viernes, 7 de noviembre de 2014

TAMBIÉN SOMOS PROFETAS POR EL BAUTISMO


JUAN PABLO II, en la Exhortación Apostólica Postsinodal "CHRISTIFIDELES LAICI", tras el Sínodo del año 1987, sobre el papel de los laicos en la Iglesia, nos recordaba (en su número 14) algo que, aunque debería ser sabido, sorprende todavía a muchos fieles: "Que por el Bautismo, todos los fieles bautizados participamos de la triple condición de Sacerdotes, Profetas y Reyes", aunque dejemos que sea él mismo el que nos lo recuerde:


El apóstol PEDRO escribe: "Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (...) Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido para que proclame los prodigios de aquél que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (...)

(1 Pedro 2, 4-5, 9).

He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio -sacerdotal, profético y real- de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece San AGUSTÍN del Salmo 26: 

"DAVID fue ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey y sacerdote, Cristo (y por esto "Cristo" viene de "crisma"). Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo. Por ello, la unción es propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el Cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en El somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el Cristo en su integridad". 

(San AGUSTÍN, "Enarratio in Psalmis", XXVI, II, 2).

Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio VATICANO II ("Lumen Gentium", nº 10), ya desde el inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la Virgen María, el Hijo del carpintero -como se lo consideraba-, el Hijo de Dios vivo -como ha confesado Pedro- ha venido para hacer de todos nosotros "un reino de sacerdotes". El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo -Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey- continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión».

Hasta aquí la teoría, bellamente expresada por JUAN PABLO II, ahora vayamos a la práctica:


Nadie duda de nuestra condición de "sacerdotes", en referencia a esa otra alusión, que es la referente al "sacerdocio común de todos los fieles bautizados", pues, en efecto, podemos orar, podemos interceder, podemos alabar, podemos dar gracias a Dios, todo ello sin intermediarios, evidentemente participamos de la celebración de la Eucaristía y del resto de los sacramentos, en la parte que nos corresponde (salvando el sacerdocio ministerial, con el que evidentemente, no se enfrenta), o dicho de forma más bella, con San PABLO: "Ahora, hermanos, por la misericordia de Dios, os exhorto a ofreceros como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios: sea ése vuestro culto espiritual" (Romanos 12,1).

Tampoco solemos dudar mucho de nuestra condición de "reyes", participamos de la dignidad real de Cristo, por quien "ya no nos llamamos siervos, sino amigos" porque nos introduce en la misma familiaridad que tiene con el Padre (cfr. Juan 15,15)), en igualdad de condiciones, todos hemos sido hechos hijos, por el Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor, sobre todos nosotros, en efecto, se ha dicho, el día de nuestro bautismo "Tú eres mi hijo, amado, mi predilecto" (Lucas 3,15-16).

Más cuesta arriba se nos hace pensar en nuestra condición de "profetas", más aún en el ejercicio de la "profecía", no en vano dice el profeta JOEL para todos nosotros "Yo derramaré mi espíritu sobre cada hombre y vuestros hijos y vuestras hijas se convertirán en profetas" (Joel 3, 1) Ahora cabría preguntarse... ¿En qué consiste nuestro ser profetas por el bautismo? 

Contrariamente a lo que se piensa, por parte de los ignorantes, "ser profeta" no consiste, ni mucho menos, en "adivinar el futuro" (otra cosa es lo que más adelante se dirá). "Ser profeta" ante todo es estar enamorado, ser servidor de la Palabra de Dios, como bien dice el Señor, por boca de ISAÍAS:

"Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros y mis planes de vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo" 

(Isaías 55,9-11)

Esa es la misión del profeta, velar para que la "Palabra del Señor sea eficaz y cumpla su encargo", por eso es un hombre, ante todo, que ora y medita constantemente la Palabra de Dios, lo que le lleva a estar atento a todo lo que sucede a su alrededor, a la historia, a los signos de los tiempos, porque la Palabra de Dios constantemente dinamiza la historia humana, nunca se repite, y nunca es ineficaz, eso aunque a veces no seamos capaces de ver, ni de entender nada (muchas veces por esa falta de oración y contemplación previa de la Palabra de Dios), por eso dice también ISAÍAS, refiriéndose a los que vienen a él pidiendo profecía:

"Vigía, ¿qué queda de la noche? Vigía, ¿qué queda de la noche?" Responde el vigía: "Vendrá la mañana y también la noche. Si queréis preguntar, preguntad, venid otra vez" (Isaías 21, 11-12)

"Si queréis preguntar, venid otra vez" (parece que es la versión , porque el profeta escudriña la Palabra de Dios y la contrasta con la historia, con los hechos, pero no siempre tiene que tener respuesta o tenerla clara. En otras ocasiones -a veces- ese "estar alerta del profeta, cual centinela"- hace que su interpretación sea acertada, no que adivine el futuro, sino que su fina percepción de la realidad, a la sombra de la Palabra y la oración, hace que su interpretación se manifieste acertada, que es una cosa distinta a "adivinada", como supongo que se entiende bien claro.

Evidentemente, la Palabra de Dios "no casa siempre bien" con la realidad de la historia humana y sus derroteros, por eso es misión del profeta percibir estos desajustes y denunciarlos, como bien dice el Concilio VATICANO II respecto de la dimensión profética de los bautizados:

"Fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente y esperan con paciencia la gloria futura . Pero no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien la manifiestan, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos».

Anuncian a Cristo pregonándolo por el testimonio de la vida y por la Palabra, adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo.

Por consiguiente, los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo (...) dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría.

(cfr. LUMEN GENTIUM, nº 35)

En un documento sobre "el bautismo" de la Diócesis de CORIA-CÁCERES que he encontrado también se expone esta dimensión profética de los bautizados de forma parecida, aunque ejemplificando esta dimensión:

El bautizado participa en la función profética  de Cristo cuando anuncia la Buena Noticia con sus palabras y con el  testimonio de una conducta conforme al Evangelio; cuando hace que  resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida  cotidiana,familiar y social; y cuando denuncia el mal con  valentía. Corresponde a los bautizados predicar el Evangelio en las nuevas ágoras de la sociedad: En la política, en la cultura, en la economía, en la defensa de la vida, en los medios de comunicación social, en la defensa y opción por los pobres...

Esto es ser profetas: Amad la Palabra de Dios, buscadla, deseadla, estad atentos a la historia de los hombres y mujeres del mundo de hoy, contrastad la Palabra de Dios con la realidad, denunciad todo aquello que no es de Dios, todo aquello que atenta contra el hombre "obra preciosa de sus manos"... y todo ello de forma nueva, dinamizadora, creadora y creativa... y cuando -como MARÍA- "guardéis todo (la Palabra) en el silencio de vuestro corazón", en medio de la noche recordad las palabras que el Señor le dice a JEREMÍAS:

"El Señor me dirigió la palabra: "¿Qué ves, JEREMÍAS?" Respondí: "Veo una rama de almendro". Me dijo: "¡Has visto bien! Yo también estoy alerta para cumplir mi palabra". (Jeremías 11,1)


Con este juego de palabras el Señor enseña a JEREMÍAS lo que es ser profeta, por medio del almendro (en hebreo "shaqed") y del verbo vigila, función de vigilante (en hebreo "shoqed")... Estad siempre atentos, a la escucha de la Palabra de Dios, y ahora permitidme que recree esta cita en palabras de Mª EMILIA RIQUELME, en una cita, de su infancia en la guarnición militar de PAMPLONA, cuando era pequeña, pues su padre era militar, cuando quería exponer a sus religiosas el sentido de esta escucha atenta y vigilante de la Palabra de Dios:

"¡Alerta, centinela! ¡El centinela alerta está!"