sábado, 1 de noviembre de 2014

DÍA DE TODOS LOS SANTOS
DÍA DE TODOS LOS DIFUNTOS


La Iglesia, nacida bajo el impulso del Espíritu Santo en Pentecostés, participa plenamente de todos los dones del Espíritu Santo con que la engalana, entre ellos destaca la sabiduría, y haciendo uso de la misma, la Iglesia nos enseña, educa y catequetiza, por medio de instrumentos tan plásticos, bellos y sublimes como, en este caso, la liturgia. Por eso, no es cuestión baladí, ni accidental, que la Iglesia ponga ante nuestros ojos, para nuestra reflexión, cogidas de la mano, tanto la festividad de "todos los santos" como la de "todos los fieles difuntos", y lo hace en el contexto del tiempo otoñal, quizás, porque estos tonos marrones verdosos, este gris del cielo, la lluvia, el olor a tierra mojada, la muerte aparente de la vida -que brotará con toda su fuerza en Primavera- nos ayuda a meternos más en la muerte, su sentido y alcance cristiano.


La festividad de "todos los santos" nos invita a contemplar el tesoro de la Iglesia, el conjunto de todos sus hijos e hijas, que como dice San PABLO en su Carta a los Hebreos (12,1-2) "como nube tan densa de testigos" nos alienta constantemente, nos invita, nos dan fuerzas para "desprendernos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala", para que consideremos la vida como una especie de "meta volante", al estilo de los ciclistas, no la meta definitiva "la carrera que nos espera" y todo ello "fijos los ojos en el que inició y consumó nuestra fe, Jesús"


Al fin y al cabo los santos no son ni más ni menos que eso, los que ya han culminado su paso por esta vida, en la fe, con sus luces y sus sombras, sus errores y sus aciertos... solemos considerar que la santidad no va con nosotros, porque erróneamente encumbramos a los santos a la categoría de superhéroes, o extraterrestres, pero culpa de ello la tienen muchas veces sus biografías oficiales, que tienden a exagerar lo bueno, y a disimular bajo una alfombra lo malo, su ser pecadores, igual que nosotros, que a ellos, lo que les valió la santidad fue la constancia y la confianza, contra toda prueba en el Señor. 

¡Claro, imitar a los santos, como si eso fuera posible! -Es que ya me imagino vuestra objeción- pero es que, al hablar de los santos, solemos caer en otro error:

Nos gusta fijarnos siempre en lo más espectacular y en lo más ostentoso... Querríamos ser tan pobres como San FRANCISCO de ASÍS; tan cabezones en lo bueno como Santa TERESA de JESÚS de ÁVILA; hacer tantos milagros como San MARTÍN de PORRES;  ser tan amantes de la Virgen María como Santo DOMINGO de GUZMÁN; y claro... al no conseguirlo, nos creemos que nunca llegaremos a ser santos y nos desalentamos.

¡No, hombre, no...! ¡No te fijes en esos santos que nos pillan tan lejos! Fíjate en los santos de hoy en día, los que han conocido la luz eléctrica, los coches, la radio, los semáforos, los que han sabido lo que es una nómina pequeña, o no llegar a fin de mes, han sabido lo que era la televisión, o el periódico, o el cine, los que sabían ser santos en el mundo con sus mismos problemas en los que tú te hayas inmerso.... Ejemplos no te faltarán, te vale cualquier santo o beato cuya vida haya transcurrido a lo largo del Siglo XX.

Evidentemente, nadie puede ser santo en vida, quizás por aquello de que "si el grano de trigo no muere, no da fruto" el testimonio de una vida sólo se asevera con el paso acrisolado del tiempo, de aquellos que quieren imitarlo, y sentirse inspirados por ello, lo que nos lleva a la segunda celebración "la de todos los fieles difuntos".

Y es que en el fondo, santos anónimos, no reconocidos oficialmente -es decir, no canonizados o no beatificados como tales- hay muchos, tantos como gente buena haya fallecido, y nos es legítimo pensarlo y creerlo así, la Iglesia así nos lo enseña, porque ella, como maestra de misericordia, puede aseverar, sin equivocarse que San JUAN PABLO II, está en el cielo, orando e intercediendo por nosotros, sin temor a equivocarse, pero a la inversa, la Iglesia nunca afirmará, con la misma rotundidad que alguien esté definitivamente en el infierno (juicio que no hace, ni siquiera de JUDAS, por citar el más evidente), y es que, la misericordia de Dios es un abismo insondable, ese seno de Abrahán, como dice el Antiguo Testamento que se encontraban dormidos los justos, los ancianos, los patriarcas, los profetas... y lo mismo podemos decir de aquellos que ya han realizado su itinerario por la vida, y se hayan en esa sala de espera que es el purgatorio (recordad la tradicional distinción entre la Iglesia Triunfante, la que ya está en la Gloria de Dios; la Iglesia Purgante, la que espera gozosa en la salvación; y la Iglesia Militante, la que aún en la tierra anuncia a Cristo y construye el reino) porque sabemos que por ese misterio de la "comunión de los santos" -como los espectadores de la carrera de los que hablaba San PABLO- todos podemos animarnos mutuamente, confortarnos mutuamente, orar los unos por los otros, interceder recíprocamente.

Por eso es legítimo que hoy consideremos santos a los que nos precedieron, a los que nos dejaron el ejemplo de su fe, de su vida buena, santos anónimos, buenos difuntos, y eso vale para el párroco de tu bautismo, tu catequista de primera comunión, tus abuelos, tus padres, tus amigos, tus conocidos, todos aquellos que ya hayan fallecido... Oremos por ellos, en lo que lo necesiten, como ellos interceden por nosotros, en su caso, e imitémosles en lo que de bueno y ejemplificante fueron para nosotros.