martes, 16 de septiembre de 2014

LA IMPRESIÓN DE LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO


Acabamos de regresar de las vacaciones, es verdad que merecidas, el trabajo a lo largo del año requiere una pausa, no tanto para tomar descansar, pues como decía mi madre "vacaciones son las de los ricos, que van a cama hecha y mesa puesta, pero si en vacaciones has de seguir limpiando, planchando, guisando... lo único que haces es cambiar el escenario de tus ocupaciones habituales", vale, con la salvedad de no tener que ir a trabajar, aunque hemos aprovechado el tiempo vacacional para todo aquello que la rutina y la vorágine del año no te permite: Charlar pausadamente con los hermanos, hacer proyectos, evaluar lo realizado, el "dolce far niente" de los italianos, orar con mayor profundidad...

Y es buena la fiesta con la que empezamos a tomarle el pulso a la rutina -¡bendita rutina que ordena la vida!- pues se celebra la fiesta de la Impresión de las llagas en San Francisco de Asís, puede que muchos lectores sepan que San FRANCISCO DE ASÍS fue agraciado con portar en sí las llagas de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo: en las manos, en los pies, y en el cotado; por eso dice la célebre canción dedicada a San FRANCISCO DE ASÍS del compositor español CESÁREO GABARAÍN "Rosas de Sangre han florecido / reviven en tu cuerpo la pasión / Francisco, de amor estás herido / las manos, los pies y el corazón", pero puede que muchos no sepáis las circunstancias exactas de este don, por lo que paso a exponerlas brevemente, según lo narra SAN BUENAVENTURA en su "Leyenda Menor de San Francisco" (6,1-4):

Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado, por el efecto de su tierna compasión, en aquel que, en aras de su extremada caridad, aceptó ser crucificado, una mañana próxima a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo así como la figura de un serafín, que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se hallaba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Y apareció no sólo alado, sino también crucificado: tenía las manos y los pies extendidos y clavados a la cruz, y las alas dispuestas, de una parte a otra, en forma tan maravillosa, que dos de ellas se alzaban sobre su cabeza, las otras dos estaban extendidas para volar, y las dos restantes rodeaban y cubrían todo el cuerpo.


Ante tal visión quedó lleno de estupor y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. En efecto, el aspecto gracioso de Cristo, que se le presentaba de forma tan misteriosa como familiar, le producía una intensa alegría, al par que la contemplación de la terrible crucifixión atravesaba su alma con la espada de un dolor compasivo. Al desaparecer la visión después de un arcano y familiar coloquio, quedó su alma interiormente inflamada en ardores seráficos y exteriormente se le grabó en su carne la efigie conforme al Crucificado, como si a la previa virtud licuefactiva del fuego le hubiera seguido una cierta grabación configurativa.

Al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, viéndose las cabezas de los mismos en la parte interior de las manos y en la superior de los pies, mientras que sus puntas se hallaban al lado contrario.

Asimismo, el costado derecho –como si hubiera sido traspasado por una lanza– llevaba una roja cicatriz, que derramaba con frecuencia sangre sagrada.

Y, luego que este hombre nuevo Francisco fue marcado con este nuevo y portentoso milagro –singular privilegio no concedido en los siglos pretéritos–, descendió del monte el angélico varón llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne.

Y he dicho bien que es bueno tener presentes las llagas de SAN FRANCISCO DE ASÍS en este día en que comenzamos las obligaciones laborales, la vida de la Asociación empezará a activarse poco a poco, y todos volveremos a nuestros quehaceres rutinarios, porque por encima de todo, como ha dicho el Papa FRANCISCO, por activa y por pasiva, del derecho y del revés, no tenemos que tener otra preocupación, otro trabajo, otro afán que mostrar a Cristo a nuestros hermanos, y pobremente lo haríamos, si no fuera con nuestro trabajo y nuestro servicio, quizás sea esa la enseñanza de quienes han merecido, a lo largo de la historia este don de la impresión de las llagas (pensemos por ejemplo en otro santo, como San PÍO DE PIETRELCINA) el mostrarnos a Cristo por medio de sus llagas, para demostrarnos que duelen, que sangran, que sufren, como Cristo en la Cruz (estamos tan acostumbrados al crucifijo que ya muchas veces ni lo pensamos...) y de la misma manera demostrarnos que ellos mismos, como auténticos Cristos, se desvivieron en el servicio, la entrega, el amor a sus hermanos.

El propio Papa FRANCISCO ha usado muchas veces esta imagen de las llagas para recordarnos esto mismo:

No es suficiente —añadió el Papa— constituir «una fundación para ayudar a todos», sería sólo un comportamiento filantrópico. En cambio —dijo— «debemos tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús. Debemos sanar las llagas de Jesús con ternura». «Lo que Jesús nos pide hacer con nuestras obras de misericordia —concluyó el Pontífice— es lo que Tomás había pedido: entrar en las llagas». 

(Homilía 3 de Julio de 2013)

Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro... Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas.




Pero es interesante: Jesús, al resucitar era bellísimo. No tenía en su cuerpo las marcas de los golpes, las heridas... nada. ¡Era más bello! Sólo quiso conservar las llagas y se las llevó al cielo. Las llagas de Jesús están aquí y están en el cielo ante el Padre. Nosotros curamos las llagas de Jesús aquí, y Él, desde el cielo, nos muestra sus llagas y nos dice a todos, a todos nosotros: «Te estoy esperando!». 

(Viaje a ASÍS, encuentro con los niños enfermos y discapacitados)

A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.

(Exhortación Apostólica Post-Sinodal "Evangelii Gaudium")

Que ese sea el leitmotiv, la musiquilla de fondo, el run-run que tengamos en nuestra cabeza, en nuestro corazón y en nuestras manos al iniciar el nuevo curso: Toquemos las llagas de Jesús en nuestros hermanos, mostremos las llagas de Jesús a quienes nos rodean.