año 1898, por el alemán GEORG LÜGER), sin embargo, el Señor, en el Sermón de la Montaña nos advierte claramente que ésta no ha de ser la actitud de los cristianos:

Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no hagáis resistencia al mal; antes si alguno te hiriese en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Y al que quisiere ponerte pleito, y tomar tu túnica, déjale también la capa. Y si alguno te forzare a que vayas cargado una milla, ve con él dos. 

(Mateo 5, 38-41)

A partir de aquí, las palabras que siguen son de Monseñor FULTON SHEEN, de su libro "Vida de Cristo" (Cap. III, pág 119-126):

¿Por qué ofrecer la otra mejilla? Porque el odio se multiplica al igual que una semilla. Si uno predica el odio y la violencia a diez hombres en fila, y dice al primero de ellos que golpee al segundo, y al segundo que golpee al tercero, el odio envolverá a los diez. La única manera de detener el odio es que alguien en la fila, pongamos el quinto hombre, vuelva su mejilla. Entonces es cuando el odio acaba. El odio no puede continuar avanzando. Absorbamos la violencia por causa del Salvador, que absorberá el pecado y morirá por ello. La ley cristiana es que el inocente sufra por los culpables. De esta manera quisiera que obráramos con los adversarios, porque, cuando no se ofrece resistencia, el adversario es vencida por un poder moral superior; tal amor evita la infección de la herida producida por el odio. Aguantar un año al pelmazo que está fastidiándote durante una semana; escribir una carta amable al hombre que querría robarte tus bienes, nunca devolver odio contra odio a la persona que miente y declara que eres infiel a tu país o dice de ti la peor mentira de todas... 


Todo ello son cosas que Cristo vino a enseñar, cosas que no se adaptaban a su tiempo más que al nuestro. Se adaptan solamente a los héroes, a los grandes hombres, a los santos, a los hombres y mujeres santos que quieren ser la sal de la tierra, la levadura en la masa, la minoría selecta en medio de la plebe, la calidad que transformará al mundoSi ciertas personas no son amables, uno pone parte de su amor en ellas, y entonces son amables. ¿Por qué hay alguien amable, si no es porque Dios pone su amor en cada uno de nosotros? 

El Sermón de la Montaña está tan en discrepancia con todo lo que el mundo tiene en aprecio, que el mundo crucificará a todo aquel que intente vivir a la altura de los valores de dicho sermón. Por haberlos predicado, Cristo tuvo que morir. El Calvario fue el precio que tuvo que pagar por el sermón de la montaña. Sólo las medianías sobreviven. Aquellos que llaman a lo negro negro, y a lo blanco blanco, son sentenciados por intolerantes. Sólo los grises  pueden vivir. 

Dejémosle que venga a un mundo que cree que uno debe recurrir a toda suerte de doblez y chanchullos con objeto de conquistar el mundo, llevando palomas de paz con los buches cargados de bombas, Y dejémosle que le diga: “bienaventurados los pacificadores”, o “bienaventurados los que desarraigan el pecado para que pueda haber paz”; y se verá rodeado de hombres comprometidos en la más estúpida de las guerras, una guerra contra el Hijo de Dios; ejerciendo la violencia mediante el acero y la madera, los clavos y la hiel, y luego colocando un centinela sobre su tumba para que aquel que perdió la batalla no pueda ver el día.

Aquellos que oían predicar a Cristo las bienaventuranzas estaban siendo invitados a tenderse sobre una cruz, para que hallaran la felicidad en un nivel mas elevado, muriendo a un orden inferior, a despreciar todo lo que el mundo tiene por sacrosanto y a venerar como sacrosanto lo que el mundo considera una utopía. 

El cielo es la felicidad, pero es demasiado para el hombre tener dos cielos: un cielo irreal acá abajo y un cielo real allá arriba. De ahí los cuatro “¡ay de vosotros!” pronunciados por Cristo, añadidos a las bienaventuranzas.

¡Ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados ahora!, porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que reís ahora!, porque os lamentaréis y lloraréis. ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros!, pues que del mismo modo hacían los padres de ellos con los falsos profetas. 

(Lucas 6,24-26)

La crucifixión no puede encontrarse lejos cuando un Maestro se atreve a decir “¡ay de vosotros!” a los ricos, a los saciados, a los alegres y a los ídolos de los pueblos. La verdad no se halla solo en el Sermón de la Montaña; se halla en aquel que vivió en el monte Gólgota lo que había estado predicando en el monte del sermón. Los cuatro “¡ay de vosotros!” habrían sido condenaciones éticas, si Él no hubiera muerto lleno de lo opuesto a los cuatro “ayes”: pobre, abandonado, apesadumbrado y menospreciado. En el monte de las Bienaventuranzas invitó a los hombres a arrojarse sobre la cruz de la negación de sí mismo; en el monte Calvario se abrazó con la misma cruz. Aunque la sombra de la cruz tardaría aun tres años en proyectarse en el lugar de la calavera, se hallaba ya en su corazón el día en que predico acerca de “cómo ser feliz”.

Este es el verdadero sentido y alcance de ser "bienaventurados" como "pacificadores, pacíficos", esto es lo que fraternalmente mostramos al mundo "al darnos la paz" en la eucaristía, esto es, en suma, lo que oramos los que trabajamos, o al menos intentamos, trabajar por la paz, y como siempre, nada de nobles ideales, metas inalcanzables o propósitos exagerados, empecemos por nosotros mismos, lo más básico y lo más sencillo:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. 
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. 
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. 
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. 
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. 
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. 
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. 
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. 
Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, 
ser comprendido, cuanto comprender, 
ser amado, cuanto amar. 
Porque es dándose como se recibe, 
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, 
es perdonando, como se es perdonado, 
es muriendo como se resucita a la vida eterna.