lunes, 13 de octubre de 2014

"ALEGRAOS"
INTERROGANTES A LA VIDA CONSAGRADA
PREPARACIÓN "AÑO VIDA CONSAGRADA"


Como sabéis, el próximo día 30 de Noviembre, festividad de San ANDRÉS, coincidiendo además con el Primer Domingo de Adviento, se producirá la apertura solemne del acontecimiento, querido y deseado por el Papa FRANCISCO, de un "AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA" para orar, reflexionar, compartir, sobre el sentido de la vida religiosa y su testimonio para el mundo de hoy.

Desde el VATICANO, hace ya, se anunció que este evento vendría acompañado de cuatro grandes documentos dirigidos a los consagrados y consagradas, el primero de ellos fue la Carta Circular "ALEGRAOS" de la Sagrada Congregación para la Vida Consagrada, y recientemente se ha publicado otra, titulada "ESCRUTAD". Aún no me ha dado tiempo a leerme la segunda, por lo recién de su edición, pero sí que lo he hecho con la primera, a cuyo final, el prefecto, Cardenal JOAO BRAZ DE AVIZ, nos invitaba a responder una serie de preguntas, espurgadas de los discursos del Papa FRANCISCO a los religiosos en diversos momentos de su pontificado, a modo de reflexión previa.

En tanto en cuanto me leo "ESCRUTAD" he decidido compartir mis reflexiones sobre "ALEGRAOS":

·         Quería deciros una palabra, y la palabra era alegría. Siempre, donde están los consagrados, los seminaristas, las religiosas y los religiosos, los jóvenes, hay alegría, siempre hay alegría. Es la alegría de la lozanía, es la alegría de seguir a Cristo; la alegría que nos da el Espíritu Santo, no la alegría del mundo. ¡Hay alegría!

¿Dónde nace la alegría?

Dice el Evangelio que, tras el encuentro del joven rico con el Señor, renunciando a la invitación que le hacía “se fue triste(Marcos 10,22), pensando en este episodio a la inversa, no cabe duda de que la alegría nace del encuentro con el Señor, siempre que aceptemos su invitación a seguirle: El testimonio de quienes tuvieron este encuentro es unánime, es la alegría de Andrés corriendo hacia Pedro diciéndole “¡Hemos encontrado al Mesías!” (Juan 1,41), la alegría de Pedro, con su ímpetu habitual, que se lanza sin dudar al agua cuando oye la noticia “¡Es el Señor!” (Juan 21,7), o esa “sensación extraña” –quizás hoy diríamos “mariposas en el corazón”- de los discípulos de Emaús al encontrarse con el Señor resucitado “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24,32), finalmente tenemos la aseveración de Pablo “Tened siempre la alegría del Señor; lo repito, estad alegres” (Filipenses 4,4)

Y sí, yo tengo esta alegría, la alegría de haberme encontrado con el Señor y haberle dicho “Habla, Señor, que tu siervo escucha(1 Samuel 3,10) y aunque parezca una ñoñez, que sin duda alguna lo parecerá, visto desde mis cuarenta años, aunque en su día me parecía una motivación más que suficiente, me acuerdo ahora, en mis años adolescentes de búsqueda y discernimiento vocacional, de una canción que había entonces que yo escuchaba siempre en clave de este encuentro con el Señor “Siempre estuve esperando, que tu amor fuese mío, pero yo sospechaba que tú jugabas con mi cariño, hoy por fin te encontré, y te vi sonreír, estoy enamorado desde el día en que te vi…” (Grupo FÓRMULA V, Single, Philips, año 1971), y es que es eso lo que experimenté al encontrar al Señor, su mirada sonriente.

·         Mira en lo profundo de tu corazón, mira en lo íntimo de ti mismo, y pregúntate: Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013

¿Tienes un corazón que desea algo grande o un corazón adormecido por las cosas? ¿Tu corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o lo has dejado sofocar por las cosas, que acaban por atrofiarlo?

Podría responder aquello de “nuestro corazón está inquieto, Señor, y no descansará hasta estar en ti(Confesiones, I.1.1, San Agustín) pero como San Agustín no es precisamente “santo de mi devoción” como que no lo haré ¡Ah! ¿Qué ya lo he hecho? Pero en efecto, de muchas cosas me podrá acusar el Señor el día de mañana, puede que haya desparramado (Mateo 12,30), que no haya potenciado mis dones (Mateo 25,29), o como dice la célebre oración “¿Qué te diré cuando me pidas cuentas? Te diré que mi vida, humanamente, ha sido un fallo, que he volado muy bajo” (Oración del Payaso, Menchu Soler), pero de lo que no me podrá acusar será de haberme estado quieto, si cual pueblo de Israel, cuarenta años en el desierto, no es porque coincida con mi edad, no he dejado de buscar, de inquirir, de discernir, la voluntad del Señor en mi vida, y en ello estamos…

·         Dios te espera, te busca:

¿Qué respondes? ¿Te has dado cuenta de esta situación de tu alma? ¿O duermes? ¿Crees que Dios te espera o para ti esta verdad son solamente “palabras”?

Dios se hace siempre el encontradizo” no sé si es cita de algún santo, o se figura en la Biblia, tengo una memoria fotográfica, pero nunca locativa, o sea que recuerdo las citas pero nunca la procedencia o el autor, pero el que lo dijo tenía una profunda experiencia del Señor, porque si hay encuentro una cosa es “de cajón”, que alguna de las dos personas se ha tenido que poner en marcha para encontrarse con la otra, pensemos por ejemplo en María, que se puso en marcha, al encuentro de su prima Isabel (Lucas 1,39), o pensemos en las mismas palabras del Señor “mira que estoy a la puerta y llamo(Apocalipsis 3,20)… Y sí, sí que me creo que el Señor hace este movimiento de buscarme, de hecho, pues la vida no es una “balsa de aceite” (¡si precisamente los días que hay olas en la playa es cuando mejor se lo pasa uno!), en esta constante tensión búsqueda-encuentro también que se producen desencuentros, y aún en estas etapas sigue el Señor insistiendo, y lo digo por experiencia propia, cuánto más he gritado “¡Ojalá el Señor no se hubiera acordado de mí!” (cfr. Jeremías 20,17), con la misma fuerza que el Señor se ha seguido haciendo el encontradizo: Unas veces en alguien o en una circunstancia, otras veces en los sacramentos, casi siempre en la Palabra, como aquella vez: “Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño” (Baruc 4,28).

·         Somos víctimas de esta cultura de lo provisional. Querría que pensarais en esto: Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013

¿Cómo puedo liberarme de esta cultura de lo provisional?

Ante todo cabría preguntarse qué es lo que entiende cada uno, lo que entiendo yo, por “cultura de los provisional”, no cabe duda de que la sociedad nos impone un ritmo de vida consumista en el que caemos, con demasiada frecuencia, creándonos necesidades que son meramente superficiales… Todos decimos, auto justificándonos, “pero si el móvil es sólo para hablar y estar localizado” , y luego nos peleamos con la compañía o andamos contando puntos a ver si me puedo sacar el último modelo, que se quedará antiguo dentro de pocos meses y vuelta a empezar… hace tiempo que aprendí, aunque sólo sea por las propias circunstancias de la vida, que en lo que se refiere a bienes materiales sólo basta lo que decía el bueno de Job “desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo he de volver al seno de la tierra” (Job 1,21).

Cabría preguntarse, a la inversa, si sabemos liberarnos, del mismo modo de la “estabilidad de la ideología”, precisamente aquellos colectivos de personas que estaban menos aferrados a la norma, a la ley, a la estructura y a lo establecido fueron los que más libremente siguieron al Señor, la novedad de su mensaje, la ruptura de sus esquemas… al contrario que, por ejemplo, fariseos y escribas. He de reconocer que también en este aspecto el Señor me va puliendo, ya no vivo tan anclado a ideologías o corrientes, el Señor me confronta constantemente a la “provisionalidad de mis creencias” cada vez que creo que he construido unas estanterías mentales. Y ello vale para lo político, para lo religioso, para mis propios planteamientos, para mi plan de vida…

·         Podemos preguntarnos: Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013

¿Estoy inquieto por Dios, por anunciarlo, para darlo a conocer? ¿O me dejo fascinar por esa mundanidad espiritual que empuja a hacer todo por amor a uno mismo?

He de reconocer que en este aspecto soy un poco bipolar, me he dado cuenta de que en lo que se refiere al “amor a Dios, o al prójimo” o a “uno mismo” tengo una disociación importante: Muchas veces he hecho actos de caridad, o de servicio a los hermanos que han pasado completamente desapercibidos, incluso para mi compañero de comunidad, y ha sido grato saber que aquello de “lo que haga tu mano derecha, que no lo sepa tu izquierda(Mateo 6,3) puede ser posible, “no a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea la Gloria, Señor(Salmo 115,1) o como dice ese otro célebre adagio (no sé si cita de algún santo) “todo sea para Gloria de Dios y bien de los hermanos”… esto vale para la vida real, para el servicio real, para lo que se hace viendo a los hermanos cara a cara, tocando sus manos –como dice el Papa- pero en absoluto lo hago cuando se trata de las redes sociales, entonces sí que pareciera que "no tengo abuela, que me escucho a mí mismo cuando hablo", o que lo hago, en efecto, por amor a mí mismo (leánse “tener más seguidores, tener mas retuits”), supongo que a estas alturas de la vida es algo en lo que he de empezar a pulirme, a ser más humilde, a buscar, “más la Gloria del Señor” y menos “mi nombre”.

·         Nosotros, consagrados, pensamos en los intereses personales, en el funcionalismo de las obras, en el carrerismo. ¡Bah! Tantas cosas podemos pensar... Por así decirlo

¿Me he “acomodado” en mi vida cristiana, en mi vida sacerdotal, en mi vida religiosa, también en mi vida de comunidad, o conservo la fuerza de la inquietud por Dios, por su Palabra, que me lleva a “salir fuera”, hacia los demás?

Será porque vivimos en la periferia, real, de la Zona Norte de Granada (tenemos malafollá hasta para eso, que en Granada se invierte el eje tradicional de la pobreza, donde en nuestro caso el sur es la riqueza y el norte la pobreza), será que nuestra situación económica no es, en modo alguno, “para echar cohetes”, o será que la actual crisis económica se impone, sí o sí, que no nos es posible acomodarnos en modo alguno… No hay tiempo para la comodidad cuando no se llega a fin de mes en casa, pese a tener ese lujo llamado trabajo… no hay tiempo para la comodidad cuando hay ropa que recoger, alimentos que llevar, una situación que apañar… no hay tiempo para la comodidad cuando en el barrio alguien lo pasa mal, ha fallecido alguien del barrio, cuando te enteras de tantas situaciones… no hay lugar a la comodidad cuando, encima, te has de ir defendiendo de terceros que interpretan tu vida de servicio como un reproche a lo que ellos mismos no hacen (lo dicho, el mundo al revés ¡pobres ayudando a más pobres, y acomodados atacando a los primeros por ello!)… no hay lugar para la comodidad cuando descubres, con estupor, que aquellos otros círculos cristianos en los que te mueves (parroquia, cofradía, hermandades…) están más precisos del Señor y de formación que un esquimal del confín de la Patagonia. No, no hay lugar para la comodidad.

·         No de modo abstracto, no sólo las palabras, sino el hermano concreto que encontramos, ¡el hermano que tenemos al lado! Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013

¿Cómo estamos con la inquietud del amor?

Dice el Papa Francisco que no responda a esta pregunta “con palabrería” sino que lo haga pensando en el hermano que tengo al lado… A veces, mucha gente, me acusan de que no tengo esta inquietud del amor, no es que no ame a las personas que me rodean, las más cercanas, es simplemente que “tengo menos empatía que un ladrillo”, a veces pienso que si la empatía es otra herramienta social en mi caso no han sabido educármela, y aunque eso no es excusa, cierto es que parezco seco y desagradable con los más cercanos… y en el otro extremo, será para compensar, por aquello –valga la expresión- de la justicia cósmica, soy un gran intercesor (confirmado por quienes tienen la capacidad de discernir dones) capaz de sufrir, de forma real, por la persecución de los cristianos en Irak, o de orar por el embarazo dificultoso de una compañera de trabajo, o ponerme el tratamiento de mi PTI en el hospital dando ánimos a quienes me rodean en la sala de tratamientos, o aplicar por ellos mi propio martirio médico, y sin embargo, luego, llegar a casa, que me llame mi madre por teléfono y no preguntarse si quiera por su brazo, que se cayó hace poco y lo sé… ¡No es paradójico! ¡Pués más me sorprende a mí!

¿Creemos en el amor a Dios y a los demás?

Esta pregunta tiene una respuesta teórica y una triste realidad práctica, podría resumir ambos aspectos de la misma con el célebre refrán “del dicho al hecho va mucho trecho”, pero lo haré en clave evangélica, en relación a lo primero, claro que creo en el amor a Dios y a los hermanos, de lo contrario, como dice acertadamente San Juan “el que dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama al hermano, al que ve, es un mentiroso(1 Juan 4,20), pero una cosa es saberse la teoría, y otra ponerla en práctica, de acuerdo, no somos santos, aunque los tengamos por modelos; tampoco somos superhéroes, para hacer grandes alardes de servicio y amor por los demás; pero en el andar por casa, al nivel doméstico, del día a día, creo que me quedo más en la intención que en los resultados, como San Pablo “hago el mal que no quiero y no hago el bien que pretendo(Romanos 7,19).

¿Nos dejamos inquietar por sus necesidades o nos quedamos encerrados en nosotros mismos, en nuestras comunidades, que muchas veces es para nosotros “comunidad-comodidad”?

Es difícil, como dijimos antes, vivir en la comodidad cuando te hayas inserto en las mismas necesidades que aquellos a los que pretendes servir, cuando se ha de salir a la calle a trabajar, a ir al banco a pagar luz, agua, teléfono; cuando has de salir al supermercado a comprar “los ingredientes, justos, pesados y medidos, de la comida del día” porque eso de “hacer el suministro mensual” ha pasado a ser otro lujo… no tienes más remedio que tropezar con la gente, vivir con la gente, sentir con la gente… Es difícil no ver al hermano cuando Corina, una rumana que pide chatarra a la puerta del supermercado, te impide el paso preguntando “si tienes yerros para darle”; es difícil sustraerte a las necesidades del barrio cuando sabes que cada 21 de mes, casi como los viejos con sus pensiones en el banco, va a venir Encarna a tocar al interfono para que le demos “un suministrillo de comida”; es difícil sustraerte a la situación de la inmigración (o a la escasez de valores de los tiempos de hoy) cuando escuchas, en un banco de la calle, a una anciana conversando con una amiga diciéndole “mi nieta se ha echado un novio nuevo, dice que es rumano, pero yo creo que es moldavo, le noto el acento más oriental” (que mientras te sonríes te dices mentalmente ¡cómo será la nieta con los novios que la abuela ya distingue acentos europeos orientales!); es difícil no reflexionar sobre el tema de la inmigración, o la convivencia entre religiones si tenemos la mezquita, la parroquia y a los testigos de Jehová en la misma manzana; es difícil no darte cuenta de que “este era un barrio obrero, y ahora lo han convertido en un barrio de parados”… A Dios gracias, la afortunada expresión del Papa Francisco de “ir a las periferias” era una gozosa realidad en nosotros…

·         A los pies de la cruz, María es mujer del dolor y, al mismo tiempo, de la espera vigilante de un misterio, más grande que el dolor, que está por realizarse. Todo parece verdaderamente acabado; toda esperanza podría decirse apagada. También ella, en ese momento, recordando las promesas de la anunciación habría podido decir: No se cumplieron, he sido engañada. Pero no lo dijo. Sin embargo ella, bienaventurada porque ha creído, por su fe ve nacer el futuro nuevo y espera con esperanza el mañana de Dios. A veces pienso: Celebración de Vísperas con la Comunidad de las Monjas Benedictinas Camaldulenses, Roma, 21 noviembre 2013

¿Sabemos esperar el mañana de Dios? ¿O queremos el hoy?


¡Aquí sí que me pillan! Si ya de por sí soy impaciente, que no soporto una cola de 0’2 segundos en la caja del supermercado ¡para qué decir respecto de los planes de Dios! En esto sí es que ando mal, rematadamente mal. Aquello que dice la escritura de “Señor, en tu presencia, mil años son como un ayer que pasó(Salmo 89,4) es algo que me joroba y mucho… porque Dios, si quiere, puede ser un anciano venerable que peina una barba multimilenaria, pero yo tengo una fecha de caducidad y ya ando peinando canas, ando enfermo, y aún no tengo las respuestas ¡y las quiero, las necesito, las exijo ya!... no hay nada que considere más estúpido, inútil y carente de sentido que una reunión de programación, de objetivos o de proyectos, yo quiero estar ya de mangas remangadas, poniéndolo en ejecución… y no hay nada que me mate más que esos anuncios del estilo de “el próximo mes lo sabrás” (¡mataría con mis propias manos a cualquiera que hace un anuncio de ese tipo!)

Evidentemente quiero ir tan delante que meto la pata, porque como el Señor tiene sus tiempos y yo los míos, pues nunca coincidimos, nos solemos liar muchas veces con la agenda, él y yo, claro, luego la culpa es mía ¡válgame Dios! que el Señor será siempre el Señor.

·         El mañana de Dios para ella es el alba de la mañana de Pascua, de ese primer día de la semana. Nos hará bien pensar, en la contemplación, en el abrazo del hijo con la madre. La única lámpara encendida en el sepulcro de Jesús es la esperanza de la madre, que en ese momento es la esperanza de toda la humanidad. Me pregunto a mí y a vosotros: Celebración de Vísperas con la Comunidad de las Monjas Benedictinas Camaldulenses, Roma, 21 noviembre 2013

En los monasterios, ¿Está aún encendida esta lámpara?  ¿Se espera el mañana de Dios?

Con todo, pese a lo anterior, una cosa muy distinta es no tener paciencia para la espera a no tener esperanza, que todo depende –muchas veces- de cómo se presente la cosa: Para las cosas malas, vamos a decir sufrimiento, enfermedad, limitaciones, problemas, desgracias… mi paciencia exaspera a los demás, es como si estuviera en un nirvana perfecto “nada me altera, nada me perturba”, ya llegará la explicación de este trecho, ya se hará la luz en esta noche oscura, ya pasará la tormenta y brillará de nuevo el sol… pero si es de algo bueno de lo que se trata, como niño chico en la noche de Reyes, sea lo que sea lo quiero ya, ya, ya y no admite discusión.

Digámoslo así, si yo hubiera sido una tontica del aceite esperando al novio del evangelio (Mateo 25,1-13) y viniera alguien a dar la mala noticia de que “el novio ha tenido un accidente de tráfico y está en coma” entonces sería capaz de estar a la vera de su cama, esperando contra toda esperanza a que despertara, porque Dios no quiere lo malo y todo ha de tener un sentido, por más que se tarde una vida en descubrirlo, pero si por el contrario alguna de las demás dijera, tan sólo “¡vaya, parece que se retrasa!” entonces sería la primera en saltar y decir “¡es verdad, que coñazo de tío! ¿no? ¿quién se viene conmigo a hacer algo más útil?”… Esperanza sí, paciencia en la espera, no… ese soy yo.

·         La inquietud del amor empuja siempre a ir al encuentro del otro, sin esperar que sea el otro a manifestar su necesidad. La inquietud del amor nos regala el don de la fecundidad pastoral, y nosotros debemos preguntarnos, cada uno de nosotros: Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013

·         Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. He aquí la pregunta que debemos plantearnos: Homilía durante la Misa en la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús con ocasión del SS. Nombre de Jesús, Roma, 3 enero 2014

¿También nosotros tenemos grandes visiones e impulsos? ¿También nosotros somos audaces?  ¿Vuela alto nuestro sueño?

Me repito a lo dicho antes en la pregunta “¿Tienes un corazón que desea algo grande o un corazón adormecido por las cosas?” ya respondida antes porque los términos de la pregunta son semejantes y la respuesta la misma.

¿Nos devora el celo? (cfr. Sal 69, 10)

Sí… “el celo por tu casa me devora, Señor(Salmo 68,10) desde mis tiempos adolescente, rebelde con la Iglesia, he aprendido, después de mucho tiempo, de mucha corrección y de mucho sufrimiento, a amarla como para descubrir ahora lo anti testimonial que puede ser en algunos casos para que otros se consideren legitimados para abandonarla, dejarla, o peor aún cuestionarla… Entonces ¿por qué lo haces tú? que es lo que me reprocha mucha gente, precisamente por eso, porque la amo, y porque le diría a mi madre lo que ha de corregir para que los demás la amen y la vean como yo la amo y la veo; porque siempre tiene que haber profetas que creen conciencia, por fea e ingrata que resulte esta labor, porque aunque a veces no se me entienda, cuando así sea que se me pregunte, puedo parecer un burro cuando critico a la Iglesia, pero siempre será por el Señor.