martes, 30 de septiembre de 2014

EL LIBRO DE TOBÍAS
"GUÍA DEL VIAJERO PARA LA VIDA"
Capítulo VIII.- La Tumba

“Se levantó Ragüel y llamando a los criados que tenía en casa fueron a cavar una tumba” (Tobías 8,9) 

Nunca he podido con las personas derrotistas, pesimistas, que siempre parecen mirar el lado malo de las cosas, incluso, a veces, antes de que sucedan, será porque a mí, precisamente, se me puede acusar de todo lo contrario. En esto de la tumba quiero acordarme de las palabras de mi abuelo “para tres días que vamos a vivir, y dos lloviendo, no nos jodamos el que nos queda”.

Alguna persona de mi entorno a veces ¡se desea la muerte! (aunque sea entre suspiros, más como un desahogo que una petición cierta) alega para ello que “en el cielo estaremos mejor, que esta vida es un valle de lágrimas, que no merece la pena seguir luchando, que qué a gusto estaría en un convento de clausura, cuando no mejor muerto…” al menos son las palabras de un creyente, al que no le asusta la muerte porque se supone que iremos a un lugar mejor, pero yo siempre le regaño diciendo “¿Ya estamos con las «moriuras»?” Al menos, cuando se lo digo, se sonríe, porque le hace gracia el término que empleo de “las moriuras”, que ni siquiera sé si existe o es una invención mía, aunque no me importa, ni voy a ir corriendo a buscarlo al DRAE, creo que para cualquier andaluz, mínimamente, se entiende: “Moriuras”, dígase de la actitud quejumbrosa ante la vida, deseando la muerte, medio en serio, medio en broma, que hace de nosotros seres esperanzados en la otra vida cristiana, es verdad, pero que nos convierte en seres apáticos e indolentes ante esta vida, este peregrinar.

Me acuerdo de una oración, que el Señor me suscitó en una ocasión, cuando pertenecía a la Renovación Carismática Católica (RCC), reflexionando precisamente sobre que la RCC estaba derivando, inexplicablemente, hacia todo lo contrario de lo que siempre había sido: De la alabanza, su sello de identidad, a otra especie de “moriuras” enfatizando siempre la acción del maligno, o los mensajes de tipo escatológico, o las profecías sombrías y tristes:

¿Dónde está el ulular de tus mujeres
tocando sus panderetas?
¿Dónde el clamor de tus hombres
entrechocando sus escudos?
Por menos liberé a Israel
de enemigos más poderosos
pero ¿cómo lo haré contigo
si no celebras de antemano tu victoria?

Pese a tener la tumba preparada –prosigue el relato- “encendieron la lámpara (…) vive, nada malo ha pasado” (Tobías 8,13-14) Y en aquel momento Ragüel prorrumpe en alabanzas:

“¡Bendito sea Dios
con toda clase de bendición,
y sea bendito
por todos los siglos!
Sea bendecido por haberme alegrado.
Sea bendecido por haberme compadecido.”

(Tobías 8,15-17)


Ragüel le dice a Tobías (¿otra casualidad?) “Durante catorce días no te moverás de aquí” (Tobías 8,20) –digo casualidad por aquello de que yo también he dedicado a esta reflexión y oración catorce días- y que es cierto este “no me moveré de aquí”, porque este pequeño ejercicio matinal es de las cosas a las que más fiel he sido estas vacaciones: Tengo catorce días, yo mismo me los he marcado, quizás sea un espacio de tiempo muy breve para una ambición tan grande, como el discernimiento de un espacio de mi vida “que va ya para veinte años” (Tobías 5,3), la voluntad y la acción de Dios en mi vida, lo que no parece una meta menor: 

Recuperar la esperanza, mi esperanza, la que siempre he tenido a prueba de bombas, por tres veces se repite a lo largo de la historia la expresión “ten confianza, hijo, ten confianza” (Tobías 7,16; 8,21c; 8,21d), catorce días para “encender la lámpara” (Tobías 8,13), la de mi bautismo, la de mi confirmación, la que manifiesta mi fe “¡Luz de Cristo, demos gracias a Dios!”, la que se enciende “para alumbrar a todos los que están en casa” (cfr Mateo 5,15) y de la misma manera vigilar para que nada, ni nadie me la arrebate, para que la luz no se apague, no sea como dice el antiguo proverbio hebreo “vino el burro y rompió la lámpara” y catorce días para prorrumpir en alabanza, otro tesoro que me he dejado robar de forma absurda, para que sea verdad, Señor, “que tu alabanza esté siempre en mi boca” (Salmo 145,21)