miércoles, 3 de diciembre de 2014

MI LECTURA DE LA CARTA "ESCRUTAD"


Como seguramente sabréis, al presentarse el AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA se dijo, desde el VATICANO, que el evento iría siendo preparado por medio de una serie de “Cartas Circulares a los Consagrados”, de las cuales, hasta la fecha, ya se han publicado dos “ALEGRAOS” y “ESCRUTAD”, en ellas se van desarrollando diversos aspectos de la vida religiosa, siempre presentados con ese carácter sencillo y cercano, a la par que incisivo, del propio Papa FRANCISCO, por eso, terminan con una serie de interrogantes para la reflexión, personal y comunitaria.

En lo que se refiere a la carta “ALEGRAOS” ya me la leí, e hice los correspondientes deberes, que compartí en el siguiente enlace, mientras que, en este caso, ahora le ha tocado el turno a “ESCRUTAD”. Aunque en esta ocasión, al contrario que en la anterior, sí que voy a ofrecer un comentario más extenso, porque, simple y sencillamente me ha maravillado, por la connotación profética que recorre todo el texto (que a partir de ahora citaré en cursiva, lo demás es comentario mío).

"Se nos ofrece la posibilidad de continuar el camino con coraje y vigilancia para elegir opciones que honren el carácter profético de nuestra identidad, «una forma de especial participación en la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios".- En efecto, con carácter previo y general todos los bautizados participamos de la triple condición sacerdotal, profética y real de Jesucristo, no solemos tener problemas en identificarnos con la función sacerdotal (podemos orar, celebrar los sacramentos, participar de la eucaristía, adorar, alabar, interceder…), tampoco nos suscita mucho reparo hacernos conscientes de nuestra dignidad real, que proviene de Cristo mismo, “igual a nosotros en todo menos en el pecado”, pero ya nos da cierto repelús, o nos incomoda, el hacernos cargo de nuestra función profética y es que, precisamente esa, es la función profética y no otra en la Iglesia: “Ser unas auténticas –como se diría en ANDALUCÍA- moscas cojoneras, incordiando por todo”… porque todo está por hacerse, amoldarse, establecerse al modo de Dios ¿de qué serviría la denuncia social si ya la hubiésemos alcanzado? ¿de qué serviría la opción por los pobres si éstos no existieran interpelándonos constantemente? ¿de qué serviría la esperanza escatológica si el Reino de Dios fuera una gozosa realidad? Pues esa es la tarea del profeta, mostrar siempre, “a tiempo y a destiempo” cuán lejos estamos de la Palabra de Dios, y por eso incomoda, porque a nadie nos gusta que nos echen en cara nuestras incoherencias, y para ello sólo tiene un elemento de discernimiento, la Palabra de Dios, y para llamar la atención de “la audiencia” (dicho en términos modernos) sólo dispone de un arma eficaz, la provocación. Por último el profeta sabe que no todo depende de sí mismo, de sus fuerzas, o de la pobre respuesta del pueblo, por eso ora, y ora mucho, pues la intercesión va de la mano de la función profética, la misma carta nos lo recuerda con estas palabras “Vigilar atentos e interceder, firmes en la fe”.

Siempre he dicho, de broma, que “te compras un secador de pelo y trae un manual de instrucciones más grande que el propio aparato, y sin embargo, nosotros, los seres humanos, que somos más importantes que un electrodoméstico, venimos al mundo, a enfrentarnos con la vida ¡y no nos dan ni apuntes siquiera!”, y si esto vale para la vida de cada uno de nosotros, mucha más vale para el profeta, para la vida religiosa, no tenemos manual de instrucciones, todo ha de ser hecho, improvisado, ensayado y errado, a cada paso, pero con la confianza de que el Señor nos ayuda, nos guía y nos orienta en el discernimiento, como a su pueblo, “aparentemente” perdido en el desierto: “Les proporcionaste una columna de fuego que los guiara en el viaje desconocido” (Sabiduría 18,30) continua la carta trayéndonos en este punto el testimonio de nuestro padre en la fe, ABRAHÁN de quien se dice “salió sin saber muy bien a donde iba” (Hebreos 11,8) 


Aquí me atrevo a decir ¡Qué se lo pregunten a CHARLES DE FOUCAULD! El único referente humano sobre la tierra que se me ocurre que mejor haya representado esta incertidumbre absoluta de su vida, su misión, su ser religioso en el mundo… (Os recomiendo que leáis su biografía, titulada “DOS BAILARINES EN LA PISTA”, sublime), y en el santo, que para eso la Iglesia hace santos, para proponerlos como nuestro ejemplo, esta pobre nada que esto escribe, que no pasa de ser una “mala fotocopia” del original CHARLES DE FOUCAULD, pero que igualmente vive esta incertidumbre de la vida, la misión, la consagración… y va para diecisiete años ya, desde aquel día terrible en que osó decir “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Samuel 3,10) y en efecto, el Señor habló, aunque no es que lo hiciera “¡alto y claro!” precisamente, y así vamos, a tumbos por la vida, discerniendo, lentamente, pobremente, mal y tarde… ¡Y lo entretenida que se pasa la vida!

Prosigue la carta diciendo: “No podemos anteponer nada a la centralidad del seguimiento de Cristo”, esto es evidente, ser cristianos es seguir en esta radicalidad a Cristo, es algo que se predica de todos los bautizados, en este sentido cuántas veces ha dicho el Papa FRANCISCO que “la Iglesia sin Cristo no pasa de ser una mera ONG asistencial” y añade, respecto de los laicos que “la vida consagrada laical aparece constituida y reconocida como un estado completo en sí de profesión de los consejos evangélicos (…) Se prepara el renacimiento del “Ordo Virginum” y de la vida eremítica como formas no asociadas de vida consagrada” –sobre esto ya me manifesté hace poco, dando mi propio testimonio- y desconozco si la fecha de este texto es anterior o posterior al correo electrónico que remití a la SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA VIDA RELIGIOSA, porque en todo caso, el que ha resultado profético, en ese caso, he sido yo, pues se nombra la dicotomía de forma expresa (vírgenes – mujeres / eremitas - hombres) en el caso de los laicos consagrados.

Es curioso que la carta defina el testimonio profético como “la manifestación en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para la construcción del Reino de Dios” y que, a partir de este punto, toda la carta se vea cruzada, a modo de horizonte, por la personalidad arrolladora del profeta por excelencia, ELÍAS, y nos hace un bosquejo del desarrollo de su vocación, de su misión, de sus ser profético y su recorrido vital: “Solitario y penitente (cfr. 1 Reyes 17,2-7), solidario con los pobres que luchan por sus vidas (cfr. 1 Reyes 17,8-24), su audacia en el monte Carmelo (cfr. 1 Reyes 18,20-39), intercesor (cfr. 1 Reyes 18,41-46), defensor de los derechos de los pobres atropellados por los prepotentes (cfr. 1 Reyes 21)…”

Para ser sincero, cuando el texto de la carta, refiriéndose a ELÍAS habla de la “rabia sagrada” del profeta, (aunque no sé por qué la carta se decanta por esta alusión, yo he sido siempre más de usar aquella otra del salmista “el celo por tus cosas, Señor, me consume(Salmo 69,9)), para después de “tanta lucha y forcejeo” encontrarse de nuevo con el Señor “en el susurro suave de la brisa” no es algo que me resulte nuevo o sorprendente. Y no lo es porque, se podría decir, es como la historia misma de mi vida, será que tengo algo de profeta, soy un enamorado de la figura de ELÍAS y del acontecimiento del Monte Carmelo (de hecho, una de mis grandes decepciones en mi peregrinación en Tierra Santa es que, al visitar el Monte Carmelo, nos quedamos, por falta de tiempo, en la visita del santuario mariano de la falda del monte, no llegamos a subir a la cima), no tengo duda de que esta querencia personal por el profeta ELÍAS se debe a que, como él, soy carismático, me dejo guiar por el Espíritu Santo que, a veces, en mi oración personal, suscita textos como éste:

Una reina porfía
querer matar a Elías,
porque no se sometía
a la falsa profecía.

En la cima del Carmelo,
el profeta lanza un duelo:
si tu Dios es verdadero
mande fuego desde el cielo.

Virgen del Carmelo,
purifica así a tu pueblo,
manda desde el cielo el fuego
que confirma la palabra del Señor.

Y precisamente, por esto de “que no se sometía a la falsa profecía” es por lo que abandoné la Renovación Carismática Católica, desde que –tentada por la “superestructura” (que acertado estuvo KARL MARX en la definición de este concepto)- quiso convertirse en un movimiento al uso (con sus normas, sus estatutos, sus líderes, los beneplácitos de los Obispos) traicionando su ser carismático, su ser una corriente de gracia suscitada, orientada y alentada sólo por el Espíritu Santo porque…. ¿Quién puede poner puertas al campo? peor aún ¿quién puede enjaular al Espíritu Santo?

En este sentido siempre seré carismático, siempre seré profético, siempre velaré y oraré esperando escuchar la Palabra del Señor, el único discernimiento cierto, que se manifiesta tenue en “el susurro de la brisa suave”, seré el primero en ver la vara de almendro florecer en primavera, seré el que grite en medio de la noche ¡Centinela, alerta, alerta está! (yo me entiendo)… Y todo ello con la bendición y el don, que ese sí que me lo dio Dios para mí, de mi optimismo a prueba de bombas, de mi sentido del humor, de mi malafollá granadina, y mi capacidad, como dice la carta de “vislumbrar en qué vino se puede convertir el agua”, esto es, intuir en todo la potencia buena, el impulso de Dios, la semilla del Espíritu Santo.

Dice la carta que los consagrados “no deben tener más regla que EL EVANGELIO” Debería ser fácil de hacerlo y cumplirlo, sobretodo para alguien como yo que se autodenomina como un “gran amante de la Palabra”, otro de mis dones, si nos atenemos a la Palabra que me fue dada, a modo de regalo, por mi padrino de “efusión en el Espíritu Santo en la RCC”, cuyo texto es el siguiente y que confirma muchos aspectos de mi vida: “Dedícate a leer, exhortar y enseñar. No descuides tu carisma personal, que te fue concedido por indicación profética al imponerte las manos los ancianos. Sé diligente en estas cosas, ocúpate de ellas, de modo que todos puedan ver tus progresos. Vigila tu persona y tu enseñanza y sé constante” (1 Timoteo 4, 13-15), aunque lo cierto es que el seguimiento radical del Evangelio, últimamente, debido a las circunstancias de la vida, y pese a mi pecado, mi debilidad o mi incoherencia, es una tarea que se está tornando harto fácil y asequible, paradójicamente: ¿Cómo no vivir el Evangelio en radicalidad si el Señor ya se encargó de despojarme de todo lo demás? Sin un trabajo digno, sin estabilidad económica, en la periferia, viviendo de forma pobre de solemnidad, sin familia, sin amigos, incluso sin salud… ¿Qúe me queda ya? ¡Ya sólo queda vivir el Evangelio, puro y duro, desnudo de todo lo demás!

“Profeta en vigilancia” subtitula la carta otro de sus párrafos. En efecto “profeta en vigilancia” que no deja nunca de gritar en medio de la noche “¡Centinela alerta, alerta está!”, o como el profeta ISAÍAS escrutando el cielo en medio de la noche, aunque a veces no vea nada, no entienda nada, no sienta o no perciba nada, y haya que decir, a los que esperan una respuesta, aquello que tanto le gusta decir a los funcionarios de ventanilla “vuelva usted mañana”: “Uno me grita: Centinela, ¿qué queda de la noche? Centinela, ¿qué queda de la noche? Responde el centinela: Vendrá la mañana y también la noche. Si queréis preguntar, preguntad, venid otra vez” (Isaías 21,11-12), porque siempre hay que estar alerta –como dice la carta- “guiados por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte” y añade el texto de la carta que hagamos caso a la advertencia del Papa BENEDICTO XVI “que no seamos profetas de calamidades¡No se preocupe, santidad, que en esa no me pillan, porque me lo impiden mi optimismo, contra esa tentación estoy vacunado me atrevería a decir casi de forma ontológica, porque forma parte de lo más genético y profundo de mi ser!


Pocos entienden mi forma de ser, como bien dice la postal, en un artículo que hice para intentar que mis lectores, en el blog, o mis seguidores en las redes sociales, me conocieran mejor “ni a izquierda, ni a derecha, ni clericales, ni laicistas, tan sólo denunciamos, lo que a nuestro entender, no es coherente con el hombre” y es que he sido acusado de todo ello por mis detractores, la carta cita, a este respecto, el célebre texto paulino “Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me hice todo a todos para salvar como sea a algunos. Y todo lo hago por la buena noticia, para participar de ella(1 Corintios 9,22-23) y en esto tengo una certeza, como dice la carta, y es que “no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!”, y la mencionada postal termina con una coletilla “denunciar todo aquello que no es humano”, lo que evoca ecos de TERENCIO “nada humano nos es ajeno”, San IRENEO de LYON “la gloria de Dios es que el hombre viva”, parafraseada después por Monseñor OSCAR ROMERO al afirmar que “la gloria de Dios es que el pobre viva”, lo que la carta expresa de la siguiente manera “somos –los consagrados- promotores del hombre”, o como humildemente aspira el lema de esta pobre comunidad de vida “Sembrar la Eucaristía en los caminos del hombre de hoy”.

Se podrían seguir diciendo cosas, contrastando mi vida con la carta, sus retos, exigencias, luces y sombras, aunque me quedo con una de las preguntas lanzadas por el Papa FRANCISCO casi al final de la carta: “¿Tú luchas con el Señor por tu pueblo, como ABRAHÁN luchó (cfr. Génesis 18, 22-33)?” porque paradójicamente, a día de hoy, suele ser una de mis oraciones más recurrentes:

Así me dice el Señor:
Toma contigo a dos o tres de tus hermanos
y ve, y lucha por tu pueblo.
Señor, yo me digo:
¿Qué hermanos?
¿A favor de qué pueblo?
¿En qué consiste esta lucha?

Señor, respóndeme.