domingo, 7 de diciembre de 2014

EL SEÑOR ME HA DES-CENTRADO


II DOMINGO DE ADVIENTO, y aunque el símbolo por excelencia de esta etapa de espera gozosa del Señor sea el desierto, la espera, el vigilar, el atisbar los gestos, el camino, el itinerario... hoy os quiero hablar de una actitud nueva, la de DES-CENTRARSE, aunque en honor a la verdad la idea no es mía, esta imagen ya la usó el Papa FRANCISCO en su Discurso a los Catequistas (27 de Septiembre de 2013) con las siguientes palabras: 

"Ésta es una experiencia hermosa, y un poco paradójica. ¿Por qué? Porque nos coloca al centro de la propia vida ¡Cristo se descentraliza! Mientras más te unes a Jesús y Él se vuelve el centro de tu vida, más Él te hace salir de ti mismo, te descentraliza y te abre a los otros. Este es el verdadero dinamismo de amor, ¡éste es el movimiento de Dios mismo!"

Aunque he encontrado un libro por casa, titulado "LA SEDUCCIÓN DE DIOS", que es bastante antiguo, tanto como 1975, de ediciones SÍGUEME, cuyo autor, ALESSANDRO PRONZATO, sacerdote, viene a hacer en él una especie de "ejercicios de Adviento para religiosos" que explica mucho mejor esta actitud de DES-CENTRARSE, y que él coloca como el leit-motiv de toda esta II Semana de Adviento, motivo por el que lo comparto, aunque él, en esta ocasión, pese a la extensión, indica que tampoco es suya la cita, sino de THEO RIEBEL, en una obra titulada "LAS TROMPETAS DE JERICÓ":

"Vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí" (Gálatas 2,20)

Este texto anuncia mi final. No un final que vendrá, sino un final que ya está aquí, que ha llegado ya. Soy un hombre acabado. Mi yo ha terminado. Mi vida es como una casa de la que me han desahuciado para que entre otro... y éste otro me ha arrojado fuera. Ya no soy dueño de mi casa. Jesús me ha colocado literalmente fuera de mí, fuera de mi tiempo, fuera de mis preocupaciones, fuera de mis derechos. Estaba en el centro de todo, tanto de lo bueno, como de lo malo (y aún en lo bueno se ocultaba el mal, lo mismo que un gusano se esconde en el árbol) pero él me ha empujado fuera: "¡Quítate del medio, que me coloco yo!".

Estaba a punto de escribir una historia. Mi historia. Había escrito ya mi pasado, más o menos largo. Estaba orgulloso, o triste, o ambas cosas a la vez. Escribía la página del día, a veces como era, a veces como yo creía que debería ser. Y soñaba con las páginas que tendría que escribir después. Me detenía pensando en aquellas cosas que temía que tendría que escribir, aunque también me deleitaba en aquellas otras que podría escribir. ¡También tenemos derecho a soñar! Y por supuesto, me gustaba sentarme tranquilo a releer todo lo que había escrito ya.

Pero él se ha sentado en mi sitio, me ha empujado del escritorio, me ha quitado el bolígrafo y me ha dicho "¡Déjate de tonterías! Tu historia es una cosa que me pertenece a mí a partir de ahora, ya me ocuparé yo de ella" Y encima, en el folio en blanco por el que me había quedado, ha trazado una solemne Cruz, como signo de gracia y de juicio. Yo me encuentro allí encima, o allí debajo. San PABLO dice que está "sobre la Cruz, yo estoy crucificado en Cristo, y si vivo, no soy yo ya quien vive, sino Cristo quien vive en mí".

Jesucristo viva ya su vida en mí, tal como la cuentan los evangelios. Allí donde se alza el trono desde el cual reinaba yo sobre mi existencia y mi pequeño universo, y lo ha desplazado, como si fuera mi sillón favorito de casa, para instalar su jergón de paja de Navidad. En el jardín de mi existencia, donde yo pretendía que estuviera todo bien cuidado y ordenado -cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa- ha llegado y ha plantificado su Cruz, ahí, en el medio, donde más se ve, dónde más estorba... En mi pequeño mundo, donde tenía rigurosamente etiquetada a la gente, cada uno en su lugar, después de una rigurosa inspección, ha venido y ha plantado la mesa de su banquete, donde ya sabemos lo que pasa, que ha empezado a llenarme la casa de gente dudosa, de mala vida, de deshechos humanos, de despreciados, tipos poco recomendables...

Me ha quitado encima la llave de la caja fuerte, donde guardo las cosas importantes, pero no sólo eso, también me ha quitado ese cofrecito, esa caja de cartón, ese cajón desastre donde todos guardamos esos detallitos, fotos, recuerdos de nuestra intimidad, cosas como el amor y la amistad, la simpatía o el odio, la misericordia... Y ahora él se encarga de abrir la puerta de mi casa a quien quiere, básicamente a cualquiera que llama. Él administra mis bienes, él decide lo que se guarda o lo que se tira en casa.

Cuando en vez del "sí" de la verdad, por desgana, me apetece pronunciar el "no" de la desgana, viene y me quita la palabra. O me mira con esa mirada que debió ponerle a PEDRO cuando le negó. Cuando intento rezar y no me sale, y me atormento, y no sé cómo hacerlo, viene, me empuja del reclinatorio y toma mi puesto. Entonces no me queda más remedio que no rezar yo, sino rezar en su nombre. Cuando me siento débil, tentado, al límite de mis fuerzas, y oteo buscando ayuda, oye, que también me lo encuentro ahí a mi lado...

Y finalmente, a la hora más difícil de mi vida, en el momento de mi muerte, también me empujará nuevamente. De nuevo me dirá "¡Quítate del medio, pequeño, que no eres más que un principiante!" Ya me supongo lo que quiere decir, que en el momento de la muerte él ya lo ha experimentado, no tengas miedo, simplemente confía, mantente cerca de mí, mejor dicho, agárrate a mí, porque no soy yo el que vive ya, es Cristo el que vive en mí.