miércoles, 1 de octubre de 2014

EL LIBRO DE TOBÍAS
"GUÍA DEL VIAJERO PARA LA VIDA"
Capítulo X.- La Curación


Aunque esta sección narrativa se titule “la curación” desde esta lectura personal y orada que estoy haciendo se tendría que titular, a mi juicio, como “la promesa”:

Cuando los albañiles terminaron de echar los cimientos, se presentaron los sacerdotes, revestidos, con trompetas, y los levitas, descendientes de Asaf, con platillos, para entonar himnos al Señor, según ordenó David, rey de Israel. Alabaron y dieron gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia con Israel. Todo el pueblo alabó con grandes aclamaciones al Señor por haberse puesto los cimientos del templo. Muchos sacerdotes, levitas y jefes de familia -los ancianos que habían visto con sus propios ojos el primer templo- se lamentaban a voces, mientras otros muchos lanzaban gritos de alegría. Y era imposible distinguir entre gritos de alegría y sollozos, porque el clamor de la gente era tan grande que se oía desde lejos. (Esdrás 3,10-12)

Siempre hemos entendido este texto como la promesa de Dios de regalarnos una casa, lo que habrá de ser por su pura magnificencia y providencia, toda vez nuestra pobreza, en la que atender a los pobres, en la que hacer comunidad, en la que el Señor esté siempre presente, en Adoración Perpetua, como el centro y corazón, pulmón de toda la actividad de la casa.

A lo mejor el Señor quiere que dispongamos de tiempo para ver, con nuestros propios ojos, el cumplimiento de esta promesa (al modo de la curación de la ceguera de Tobit (Tobías 11,13), por eso me siento esperanzado por la importancia que tiene, precisamente, una casa, en esta sección narrativa: “Vamos a adelantarnos nosotros a la casa (…) mientras llegan los demás” (Tobías 11,3) ¿Vamos a adelantarnos a la casa? ¿se hará realidad esa promesa de una casa? y no para aquí la cosa, que dice el texto (¡la segunda vez que aparece, que me equivoqué hace días cuando dije que no volvía a aparecer!) que “el perro venía detrás de ellos” (Tobías 11,4) y añade la Biblia de Jerusalén, en la nota al pie de este versículo, que San Jerónimo en la Vulgata añade “moviendo la cola de alegría”, lo resalto porque nosotros siempre hemos dicho “que tenemos perro como signo de la Providencia de Dios es nuestras vidas, que cuidará de nosotros con el mismo desinterés que nosotros hacemos con el perro”.

Sea como fuere, al modo de Ana, la madre de Tobías (Tobías 11,9) o al modo del anciano Simeón (Lucas 2,29) ojalá que yo pueda decir de la misma forma, algún día “ya puedes dejar marchar a tu siervo, Señor, porque mis ojos han visto cumplida tu promesa”.

Ojalá que algún día podamos decir: “Bienvenido seas, entra en tu casa con gozo y alegría” (Tobías 11,17) y que, en la primera exposición del Santísimo que haya en ella, resuene, curiosamente, la misma oración que se dice al exponer el Santísimo, que principia como la que figura en este capítulo (Tobías 11,14-15) “Bendito sea Dios, bendito sea su santo nombre, bendito sea en sus ángeles y en sus santos”.