miércoles, 24 de agosto de 2016

BARTOLOMÉ: EL HOMBRE BAJO LA HIGUERA


El Evangelio de hoy (Juan 1,45-51), acorde con la Fiesta de San BARTOLOMÉ apóstol, nos muestra la vocación de San BARTOLOMÉ, pero al mismo tiempo, nos trae ecos de una ciudad evangélica, CANÁ DE GALILEA, de la que si bien todos sabemos fue el lugar del primer milagro de Jesús, a instancias de MARÍA, es también, precisamente, la "patria chica" de San BARTOLOMÉ "estaban juntos Simón Pedro, y Tomás, llamado el Dídimo, y Natanael, el que era de Caná de Galilea, y los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos" (Juan 21,2). Os comparto este artículo sobre CANÁ DE GALILEA escrito por CATERINA FOPPA PEDRETTI, en la página web de la CUSTODIA FRANCISCANA DE TIERRA SANTA:

La actual CANÁ DE GALILEA, un poco más al norte de NAZARET, aún conserva su fuente hasta la que, hasta hace pocos años, se podía contemplar a las mujeres acercarse para sacar agua, y no es difícil imaginar su fisionomía en tiempos de Jesús. Tranquila y recogida, con sus casas de color blanco dispuestas a lo largo de una sola calle principal, vienen los peregrinos a recordar el primer milagro que realizó Jesús y que narra el evangelio de san JUAN, la transformación del agua en vino durante un banquete nupcial (Juan 2,1-12). Aquí, tradicionalmente, al visitar TIERRA SANTA, se tiene una celebración por la que los matrimonios presentes en la peregrinación renuevan su amor y confían a Dios su proyecto de familia, esperando recibir en este lugar una bendición especial en su día más señalado.

También en CANÁ DE GALILEA se recuerda otro suceso importante al comienzo del ministerio de Jesús, la vocación de san BARTOLOMÉ (NATANAEL), también mencionada en el Evangelio de Juan (Juan 1,43-51). NATANAEL (que en hebreo significa: Dios ha dado, don de Dios), es mencionado en la lista de los doce apóstoles por su patronímico, BARTOLOMÉ (en arameo Bar Talmay, es decir, hijo de Talmay), y se le sitúa generalmente junto a su amigo FELIPE (Mateo 10,3; Marcos 3,18; Lucas 6,14). En la misma calle princpal que lleva, en CANÁ DE GALILEA, a la Iglesia franciscana del milagro de las bodas, se encuentra la Iglesia dedicada a San BARTOLOMÉ, junto a un pequeño cementerio cristiano.

El día de la fiesta de san BARTOLOMÉ, el 24 de agosto, la pequeña comunidad árabe cristiana de CANÁ DE GALILEA, a la que se unen los peregrinos de paso por el lugar, se reúnen en la pequeña iglesia dedicada al apóstol para participar en la misa solemne que celebra el párroco franciscano de este pequeño pueblo, el padre PIER FRANCESCO MARIA, y que se anima con cantos litúrgicos en lengua árabe. 


El caso de NATANAEL es emblemático de la especial relación que Jesús tiene con cada hombre, con la intimidad de su corazón, único lugar de donde puede brotar el auténtico “salto de la fe” que cambia radicalmente la vida. La vocación de NATANAEL, dice el padre PIER FRANCESCO MARÍA se desarrolla de una forma original respecto a la del resto de los apóstoles nombrados en el comienzo del Evangelio de Juan. FELIPE de Betsaida es el único al que Jesús llama directamente para seguirle (Juan 1,43), mientras que los otros dos apóstoles se unen a Jesús a instancias de JUAN BAUTISTA, que les señala a Jesús como “el cordero de Dios” (Juan 1,36). Uno de ellos es ANDRÉS, que rápidamente llama a su hermano, SIMÓN PEDRO. El otro es JUAN, el evangelista, que recordará siempre la hora de su vocación, las cuatro de la tarde (o décima hora romana), como un momento pleno, completo.

También FELIPE invita rápidamente a su amigo NATANAEL a seguir a Jesús, pero la primera reacción de NATANAEL es de desprecio, de prejuicio ante aquel hombre venido de la ciudad de NAZARET, de la que nada de bueno se puede esperar (Juan 1,46). Y Jesús, en el encuentro, sorprende a NATANAEL respondiendo a su indiferencia con la pureza de su mirada que penetra hasta lo más íntimo de la persona, le hacer salir del anonimato y le coloca en el interior de un diálogo sustancial. Jesús manifiesta conocer la pureza del corazón de NATANAEL, su disposición de ánimo, su amor por las Escrituras, que meditaba bajo la higuera, símbolo del pueblo hebreo, su sed de la verdad. Como un auténtico amigo, Jesús “hace justicia” a este hombre culto y apasionado, reconoce sus cualidades y su sensibilidad morales y le ayuda a ser todavía más él mismo, todavía más libre, llevando a cumplimiento el paso fundamental de la fe en las Escrituras a la fe en una persona, Jesús, el “Dios que salva”. Y en su límpida profesión de fe (Juan 1,49), NATANAEL penetra con gran agudeza en el misterio de Jesús.

En su simple cotidianidad, NATANAEL esperaba activamente este “diálogo de vida”, este encuentro revelador de la esencia de su humanidad. La búsqueda de la Verdad puede convertirse en un encuentro con la persona y el diálogo explica lo mejor de las propias potencialidades originales. Tras el diálogo con Jesús, NATANAEL cambia para siempre. De aquella unión existencial derivan una nueve fe y una nueva disponibilidad para compartir con el Maestro los ideales más altos, una confirmación del espíritu y un refuerzo del propio carácter, la apertura para contemplar al Eterno que se hace cercano en la simplicidad y en la pobreza de la existencia.